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lunes, 25 de noviembre de 2013
El libro de Belén Esteban, éxito imparable de ventas
Es un aspecto más de la realidad. No sé si expresar escándalo moral, que es lo que nos pide el cuerpo, ayuda a interpretar el fenómeno. Sin entrar en la persona, que probablemente no existe como tal casi desde el principio de su vida pública, hemos de comprender para qué usa la gente estos guiñoles inconscientes, estos personajes de plastilina emocional, a los que sitúan en un autoparódico altar. Tienen más que ver con la fruición carnavalesca con que se consume este género de televisión, en el que reman, a modo de galeotes, pícaros aprovechados junto con ruinas humanas incongruentes y sin embargo adineradas, que con personas que merezcan ningún juicio de carácter valorativo. No caigamos en condenas ciegas. Tratemos de entender... No importa quiénes son, si algo son, sino para qué los usa la gente. Y no dejan de deslegitimar, con su sucia camaradería, a la jet set antañona del papel couché: monarcas de capirote (algunos aún en estrambótico ejercicio borboneante), estrellas de cine apolilladas o protésicas... En este sentido, su proximidad restablece una jerarquía correcta paradójica, al contagiar de cutrez inmisericorde a las antiguas aristocracias, ranciamente nobles o puramente enriquecidas, que tratan de desaparecer del hábitat simbólico en el que se ven forzadas a pastar junto con tan antiestético ganado advenedizo. Quizá, después de todo, esta moderna peste del famoseo hediondo tenga un cierto poder raticida y revolucionario contra las elites dominantes, que ya no saben bien cómo figurar, cómo satisfacer su necesidad de existir apartados y sin embargo mostrarse y construirse emblemáticamente ante los sometidos. Son, en fin, una suerte de blasfemia involuntaria de ese credo zafio en la superioridad del poder o del dinero...
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Catalunya lliure i proletària: respondiendo a un comentario científico
La cosa es algo larga, pero me ha conmovido tanto un comentario que he decidido contestarlo como Dios manda. Ya sé que es un error hablar con gente sin rostro, pero... me puede el orgullo, qué le vamos a hacer. Y como esta es mi casa, pues.... Ahí va.
Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Comunistas y esteladas: un comentario en el blog d...":Soy el anónimo 1r.
No sé ya cómo explicarlo. Es mucho más sencillo presentarse con un nombre, aunque sea inventado. Más sencillo y más elegante. Pero claro: nuestros activistas se chiflan con las máscaras vacías.
El planteamiento que hago no tiene nada de doctrinario, sino que es una radiografía de la realidad política actual. Que mi solución sea marxista es otro tema.
Observemos el uso de la palabra radiografía: Transmite la idea de que es un observador científico, imparcial, capaz de diagnosticar y ver lo que el ojo no puede ver a simple vista. Menos mal que estamos en las manos de un gran profesional. El matiz es que su solución es marxista. Su diagnóstico, objetivo. La medicina que nos propone, venenosa. La historia del siglo XX testimonia en mi favor...
Negar que la iglesia lleva varias manifestaciones anti-Avorto entre otras en la capital del reino con mucha afluencia seria de miopismo. Que en Catalunya no consiguen congregar ni 200 es una realidad.
¿He hablado yo de la Iglesia? ¿Qué tiene que ver el aborto y el uso que el catolicismo oficial hace de él con el asunto que tratamos, que es la independencia de Cataluña, capitaneada por Mas y a la que se suman los alegres somatenes llenos de radiólogos marxistas...? El aborto es un tema del que he tratado en este blog. Si nuestro anónimo es curioso, que busque el post. Seguro que lo localiza con sus rayos X....
Por otro lado, si este curioso premio nóbel siguiera un poco algún estudio de antropología o historia, quizá sabría que se ha transferido en Cataluña y el País Vasco la sacralidad del Altar Carlista a la bandera inventada, cuasibritánica, o a la cuatribarrada trufada de estrella cubana. Le daría bibliografía, pero seguro que prefiere la teología marxiana o marxistoide, así que para qué perder el tiempo.
¡Ah, sí, claro...! El comercio con Cuba de esclavos, donde la diligente burguesía catalana liberal capitalizó su industriosa iniciativa. Y el Modernismo nostrat, esos edificios minuciosos que rezuman sangre negra, pues con ella se financiaron... Bueno, y con los aranceles que la clase dirigente madrileña impuso para favorecer artificialmente el desarrollo de la industria vasca y catalana. Curiosamente las dos naciones que una vez explotado el mercado hispánico quieren marcharse a otros porque sufren aquí terribles expolios fiscales...
Que el poder político español está asentado en terratenientes en el sur y centro (viven de la PAC europea) y en empresarios dedicados a tan grandes sectores que crean valor añadido (ironía) como la construcción, petrolífera, gas y una textil es otra realidad (nótese que parte de ese poderío es fruto de la colonización en Sudamérica i el control de su mercado).
No nos detengamos en minucias como el estilo o la ortografía... Ahora va a resultar que la PAC europea es un invento maléfico de los terratenientes del sur y centro. No tiene nada que ver con el victimismo avellanero de cierto clan ya despojado del poder, pero que sigue mamando presupuesto. Esos son espíritus puros. Gente que tunean el coche a costa de los impuestos que pagan en Marte. O que se van a discutir de geografía con asesinos confesos y encapuchados (otros héroes anonymous), sin avisar a su presidente de la travesura. Bueno, pero como en Cataluña tenemos menos memoria histórica (reciente) que las gallinas...
Pero me voy del tema. Claro, claro. Los éxitos de las multinacionales españolas son una consecuencia del malvado colonialismo hispano en América. O sea que si Zara abre tiendas sin parar en Asia, eso es culpa de Cristóbal Colón. Y viva Chávez, etc. Las petroleras, seguro que en cuanto los malvados españoles sean expropiados por grandes redistribuidores de la riqueza como Cristina, la nueva Evita Perón de los Descamisados, harán llegar generosos programas de cooperación a todos los rincones del Tercer Mundo. Gestionados por Radiólogos Sin Fronteras. Tope. No digamos las telecomunicaciones, otro instrumento del paleofascismo hispánico imperialista. Cuando CataTel o TeleCat sea el emporio mundial de la telefonía móvil, no lo duden ustedes: jóvenes ahora anónimos y marxistas gestionarán esos gigantes emergentes con proletaria solidaridad.
Mientras tanto en Catalunya El Prat supera Barajas, aumenta el turismo y tenemos técnicos en biología y tecnología además del segundo puerto del mediterráneo.Que aquí (Catalunya) la derecha, liberal como Merkel es diferente a la derecha española (Rajoy) conservadora ex-franquista es otro echo evidente de radiografía de la realidad no de un relato marxista caduco.
¡Anda! Ahora resulta que la actividad económica es buena si es de escala mediterránea. Hombreeeee. El Prat, faltaría más. Eso es economía real, no especulativa. Importa poco que sea el resultado de unas Olimpiadas, las del 92, a las que nuestro anónimo analista seguro que opuso su férrrea crítica anticapitalista, como ejemplo de alienación, opio del pueblo, etc. etc. O puede que no hubiera nacido. O que se encontrara estudiando Radiología Liberal Fenomenológica, un máster de esos de La Habana. Allí le enseñaron que la biología o la tecnología solo se estudian en Barcelona. Que el desarrollo del puerto y el aeropuerto de la capital catalana no tienen nada que ver con el hecho de ser un punto de acceso estratégico al mercado peninsular, sino que los cruceros y mercantes vienen a nosotros para extasiarse ante esta milenaria cultura e impregnarse de su espíritu emprendedor liberal... ¿Pero no era nuestro caballero enmascarado un confeso marxista? ¿Cómo sucumbe ante los encantos de la Merkel y Mas? ¿No se acuerda de Rosa Luxemburgo? ¿No tiene una palabra para Andreu Nin? Bueno, claro que estos pobres mártires no habrían entendido el tacticismo de vuelo gallináceo. Esa idea de: separemos Cataluña de España, pues es liberal y europea, y en ella podremos hacer el laboratorio de una revolución exportable al resto de Europa... España ex franquista, claro... Todo esto es evidencia radiológica, no un relato marxista caduco. Noooooooo. Qué vaaaaaaa
Hacer ver que CIU, ERC, SI, ICV, PSC son elementos extraños y estúpidos, y que la gente que sale a la calle es estúpida no tiene ninguna base más que un intento de superioridad que contrasta y choca con la dosis de relativismo que escupes en el resto de tu escrito.
Nunca he dicho tal cosa. Quizá nuestro radiólogo podría leer a Marx y su análisis de Napoleón III. Si tiene un ratito. Igual se daría cuenta, entre placa y placa, de que Mas puede querer ser Napoleón III (Bonaparte queda para Pujol en la economía de escala catalana). Y los partidos de izquierda, los tontos útiles que sustenten su trono para quedar fuera de juego de inmediato, una vez colocada y engordada la elite que dirige y parasita el fondo de verdad de la izquierda real. Lea, lea.... Al ilustre Carlos Marx. Yo ya lo he hecho.
Luego dice que intento ser superior. No, hombre, no. Intento pensar... Luego me acusa de relativismo. Claro, él tiene de su parte la Verdad Revelada por los Rayos Equis. Y mi escrito es un escupitajo. Claro. Como radiólogo, quiere además muestras de mis pulmones. Va a ser eso. Qué grande. Quiere diagnosticarme bien y curarme de relativismo. Lo malo es que lo contrario de relativismo es... Absolutismo. Lo que nos devuelve no ya a Napoleón, sino a Luis XIV, quizá lo más parecido a Stalin que pudo dar Francia. Y la verdad, pasando del tema, jefe.
No se de que eres profesor, pero como mínimo tienes poco conocimiento sobre teoría política, legal, así como de movimiento social que estaría encuadrado en sociología como del económico. Periodista?? Lo digo por eso de escribir mucho y bien pero diciendo poco y mal.
Ah, claro. Sé poco de teoría política. De qué época, caballero. ¿Hablamos de Tucídides? ¿De Hobbes? ¿Hegel? ¿Adorno? ¿Lukács? Esos me los he leído... ¿Popper? ¿Hayek? Uy, perdón, que esos son herejotes, que seguro que arderían en presencia de la momia sacrosanta de Lenin... Vigile su sintaxis, de paso. Y bueno, a santo de qué le digo lo que leo. Si usted ni me dice cómo se llama... ¿Lo ve? Qué importante es la cortesía...Periodista, me cree. No es un piropo, pretende acusarme de superficial, de buen escritor sin contenido real. Claro, el radiólogo sí que dice mucho y todo acertado. Hombreeeee. Dónde va a a parar...
No se trata de que quieres ser (sirve para considerar-te catalán o español) sino que sujeto de soberanía quieres que gestiona tu realidad diaria. Ir al hospital, denunciar una infracción, ir a escuela son hechos que puedes realizar porque una comunidad decide organizarse y gestionar-se. Si no somos nada y paseamos como almas en pena por el mundo, difícilmente tendrás nada.
Bueno... Aquí ya ni profesor ni periodista. Aquí ya me ha degradado a subnormal profundo, tal y como escribe con ejemplitos para tontos. Sin comentarios. Y habla de sujeto de soberanía. Un marxista. ¿Sabrá en qué jardín se está metiendo? Bueno nada... Yo le receto Kant, el Kant moralista. Le ayudará, si es que lo entiende, que lo dudo...
Y ese es el debate. Catalunya quiere gestionarse, y no hay ningún motivo real para impedírselo. Solo el relativismo absurdo que defiende el statu-quo salido de una dictadura donde el ejercito amenazaba mientras de hacia la transición puede estar en contra (a parte de los propios herederos del franquismo).
La repanocha. Cataluña quiere. Observen la frase. Esto sí que es idealismo barato. De Crist i Catalunya, de Jordi Pujol, hemos pasado ya a la hipóstasis total. Ahora Catalunya es un ser real, con voluntad propia. Y quiénes somos los mortales para enfrentarnos con semejante deidad olímpica, claro... Relativistas absurdos, no Absolutistas Objetivos Radiológicos. Nada, nada. Paso a la Nación en Marcha. No seamos franquistas militarotes... Y no recordemos que los abuelos de Mas eran todos franquistas, no, no... eso es demasiado recordar... Si Catalunya pide paso, pues adelante. Nada que objetar, claro.
El tema lenguas, si quieres habla con psicólogos y filólogos sobre como condiciona la forma de pensar y estructurar un idioma. Con eso no digo que seamos tan diferentes a los españoles, en general los latinos tenemos una base muy parecida. Pero bien, en tu mundo de relativismo supongo que nada existe i todo vale.
Mejor me callo. Herder y otros fundadores de supersticiones de Cuarto Milenio que nuestro científico consume acríticamente... La lengua es el alma del pueblo... Qué le vamos a hacer. Luego, caractereología barata, los latinos, etc. Dios mío. Es un científico el que habla. Un respeto. No lea usted, no. Escuche campanas, eso, sin saber dónde...
La izquierda comunista trabaja por el cambio social y sabe que la independencia facilita ese objetivo. Y así se ha posicionado toda la izquierda, des de la parlamentaria a la extraparlamentaria, des del partiducho trotskista al estalinista. Donde el menos independentista pide una confederación de pueblos con libre autodeterminación.
Aquí ya asoma la patita. Es comunista el nene. Y trabajador, hombre. Y práctico. Como la independencia nos lo pondrá a huevo, marchemos todos juntos, troskistas, estalinistas, iniciativos, etc por la senda de la independencia y la autodeterminación. Hacia la revolución final. Emocionante. La ciencia ha hablado. Cataluña quiere. La lengua nos conforma. Qué hermoso.
Como decía Chesterton, lo malo no es dejar de creer en Dios. Lo peor son los sucedáneos que ocupan el altar vacío. Patrias latinas, lenguas milenarias, relatos inmarcesibles, radiologías objetivísimas, teorías políticas absolutas....
Vamos, que me he convertido. Emocionante de veras.
Visca la terra y olé.
martes, 27 de diciembre de 2011
Los recortes de Rajoy
Hace algún tiempo que no comento la actualidad política, al menos de manera directa. Pero quizá es momento de cambiar de tercio. Veamos cómo sale el intento.
Nos movemos en un contexto nuevo en cuanto a la forma como las contradicciones emergen. Ya no podemos valernos del adanismo adolescente del enormísimo Cronopio Zapatero para rasgarnos –con cierto alivio autoexculpatorio– las vestiduras por la manera como un gobierno sin estómago ni oficio digiere y representa la crisis en una gesticulación impotente y asombrada al borde del vómito. Ahora es la derecha real de los mercados la que ocupa todo el poder, la ortodoxia económica trajeada y bien alimentada, que no podrá por demasiado tiempo continuar con sus lamentos y maldiciones de profetismo jeremíaco.
Todo el poder para los buenos, clama el pueblo en las urnas. Y los buenos se agolpan en el reparto de canonjías, beneficios y covachuelas, mientras cacarean austeridad, besan todo lo besable de nuestra conspicua y honrada monarquía y preparan el desembarco en los boletines oficiales y en las tertulias laudatorias. De momento, los administradores de esta gran nación con una mano congelan los sueldos de los funcionarios, mientras con la otra, la autonómica, la mano tonta de las taifas, recortan decididos y hacen trizas la previsible y desganada rebelión, puramente administrativa, de la casta paniaguada.
Y ahorraremos en salud y educación de manera generalizada, claro está, e injusta, sin abordar los abusos de un estado generoso hasta el suicidio económico. El Partido Popular a buen seguro que no meterá su tijera saneadora en el traje de algunas políticas, llamadas sociales, pero que en realidad financian la vagancia estructural de los planes del desempleo ruralizante, el parasitismo cebón del turismo sanitario, la funcionarización invisible de un pseudoproletariado inmigrante que se amamanta en las ayudas de todos los niveles administrativos, mientras torea legislaciones tan absurdamente restrictivas en la letra como inaplicables en los hechos gracias al inextirpable tumor de la mala conciencia colectiva.
Y como estas verdades nunca podrán decirse ante una izquierda vigilante de su patrimonio simbólico, como es la cultura de la subvención infinita, serán los trabajadores del estado defensor de la auto sangría los que se vean progresivamente reducidos a la condición de asalariados minorizados, entre congelaciones estatales, recortes autonómicos, inflaciones subyacentes y emergentes y todo tipo de maquillajes funerarios con que los nuevos gobernantes se aprestan a presentar el cadáver de este estado social y democrático de derecho.
¿O es todo lo contrario?
miércoles, 21 de julio de 2010
Ciudadanía: violencia en la banlieue (noviembre de 2005)
(Se trata de un texto que no ha perdido vigencia en sus causas de base. Por eso creo que vale la pena ofrecerlo de nuevo)
La palabra está en boca de todos, y quizá nunca con tanta fuerza como en estos días, en los que la cuna de la ciudadanía de la Europa Moderna ve consumirse en fuegos nocturnos la esperanza de su lema fundador de libertad, igualdad y fraternidad. La República reacciona con puño de hierro contra ciudadanos enfurecidos, hijos de inmigrantes, atrapados entre la discriminación y el terrorismo urbano, entre la exclusión y el cóctel molotov. Habitantes de los suburbios en los que la ciudad se diluye, arrojan su ira incendiaria contra los coches aparcados, símbolo de la libertad individual, contra las escuelas republicanas, en las que las muchachas no pueden velar su rostro, contra todo lo que recuerde al Estado y a quienes se sienten franceses de pleno derecho.
No faltan voces que califican los sucesos de intifada, de revuelta violenta en la frontera entre Occidente e Islam, dentro de la vieja Francia. Son disturbios repetidos, deslegitimadores del Estado, que se revela impotente para restaurar el orden y justificar así su monopolio de la violencia. Admitir esa apresurada equivalencia, sin embargo, nos aloja imperceptiblemente en un contexto falso. Nos invita a identificar en términos maniqueos, según la lectura dominante y simplista, bloques enfrentados en Oriente por muy diferentes razones, históricas y sociales. Ni Israel es la República Francesa ni los jóvenes violentos del extrarradio de París pueden representar a los palestinos desposeídos de su propia tierra. En realidad, es casi exactamente al contrario: son los franceses de origen musulmán quienes pretenden imponer sus leyes religiosas en el territorio galo. Quienes, incendiando coches anónimos, escuelas laicas, recuerdan a sus mujeres que nunca permitirán que descubran el rostro, seña de la individualidad, por más que vivan en Europa. No debemos engañarnos. Toda la violencia de los actos perpetrados no significa sólo, ni principalmente, un desafío violento al Estado; constituye, además, una amenazante delimitación del propio colectivo. El fuego marca, efectivamente, líneas intraspasables: polariza las tensiones, rompe los puentes, evita el tránsito libre e individual de una matriz cultural a otra. Y ahoga las actitudes de quienes viven la fe islámica y la ciudadanía francesa como aspectos separados, integrantes, respectivamente, de su ser privado y de su personalidad pública.
Si dejamos que el fuego nos encandile con su brillo fascinante, no podremos diagnosticar las quemaduras, profundas y extensas, en la piel de la convivencia ciudadana. Pensaremos que bastará con apagar las hogueras y encarcelar o expulsar a los cabecillas. Y sin embargo, las brasas seguirán humeantes sordamente hasta que prendan de nuevo. Entre tanto, habrán ardido las esperanzas de cientos y cientos de mujeres, dispuestas, quizá hasta hoy, a beneficiarse de la ciudadanía para replantear sus relaciones familiares y sociales. Se habrán consumido las ambiciones personales de muchos jóvenes, enrolados en la destrucción frenética y apartados del esfuerzo y el mérito. Y los muros del desprecio y la desconfianza ganarán altura en las mentes de los autóctonos. El individuo, base de la República, volverá a difuminarse en la tribu, cederá sus derechos inalienables al grupo, conjurará sus miedos con la violencia, policial o rebelde. Asistiremos a un proceso de falaces seguridades, de forzadas lealtades simétricas. Porque habremos permitido que la geometría poliédrica de la democracia se transforme en el ritual plano y previsible de la discordia.
La ruptura de la Ciudad, la stasis, que denunciaba Platón, pasa necesariamente por la polarización dual de la sociedad, por la intrusión en el alma de cada individuo de la compulsión para tomar partido entre dos mundos condenados a enfrentarse. La izquierda, antaño predicadora de la lucha de clases, siente la atávica tentación de interpretar el conflicto pro domo sua, como una manifestación más de la caducidad del viejo orden. La derecha, víctima de un conservadurismo carente de proyección, también se ve atrapada en la reacción contundente y se muestra incapaz de ofrecer espacios de nueva planta.
Y sin embargo es preciso. Es imprescindible redefinir el territorio común de la ciudadanía. Sin concesiones a quienes pretenden anular a sus mujeres con la ventajista e inaceptable coartada de la especificidad cultural. Con nuevos símbolos que apelen a la conciencia individual de todos y cada uno de los ciudadanos. Un día fue una mujer, la Libertad, con el seno desnudo, la que guió al pueblo francés, a todos los hijos de la patria, para forzar el amanecer de la libertad y la dignidad del hombre y el ciudadano. Tendrá que llegar el día en que las mujeres musulmanas, francesas y europeas, enarbolen su propia dignidad, ostenten su propio rostro para conquistar el espacio público de la Ciudad, las ventanas abiertas de sus casas. Solo así se habrá superado definitivamente el problema. Desvelando a las auténticas y silenciosas víctimas de las hogueras con las que nuevas inquisiciones se enardecen en las calles oscuras de la Ciudad Luz. Bumedian nos amanazaba con la fertilidad de sus vientres. Si seducimos sus almas, tal vez el camino del progreso de la Humanidad no tenga que sufrir retrocesos en la conquista de la libertad. Es aquí donde reside la auténtica frontera, la decisiva batalla, civil y pacífica, que librar. La posibilidad, o el principio del fin, de la ciudadanía libre, igual y fraterna.
La palabra está en boca de todos, y quizá nunca con tanta fuerza como en estos días, en los que la cuna de la ciudadanía de la Europa Moderna ve consumirse en fuegos nocturnos la esperanza de su lema fundador de libertad, igualdad y fraternidad. La República reacciona con puño de hierro contra ciudadanos enfurecidos, hijos de inmigrantes, atrapados entre la discriminación y el terrorismo urbano, entre la exclusión y el cóctel molotov. Habitantes de los suburbios en los que la ciudad se diluye, arrojan su ira incendiaria contra los coches aparcados, símbolo de la libertad individual, contra las escuelas republicanas, en las que las muchachas no pueden velar su rostro, contra todo lo que recuerde al Estado y a quienes se sienten franceses de pleno derecho.
No faltan voces que califican los sucesos de intifada, de revuelta violenta en la frontera entre Occidente e Islam, dentro de la vieja Francia. Son disturbios repetidos, deslegitimadores del Estado, que se revela impotente para restaurar el orden y justificar así su monopolio de la violencia. Admitir esa apresurada equivalencia, sin embargo, nos aloja imperceptiblemente en un contexto falso. Nos invita a identificar en términos maniqueos, según la lectura dominante y simplista, bloques enfrentados en Oriente por muy diferentes razones, históricas y sociales. Ni Israel es la República Francesa ni los jóvenes violentos del extrarradio de París pueden representar a los palestinos desposeídos de su propia tierra. En realidad, es casi exactamente al contrario: son los franceses de origen musulmán quienes pretenden imponer sus leyes religiosas en el territorio galo. Quienes, incendiando coches anónimos, escuelas laicas, recuerdan a sus mujeres que nunca permitirán que descubran el rostro, seña de la individualidad, por más que vivan en Europa. No debemos engañarnos. Toda la violencia de los actos perpetrados no significa sólo, ni principalmente, un desafío violento al Estado; constituye, además, una amenazante delimitación del propio colectivo. El fuego marca, efectivamente, líneas intraspasables: polariza las tensiones, rompe los puentes, evita el tránsito libre e individual de una matriz cultural a otra. Y ahoga las actitudes de quienes viven la fe islámica y la ciudadanía francesa como aspectos separados, integrantes, respectivamente, de su ser privado y de su personalidad pública.
Si dejamos que el fuego nos encandile con su brillo fascinante, no podremos diagnosticar las quemaduras, profundas y extensas, en la piel de la convivencia ciudadana. Pensaremos que bastará con apagar las hogueras y encarcelar o expulsar a los cabecillas. Y sin embargo, las brasas seguirán humeantes sordamente hasta que prendan de nuevo. Entre tanto, habrán ardido las esperanzas de cientos y cientos de mujeres, dispuestas, quizá hasta hoy, a beneficiarse de la ciudadanía para replantear sus relaciones familiares y sociales. Se habrán consumido las ambiciones personales de muchos jóvenes, enrolados en la destrucción frenética y apartados del esfuerzo y el mérito. Y los muros del desprecio y la desconfianza ganarán altura en las mentes de los autóctonos. El individuo, base de la República, volverá a difuminarse en la tribu, cederá sus derechos inalienables al grupo, conjurará sus miedos con la violencia, policial o rebelde. Asistiremos a un proceso de falaces seguridades, de forzadas lealtades simétricas. Porque habremos permitido que la geometría poliédrica de la democracia se transforme en el ritual plano y previsible de la discordia.
La ruptura de la Ciudad, la stasis, que denunciaba Platón, pasa necesariamente por la polarización dual de la sociedad, por la intrusión en el alma de cada individuo de la compulsión para tomar partido entre dos mundos condenados a enfrentarse. La izquierda, antaño predicadora de la lucha de clases, siente la atávica tentación de interpretar el conflicto pro domo sua, como una manifestación más de la caducidad del viejo orden. La derecha, víctima de un conservadurismo carente de proyección, también se ve atrapada en la reacción contundente y se muestra incapaz de ofrecer espacios de nueva planta.
Y sin embargo es preciso. Es imprescindible redefinir el territorio común de la ciudadanía. Sin concesiones a quienes pretenden anular a sus mujeres con la ventajista e inaceptable coartada de la especificidad cultural. Con nuevos símbolos que apelen a la conciencia individual de todos y cada uno de los ciudadanos. Un día fue una mujer, la Libertad, con el seno desnudo, la que guió al pueblo francés, a todos los hijos de la patria, para forzar el amanecer de la libertad y la dignidad del hombre y el ciudadano. Tendrá que llegar el día en que las mujeres musulmanas, francesas y europeas, enarbolen su propia dignidad, ostenten su propio rostro para conquistar el espacio público de la Ciudad, las ventanas abiertas de sus casas. Solo así se habrá superado definitivamente el problema. Desvelando a las auténticas y silenciosas víctimas de las hogueras con las que nuevas inquisiciones se enardecen en las calles oscuras de la Ciudad Luz. Bumedian nos amanazaba con la fertilidad de sus vientres. Si seducimos sus almas, tal vez el camino del progreso de la Humanidad no tenga que sufrir retrocesos en la conquista de la libertad. Es aquí donde reside la auténtica frontera, la decisiva batalla, civil y pacífica, que librar. La posibilidad, o el principio del fin, de la ciudadanía libre, igual y fraterna.
sábado, 6 de junio de 2009
Obama y el Islam
Buscar simetrías forzadas entre Occidente y el Islam no es aconsejable. El cristianismo no es equivalente a la religión de Mahoma, ni por su significado actual dentro de las sociedades en las que es mayoritario, ni por su trayectoria y valor histórico. Y si además introducimos el judaísmo, todavía es más forzado el planteamiento igualitario.
Los tres credos son en realidad diversas fases de evolución del monoteísmo, que no se anulan, más bien acaban articulando un espacio siempre conflictivo, en la medida en que se disputan no solo una tierra sagrada, sino, sobre todo, el dominio del capital inmaterial de un dios único y exclusivo, que afirma la identidad a base de la aniquilación simbólica o efectiva de otros pueblos. Los judíos robustecen su seguridad a través de la endogamia, los cristianos se funden con el pensamiento y la civilización grecorromanos, en tanto que el Islam desarrolla una expresión independiente y ex novo. Precisamente por la instauración de un nuevo texto sagrado, que no es una continuación de la tradición mosaica, sino una substitución que hunde los profetas judíos y la revelación cristiana para cimentar un nuevo edificio de sacralidad en una lengua nueva y abierta a la conversión de todos los pueblos.
No hay, pues, equivalencia. Se trata, por el contrario, de una inevitable disputa desde el mismo momento en que las tres religiones se afirman como realidades permanentes en la historia. Lo que Occidente sí puede esgrimir es un nuevo espacio de convivencia, no basado en el contrapeso de creencias equivalentes, sino en el redescubrimiento de la independencia del ser humano con respecto a lo sagrado. Esta criatura de la filosofía griega, por más que se había recubierto de teología durante siglos, acaba por romper de nuevo su crisálida en el Renacimiento y por diseñar un definitivo espacio público de racionalidad y convivencia a partir de la Ilustración. Y esta ha de ser la baza de Occidente.
Sin embargo, en Estados Unidos nunca se consumó el laicismo filosófico en el ágora de la política. Siempre quedó teñida de sacralidad, y es desde ese espacio divinizado como Bush prolongaba el espíritu de Cruzada de inspiración veterotestamentaria y como Obama obtiene su máximo en una tolerancia neotestamentaria, pero filosóficamente insufuciente.
Por eso el cortejo de Obama al Islam reconoce el derecho de las mujeres a conformarse con su esclavitud y choca con las legislaciones emancipadoras de una Francia fiel a los principios de su laicismo puro. Por eso el aparente progreso del flamante nuevo presidente americano puede acabar convirtiéndose en un búmerang de resacralización de Occidente, como ya ha ocurrido en los países postcomunistas y como puede acabar pasando en la Vieja Europa, incapaz de atraer su inmigración al ágora desacralizada.
En cambio, es signo de enorme ceguera enfatizar el carácter sangriento de una parte de la tradición musulmana. Aun cuando fuera cierto, como afirmaba el Papa en Ratisbona, que el Islam es una religión creada desde la violencia y la imposición, debería pesar más en nosotros el hecho de que los musulmanes actuales se reconozcan en el retrato buenista de su propia historia. Mejor es que una imagen sesgada y pacífica de su pasado sea la que eligen y aplauden para representar sus derechos y sus reivindicaciones, que no el cultivo de la historia de violencia por la que la religión de Mahoma se extendió. De modo que Obama acierta, aun cuando desde un punto de vista histórico falsee o idealice en exceso. Ofrece en todo caso un espacio de paz y de distensión en el que es posible el compromiso y la convivencia y que es saludado por su auditorio.
El problema no es, pues, el retrato beatífico del Islam. El error es precisamente aceptar que el conflicto solo puede expresarse en clave religiosa. Cuántas mujeres de tradición musulmana no pugnan precisamente por salir de la cárcel de sacralidad para poder repensar libremente su identidad y su futuro, no solo las que viven en países de Occidente, sino también, y más heroicamente, las que se debaten en tierras de mayoría aplastantemente islámica.
Pero el liderazgo de Occidente es el que es y poco puede hacerse por enmendar los hechos, que son tozudos. Y más vale un presidente que representa, dentro de su país, un paso enorme en la historia de la emancipación del ser humano, que no el eternizarse en una estrategia de confrontación, de la que Estados Unidos, y todo Occidente, a la larga solo puede salir debilitado y ofrecer al futuro un espacio abierto a la audacia de las potencias emergentes y sólidas, como la propia China.
Los tres credos son en realidad diversas fases de evolución del monoteísmo, que no se anulan, más bien acaban articulando un espacio siempre conflictivo, en la medida en que se disputan no solo una tierra sagrada, sino, sobre todo, el dominio del capital inmaterial de un dios único y exclusivo, que afirma la identidad a base de la aniquilación simbólica o efectiva de otros pueblos. Los judíos robustecen su seguridad a través de la endogamia, los cristianos se funden con el pensamiento y la civilización grecorromanos, en tanto que el Islam desarrolla una expresión independiente y ex novo. Precisamente por la instauración de un nuevo texto sagrado, que no es una continuación de la tradición mosaica, sino una substitución que hunde los profetas judíos y la revelación cristiana para cimentar un nuevo edificio de sacralidad en una lengua nueva y abierta a la conversión de todos los pueblos.
No hay, pues, equivalencia. Se trata, por el contrario, de una inevitable disputa desde el mismo momento en que las tres religiones se afirman como realidades permanentes en la historia. Lo que Occidente sí puede esgrimir es un nuevo espacio de convivencia, no basado en el contrapeso de creencias equivalentes, sino en el redescubrimiento de la independencia del ser humano con respecto a lo sagrado. Esta criatura de la filosofía griega, por más que se había recubierto de teología durante siglos, acaba por romper de nuevo su crisálida en el Renacimiento y por diseñar un definitivo espacio público de racionalidad y convivencia a partir de la Ilustración. Y esta ha de ser la baza de Occidente.
Sin embargo, en Estados Unidos nunca se consumó el laicismo filosófico en el ágora de la política. Siempre quedó teñida de sacralidad, y es desde ese espacio divinizado como Bush prolongaba el espíritu de Cruzada de inspiración veterotestamentaria y como Obama obtiene su máximo en una tolerancia neotestamentaria, pero filosóficamente insufuciente.
Por eso el cortejo de Obama al Islam reconoce el derecho de las mujeres a conformarse con su esclavitud y choca con las legislaciones emancipadoras de una Francia fiel a los principios de su laicismo puro. Por eso el aparente progreso del flamante nuevo presidente americano puede acabar convirtiéndose en un búmerang de resacralización de Occidente, como ya ha ocurrido en los países postcomunistas y como puede acabar pasando en la Vieja Europa, incapaz de atraer su inmigración al ágora desacralizada.
En cambio, es signo de enorme ceguera enfatizar el carácter sangriento de una parte de la tradición musulmana. Aun cuando fuera cierto, como afirmaba el Papa en Ratisbona, que el Islam es una religión creada desde la violencia y la imposición, debería pesar más en nosotros el hecho de que los musulmanes actuales se reconozcan en el retrato buenista de su propia historia. Mejor es que una imagen sesgada y pacífica de su pasado sea la que eligen y aplauden para representar sus derechos y sus reivindicaciones, que no el cultivo de la historia de violencia por la que la religión de Mahoma se extendió. De modo que Obama acierta, aun cuando desde un punto de vista histórico falsee o idealice en exceso. Ofrece en todo caso un espacio de paz y de distensión en el que es posible el compromiso y la convivencia y que es saludado por su auditorio.
El problema no es, pues, el retrato beatífico del Islam. El error es precisamente aceptar que el conflicto solo puede expresarse en clave religiosa. Cuántas mujeres de tradición musulmana no pugnan precisamente por salir de la cárcel de sacralidad para poder repensar libremente su identidad y su futuro, no solo las que viven en países de Occidente, sino también, y más heroicamente, las que se debaten en tierras de mayoría aplastantemente islámica.
Pero el liderazgo de Occidente es el que es y poco puede hacerse por enmendar los hechos, que son tozudos. Y más vale un presidente que representa, dentro de su país, un paso enorme en la historia de la emancipación del ser humano, que no el eternizarse en una estrategia de confrontación, de la que Estados Unidos, y todo Occidente, a la larga solo puede salir debilitado y ofrecer al futuro un espacio abierto a la audacia de las potencias emergentes y sólidas, como la propia China.
viernes, 5 de septiembre de 2008
Imperios e cosí via
Largo tiempo sin escribir. Y estos versos de aquí abajo, que vete a saber de dónde salieron, llevan ya demasiado tiempo de escaparate involuntario. Como el verano es largo, puede que vayan emergiendo ahora reflexiones variadas y mira por dónde hoy parece que voy a hablar de política, de imperios, naciones e identidades. Casi nada.
Tengo la intuición de que vivimos dentro de relatos nacionales, de constructos narrativos identitarios. Los seres humanos tamizan, al menos desde Roma, la realidad para situarla dentro de un referente de realidad política que no dominan, sino que les sobrevuela y supera abrazando a veces centurias, incluso milenios.
Egipto, por ejemplo, debió de ser un gran relato, dilatadísimo, que colapsó definitivamente con el cristianismo, tras la agonía prolongada del Helenismo y la pertenencia a Roma. De hecho, sigue configurando un humus en el que se enraíza un islam no absolutamente homólogo al de países cercanos.
Roma es el ejemplo más evidente para nosotros. No solo de la larga duración de algo que sentimos aún relevante --quizá por pura convención, más que por realismo-- en nuestro modo de proyectarnos sobre el pasado, sino incluso por la forma como su vacío crea una nostalgia operativa, un espacio de reconfiguración histórica en toda Europa que va cuajando en espacios sucesivos de diferente alcance territorial y espiritual, por así decir --Papado, Carlomagno, Sacro Imperio, Napoleón, Unión Europea--.
O los imperios de España y Gran Bretaña, relatos de impresionante expansión territorial y cuyo desmembramiento no solo desata las colonias de sus metrópolis, luego obligadas a resemantizarse en indigenismos o geografismos naturalistas. Es que además produce una implosión de los estados modernos originales, fraguados en el Renacimiento y ahora enfrentados a micronacionalismos interiores que tienden a extender el modelo europeo de mapa en mosaico, que no rentabiliza los continuos geográficos (islas británicas, península ibérica) sino que se organiza en torno a ejes de origen medieval y que ya no pueden proyectarse en la común empresa de la conquista, colonización y explotación.
Y China. ¿Es un relato ascendente o descendente? O la misma Rusia, y sus intentos de recobrar influencia beneficiándose de las minorías rusohablantes de las repúblicas emergentes. Oriente enfrenta una explosión que resultará en espacios políticos de escala media o mantendrá los macroestados, que aunque no se mantengan bajo el símbolo arcaico e icónico de un emperador, no dejan de ser estructuras simbolizadas en un Partido ya ideológicamente inoperante, salvo en su patética teología y su férrea estructura de poder jerarquizado (China), o en un ejército capaz de lanzar la herencia de los zares blancos y rojos para recobrar fronteras (Rusia) o en el mito de la democracia más poblada de la tierra, que basa su unidad en un gigantismo heredado de los británicos (India). Todas ellas economías en expansión pero de baja calidad productiva (Rusia) o de condiciones de vida general (China e India).
Vivimos, pues, dentro de relatos de naturaleza política. El Nido de Pequín no es tan diferente, en su función icónica de sublimación estética del poder, de la vieja Acrópolis de Atenas. No tan diferente. Quizá es que lo humano se encarna siempre en formas y procedimientos semejantes.
Tengo la intuición de que vivimos dentro de relatos nacionales, de constructos narrativos identitarios. Los seres humanos tamizan, al menos desde Roma, la realidad para situarla dentro de un referente de realidad política que no dominan, sino que les sobrevuela y supera abrazando a veces centurias, incluso milenios.
Egipto, por ejemplo, debió de ser un gran relato, dilatadísimo, que colapsó definitivamente con el cristianismo, tras la agonía prolongada del Helenismo y la pertenencia a Roma. De hecho, sigue configurando un humus en el que se enraíza un islam no absolutamente homólogo al de países cercanos.
Roma es el ejemplo más evidente para nosotros. No solo de la larga duración de algo que sentimos aún relevante --quizá por pura convención, más que por realismo-- en nuestro modo de proyectarnos sobre el pasado, sino incluso por la forma como su vacío crea una nostalgia operativa, un espacio de reconfiguración histórica en toda Europa que va cuajando en espacios sucesivos de diferente alcance territorial y espiritual, por así decir --Papado, Carlomagno, Sacro Imperio, Napoleón, Unión Europea--.
O los imperios de España y Gran Bretaña, relatos de impresionante expansión territorial y cuyo desmembramiento no solo desata las colonias de sus metrópolis, luego obligadas a resemantizarse en indigenismos o geografismos naturalistas. Es que además produce una implosión de los estados modernos originales, fraguados en el Renacimiento y ahora enfrentados a micronacionalismos interiores que tienden a extender el modelo europeo de mapa en mosaico, que no rentabiliza los continuos geográficos (islas británicas, península ibérica) sino que se organiza en torno a ejes de origen medieval y que ya no pueden proyectarse en la común empresa de la conquista, colonización y explotación.
Y China. ¿Es un relato ascendente o descendente? O la misma Rusia, y sus intentos de recobrar influencia beneficiándose de las minorías rusohablantes de las repúblicas emergentes. Oriente enfrenta una explosión que resultará en espacios políticos de escala media o mantendrá los macroestados, que aunque no se mantengan bajo el símbolo arcaico e icónico de un emperador, no dejan de ser estructuras simbolizadas en un Partido ya ideológicamente inoperante, salvo en su patética teología y su férrea estructura de poder jerarquizado (China), o en un ejército capaz de lanzar la herencia de los zares blancos y rojos para recobrar fronteras (Rusia) o en el mito de la democracia más poblada de la tierra, que basa su unidad en un gigantismo heredado de los británicos (India). Todas ellas economías en expansión pero de baja calidad productiva (Rusia) o de condiciones de vida general (China e India).
Vivimos, pues, dentro de relatos de naturaleza política. El Nido de Pequín no es tan diferente, en su función icónica de sublimación estética del poder, de la vieja Acrópolis de Atenas. No tan diferente. Quizá es que lo humano se encarna siempre en formas y procedimientos semejantes.
lunes, 21 de abril de 2008
Mujeres y propaganda: una palinodia algo confusa
Confesemos: hemos mordido el anzuelo. Justo lo que esperaba provocar Rodríguez Zapatero con sus nombramientos imparitarios era el aluvión de críticas que acaban confundidas en el lodo de la misoginia más primaria y vergonzante. Así nos hemos visto compartiendo trinchera con personajes zarzueleros como Antonio Burgos, en las columnas de los medios más conservadores, bufones electos, como Berlusconi, y en fin, toda una serie de peligrosas compañías que no hacen sino ahondar los efectos destructivos, intelectual y socialmente, de la propaganda y la práctica de lo políticamente correcto.
Porque, lejos de verse desautorizadas, las recién nombradas ministras han conseguido un blindaje solidario que va a hacer muy difícil que su gestión sea criticada por los medios afines de la izquierda, y por todos aquellos otros, tan numerosos o más, que se preocupan antes de la cuota de mercado y los vientos del poder que de los principios democráticos más elementales.
Y además, seguir chapoteando en la ciénaga ayudará a hacer más opaca la cortina de humo que cubre la gestión bajo la condición de género, como gustan de decir. Con esa Gran Inquisidora de la Igualdad, que en cualquier momento puede lanzar su ira hambrienta de competencias en una especie de censura penal contra cualquiera que se atreva a descreer blasfemando de la ortodoxia.
Así que mea culpa. ¿Hay ministras en el gabinete? Pues no me había dado cuenta. ¿Que son muchas y no muy formadas? Habrá que esperar a ver qué hacen. Dejemos la política. Mejor dicho, la pseudopolítica zapateril. Y vayamos a lo importante: pensar y sentir, decir. Expresar.
Porque, lejos de verse desautorizadas, las recién nombradas ministras han conseguido un blindaje solidario que va a hacer muy difícil que su gestión sea criticada por los medios afines de la izquierda, y por todos aquellos otros, tan numerosos o más, que se preocupan antes de la cuota de mercado y los vientos del poder que de los principios democráticos más elementales.
Y además, seguir chapoteando en la ciénaga ayudará a hacer más opaca la cortina de humo que cubre la gestión bajo la condición de género, como gustan de decir. Con esa Gran Inquisidora de la Igualdad, que en cualquier momento puede lanzar su ira hambrienta de competencias en una especie de censura penal contra cualquiera que se atreva a descreer blasfemando de la ortodoxia.
Así que mea culpa. ¿Hay ministras en el gabinete? Pues no me había dado cuenta. ¿Que son muchas y no muy formadas? Habrá que esperar a ver qué hacen. Dejemos la política. Mejor dicho, la pseudopolítica zapateril. Y vayamos a lo importante: pensar y sentir, decir. Expresar.
lunes, 14 de abril de 2008
Ministras de Zapatero: suma y sigue

El orgullo de Zapatero tiene causas desconocidas. Pero no se alarmen: hay sesudos psicólogos e intuitivas psicólogas –incluso viceversa-- que olisquean el enigma, rastreando ignotas pistas. Y surgen teorías sugestivas. Quizá es que presume de talento matemático, por haber reunido, tras concienzudos cálculos, exactamente una mujer más en su gabinete. Tal vez pretende asegurarse un futuro prometedor en el noble oficio de sexador de candidatos y candidatas, de aspirantes y aspirantas, para los partidos políticos y las partidas de... concejales de urbanismo. Sí, hombre, como las que ya existen de pollos y de... de la pollería, vaya. Y es que la cosa promete. Veremos un Vaticano, ya es casi un hecho, donde las leyes paritarias reeditarán sillas gestatorias para confirmar, por riguroso turno, la feminidad de las papisas, y hasta de las cardenalas. Olimpiadas en las que jueces y juezas, la judicatura deportiva, en fin, determine el género de atletos y atletas en estricta observancia de su libre opción, sin reparar en menudencias tales como los genitales externos, que ya sabemos que interfieren en el igualitario derecho a elegir de cada cual y cuala. Todo merced a la gestión del nuevo ministerio, que propagará la buena nueva a todas las personas y personos y crecerán por las Europas y las Asias los nuevos ministerios de Igualdad, concepto tan pitagórico como revolucionario. La luz inundará nuestros corazones y siempre recordaremos al Moisés zapateril, con sus tablas y tablados, sus promesas y promesos. Sus duplicados dimes y diretes, zipizapes, protocolas, arzobispas, ministerias. Y uno que pensaba que la igualdad consistía precisamente en no tener en cuenta el sexo para los nombramientos... Cómo estábamos y estábamas tan ciegos, tan bizcas, tan tuertos, tan bisojas. Pero ZP ha hecho, en un día, mundo nuevo. Casi de la nada. Y ha visto, con orgullo infinito, que era bueno. Y buena la ha hecho.
jueves, 10 de abril de 2008
Tibet y democracia
No es fácil opinar sobre China, fuera de afirmaciones muy genéricas sobre libertad, democracia y comunismo totalitario. Parece evidente que el partido comunista ha dejado de ser para siempre el guardián del colectivismo maoísta y se ha convertido en la columna vertebral de un sistema capitalista tutelado, que proporciona crecimiento acelerado, unidad de mercado interna, estabilidad socio-política y una creciente influencia internacional, frente a una eventual explosión de naciones emergentes al estilo post-soviético, que produciría el previsible colapso de una democratización imprudente y apresurada. El camino chino es el inverso al que siguiera Rusia: primero la reconversión económica, manteniendo el Imperio; después, si resultan convenientes, los cambios políticos, que no pongan en duda la unidad nacional.
La relajación en la legislación del hijo único puede ser toda una señal de apertura: en efecto, no se trataba solo del control riguroso de la población, imprescindible cuando el comunismo no permitía sino el empobrecimiento progresivo y la miseria creciente. Era sobre todo una muestra simbólica de hasta qué punto no existía límite alguno para el poder del Estado en todas las esferas de la vida, pues la planificación de la población quedaba expropiada a los individuos y transferida a la providencia de la Burocracia. Simétricamente, el cambio, de producirse, demostraría varias cosas: mayor optimismo en la evolución de la economía liberalizada, a la vez que un estímulo a la toma de decisiones de los jóvenes, ya acomodados en estándares urbanos y por tanto no abocados a reacciones natalistas excesivas. Y no debemos olvidar que los abortos selectivos de niñas han propiciado un desequilibrio entre los sexos demográficamente muy preocupante.
Cada vez será más factible que la vida privada se desarrolle sin interferencias del poder organizado. La pregunta es cuánto tiempo tardarán los individuos en exigir proyectar su autonomía creciente a la esfera pública. Y parece que el Estado solo puede simbolizar su éxito y justificar el mantenimiento de su monopolio de poder a través de cruzadas nacionalistas, como la absorción de Hong Kong, cartucho ya agotado, o la presión constante sobre Taiwan, que proporciona una magnífica coartada permanente al victimismo del gigante asiático. En este sentido, la celebración de los Juegos supone un espaldarazo propagandístico de primer orden, tanto interna como externamente. Es imposible no evocar el precedente de Berlín de 1936, un totalitarismo que supo proyectarse. O el de Moscú, de 1980, que simboliza, en cambio, el comienzo del declive acelerado de la URSS, al provocar su aventura afgana un boicot muy importante. Y es aquí donde estalla el problema de la rebelión, televisiva, del Tíbet.
No deja de ser un tanto paradójico que el mundo occidental sea solidario con las reclamaciones de quienes defienden devolver la independencia a un régimen teocrático, frente a la modernidad expansiva y vigorosa, generadora de cuantiosas complicidades financieras, de la economía china. Pero es que el pacifismo budista encaja con las claves de nuestra doctrina políticamente correcta. Ofrece una repetición de la figura de Gandhi, en la persona del Dalai Lama, que ha sabido cultivar ese perfil de conciencia pura de la paz. Revive la épica de David contra Goliath, lo que genera siempre una corriente incontrolable de simpatía hacia el más débil. Es muy difícil desactivar la espiral reivindicativa, una vez que la llama olímpica ha comenzado a proporcionar escenarios en todo el mundo para la protesta, que inevitablemente invadirá las competiciones deportivas. Y además, será un eficaz recordatorio para los propios chinos de que ellos no disfrutan tampoco de la libertad frente a un Estado capaz de tirotear monjes vestidos de azafrán. No es solo el efecto dominó en la imparable cadena de protestas diplomáticas de los países occidentales. El riesgo más fuerte es la nueva deslegitimación de una casta gobernante capaz de borrar la memoria de la Plaza de Tiananmen, donde los tanques aplastaban a los estudiantes demócratas. Y devolver la vida a los fantasmas de aquellas atrocidades puede marcar un antes y un después en la evolución política de China. Si empieza a conceder espacios de libertad en Tíbet, para tener alguien a quien agasajar en la inauguración olímpica, no podrá evitar que se abra en la mente de todos sus ciudadanos una ventana para que finalmente se respire el aire limpio de la libertad política. De la mayoría de edad definitiva.
Sería todo un legado de Buda, un legado de libertad de conciencia frente a los falsos ídolos del poder y la soberbia humana. Que las batallas de la libertad en el siglo XXI las emprendan las religiones no deja de ser un resultado paradójico y sorprendente para quienes basamos nuestra cultura política en los logros de la Ilustración.
La relajación en la legislación del hijo único puede ser toda una señal de apertura: en efecto, no se trataba solo del control riguroso de la población, imprescindible cuando el comunismo no permitía sino el empobrecimiento progresivo y la miseria creciente. Era sobre todo una muestra simbólica de hasta qué punto no existía límite alguno para el poder del Estado en todas las esferas de la vida, pues la planificación de la población quedaba expropiada a los individuos y transferida a la providencia de la Burocracia. Simétricamente, el cambio, de producirse, demostraría varias cosas: mayor optimismo en la evolución de la economía liberalizada, a la vez que un estímulo a la toma de decisiones de los jóvenes, ya acomodados en estándares urbanos y por tanto no abocados a reacciones natalistas excesivas. Y no debemos olvidar que los abortos selectivos de niñas han propiciado un desequilibrio entre los sexos demográficamente muy preocupante.
Cada vez será más factible que la vida privada se desarrolle sin interferencias del poder organizado. La pregunta es cuánto tiempo tardarán los individuos en exigir proyectar su autonomía creciente a la esfera pública. Y parece que el Estado solo puede simbolizar su éxito y justificar el mantenimiento de su monopolio de poder a través de cruzadas nacionalistas, como la absorción de Hong Kong, cartucho ya agotado, o la presión constante sobre Taiwan, que proporciona una magnífica coartada permanente al victimismo del gigante asiático. En este sentido, la celebración de los Juegos supone un espaldarazo propagandístico de primer orden, tanto interna como externamente. Es imposible no evocar el precedente de Berlín de 1936, un totalitarismo que supo proyectarse. O el de Moscú, de 1980, que simboliza, en cambio, el comienzo del declive acelerado de la URSS, al provocar su aventura afgana un boicot muy importante. Y es aquí donde estalla el problema de la rebelión, televisiva, del Tíbet.
No deja de ser un tanto paradójico que el mundo occidental sea solidario con las reclamaciones de quienes defienden devolver la independencia a un régimen teocrático, frente a la modernidad expansiva y vigorosa, generadora de cuantiosas complicidades financieras, de la economía china. Pero es que el pacifismo budista encaja con las claves de nuestra doctrina políticamente correcta. Ofrece una repetición de la figura de Gandhi, en la persona del Dalai Lama, que ha sabido cultivar ese perfil de conciencia pura de la paz. Revive la épica de David contra Goliath, lo que genera siempre una corriente incontrolable de simpatía hacia el más débil. Es muy difícil desactivar la espiral reivindicativa, una vez que la llama olímpica ha comenzado a proporcionar escenarios en todo el mundo para la protesta, que inevitablemente invadirá las competiciones deportivas. Y además, será un eficaz recordatorio para los propios chinos de que ellos no disfrutan tampoco de la libertad frente a un Estado capaz de tirotear monjes vestidos de azafrán. No es solo el efecto dominó en la imparable cadena de protestas diplomáticas de los países occidentales. El riesgo más fuerte es la nueva deslegitimación de una casta gobernante capaz de borrar la memoria de la Plaza de Tiananmen, donde los tanques aplastaban a los estudiantes demócratas. Y devolver la vida a los fantasmas de aquellas atrocidades puede marcar un antes y un después en la evolución política de China. Si empieza a conceder espacios de libertad en Tíbet, para tener alguien a quien agasajar en la inauguración olímpica, no podrá evitar que se abra en la mente de todos sus ciudadanos una ventana para que finalmente se respire el aire limpio de la libertad política. De la mayoría de edad definitiva.
Sería todo un legado de Buda, un legado de libertad de conciencia frente a los falsos ídolos del poder y la soberbia humana. Que las batallas de la libertad en el siglo XXI las emprendan las religiones no deja de ser un resultado paradójico y sorprendente para quienes basamos nuestra cultura política en los logros de la Ilustración.
sábado, 22 de marzo de 2008
Eutanasia y Estado: del Bienestar en el No-ser
Siempre es difícil precisar qué podemos entender por la dignidad, la calidad --palabra extrañamente en boga-- enredadas en la muerte. Desde el principio de este cuaderno, se me han ido entretejiendo las miradas a la fascinación que el final de la vida siempre ejerce: Epicuro, Las Benévolas, la memoria histórica... Parece que es ahora obligado volver los ojos a las muertes que los medios retransmiten, objetivan, enfocan: algo quieren decirnos sobre qué hemos de pensar o qué esperar, en una cultura como la nuestra, que precisamente tiene en el centro de su origen una ejecución. Una muerte forzada por el hombre que aquilataba la autenticidad de lo divino en la persona de Jesús de Nazaret.
Y sin duda que hay una relación en la manera como nuestra cultura enmudece la muerte, la aparta extramuros de la conciencia, la quiere hacer a toda costa indolora, previsible, casi diríamos que cómoda. Observable desde fuera, asumible como experiencia, ya no vivida, sino cuidada, paliada, sedada. Las peticiones de una eutanasia judicialmente controlada sin duda que responden a un sufrimiento extremo, físico o mental. Pero si alcanzan relevancia de la manera como lo hacen es porque el moribundo se vuelve a una sociedad que promete bienestar y reclama la extensión de esa protección al necesario enfrentamiento con el fin. No discutimos sólo por exorcizar los miedos propios en la vivencia, sino que necesitamos imaginar que todas las vidas transcurren en un cauce previsible y retransmitible, desde el nacimiento hasta el acabamiento. Y es a esta necesidad de todos, culturalmente emergente, a la que apela el reclamo de una muerte digna, es decir, acorde con los elementos implícitos de la ideología global que tiende a plasmarse ya no, como antaño, en los textos religiosos, en la liturgia sacramentada, sino en lo jurídico. La muerte natural ya no se administra como un hecho personal donde el individuo se enfrenta a su propia naturaleza cosntitutiva, dentro del marco de la religión como símbolo de los límites de lo humano, sino como un espacio de derechos inalienables, un lugar de deberes colectivos de cara al que se extingue. Morir ya es materia jurídica, no en su plasmación certificada, sino en su proceso.
Algo tendrá que ver con la verbosa manera como los textos constitucionales construyen la biografía ideal del ciudadano en una abstracta secuencia de derechos atendidos desde la colectividad, organizada asistencialmente. La idealización de la política, no como el campo de solución en ley de los conflictos, sino como la idealización de la experiencia humana convierte las declaraciones de derechos en un exhaustivo catálogo cada vez más obsesivamente enumerativo. Y es aquí donde se insertan cosas tales como el disfrute del paisaje, la muerte digna, como derechos a los que hay que responder colectivamente.
Se trata de una tendencia obsesiva de nuestra cultura, el proyectar la totalidad de la experiencia humana al ámbito de lo jurídico, como idealización. Prescindimos de sacerdotes y nos rodeamos de legisladores, de médicos, de jueces para sentir la existencia no como un espacio abierto al ejercicio de la libertad responsable en las limitaciones naturales, sino como un derecho que debe imponer su lógica absoluta dentro del Estado del Bienestar y su Constitución, que ampara todos y cada uno de los procesos vitales. Ya no somos ciudadanos que prevén y ordenan el conflicto y el bien común, sino meros avatares del Ciudadano Derechohabiente y rodeado de abigarradas cortes de funcionarios que velan por su bienestar, por el ajuste a derecho de cada uno de los instantes que compongan su trayectoria hasta el extremo. El miedo a la muerte nos hace así entregar todo el espacio al Estado como garante y administrador absoluto de la existencia. Queremos estar bien en todo instante, no ser, ni mucho menos saber que hemos de dejar de ser.
Ganaremos una buena muerte colectivamente diseñada en este proceso, pero tal vez comprometamos en exceso una buena vida individualmente construida.
Y sin duda que hay una relación en la manera como nuestra cultura enmudece la muerte, la aparta extramuros de la conciencia, la quiere hacer a toda costa indolora, previsible, casi diríamos que cómoda. Observable desde fuera, asumible como experiencia, ya no vivida, sino cuidada, paliada, sedada. Las peticiones de una eutanasia judicialmente controlada sin duda que responden a un sufrimiento extremo, físico o mental. Pero si alcanzan relevancia de la manera como lo hacen es porque el moribundo se vuelve a una sociedad que promete bienestar y reclama la extensión de esa protección al necesario enfrentamiento con el fin. No discutimos sólo por exorcizar los miedos propios en la vivencia, sino que necesitamos imaginar que todas las vidas transcurren en un cauce previsible y retransmitible, desde el nacimiento hasta el acabamiento. Y es a esta necesidad de todos, culturalmente emergente, a la que apela el reclamo de una muerte digna, es decir, acorde con los elementos implícitos de la ideología global que tiende a plasmarse ya no, como antaño, en los textos religiosos, en la liturgia sacramentada, sino en lo jurídico. La muerte natural ya no se administra como un hecho personal donde el individuo se enfrenta a su propia naturaleza cosntitutiva, dentro del marco de la religión como símbolo de los límites de lo humano, sino como un espacio de derechos inalienables, un lugar de deberes colectivos de cara al que se extingue. Morir ya es materia jurídica, no en su plasmación certificada, sino en su proceso.
Algo tendrá que ver con la verbosa manera como los textos constitucionales construyen la biografía ideal del ciudadano en una abstracta secuencia de derechos atendidos desde la colectividad, organizada asistencialmente. La idealización de la política, no como el campo de solución en ley de los conflictos, sino como la idealización de la experiencia humana convierte las declaraciones de derechos en un exhaustivo catálogo cada vez más obsesivamente enumerativo. Y es aquí donde se insertan cosas tales como el disfrute del paisaje, la muerte digna, como derechos a los que hay que responder colectivamente.
Se trata de una tendencia obsesiva de nuestra cultura, el proyectar la totalidad de la experiencia humana al ámbito de lo jurídico, como idealización. Prescindimos de sacerdotes y nos rodeamos de legisladores, de médicos, de jueces para sentir la existencia no como un espacio abierto al ejercicio de la libertad responsable en las limitaciones naturales, sino como un derecho que debe imponer su lógica absoluta dentro del Estado del Bienestar y su Constitución, que ampara todos y cada uno de los procesos vitales. Ya no somos ciudadanos que prevén y ordenan el conflicto y el bien común, sino meros avatares del Ciudadano Derechohabiente y rodeado de abigarradas cortes de funcionarios que velan por su bienestar, por el ajuste a derecho de cada uno de los instantes que compongan su trayectoria hasta el extremo. El miedo a la muerte nos hace así entregar todo el espacio al Estado como garante y administrador absoluto de la existencia. Queremos estar bien en todo instante, no ser, ni mucho menos saber que hemos de dejar de ser.
Ganaremos una buena muerte colectivamente diseñada en este proceso, pero tal vez comprometamos en exceso una buena vida individualmente construida.
lunes, 4 de febrero de 2008
Obispos en campaña
Parece que finalmente hemos llegado a un punto de no retorno en la cuestión religiosa en España. Y la historia no nos permite ser optimistas en cuanto a los resultados de un enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia, si bien es cierto que las circunstancias sociales son hoy muy diferentes, con numerosos credos arraigados y crecientes en el seno de una sociedad de tradición cristiana, pero irreversiblemente secularizada en sus costumbres y valores.
La creciente visibilidad masiva de los católicos ha surgido, aparentemente, de la oposición a las leyes recientemente promulgadas. Y no hay duda que ha sido un factor detonante. Pero, en realidad, el fenómeno tiene raíces más profundas. El catolicismo tradicional, basado en la parroquia y la jerarquía escalonada, en el culto en el templo y la procesión festiva, está en crisis. Busca nuevos modos de presencia, de movilización y respuesta frente a la cultura urbana y globalizada. Recluta partidarios a través de organizaciones integristas, de corte sectario y perfil intelectual disminuido. Refunda su simbología tratando de recuperar elementos litúrgicos y dogmáticos que produzcan en los fieles una identificación con la comunidad histórica de los creyentes, más que con la sociedad general, con la que ya no pueden confundirse. Organiza actos masivos, pensados para su retransmisión en los medios, para conquistar numéricamente la relevancia informativa en un mundo fascinado por aquellos que se agitan y vociferan, y no por lo que está asentado y permanece silencioso. Opera a través de mensajes tajantes y maximalistas, difundidos con la técnica de la propaganda y la consigna, más que la reflexión y el diálogo. Dibuja un rostro, una exterioridad contundente, desde la que afirmarse como un elemento que no se diluya en el relativismo reinante en Occidente. No está claro si su desafío se lanza solo al espacio civil laico o, en una medida difícil de calibrar, también al mercado de creencias nuevas que surgen con vigor, unas alimentadas por la inmigración, otras resultado en parte del exotismo y en parte del vacío dejado por las ideologías redentoristas de la izquierda.
Mientras la izquierda se ceba en nuevos caladeros de minorías y amenaza con pequeñas venganzas a corto plazo, el movimiento de los católicos, constante y decidido desde el anterior papado, trata de avanzar en la redefinición clara y directa de su mensaje y su escenificación, aprovechando las ocasiones coyunturales para robustecerse, sin ceder, sin embargo, terreno en la concienzuda implicación social y la beneficencia discreta, que tanto lo legitiman. No parece, pues, que se trate tanto de un órdago hostil de urgencia al conjunto de la sociedad y sus leyes, como de una reafirmación de fondo en un tiempo diferente y cambiante.
Y es que el vaciado simbólico de la tradición occidental y su neutralismo legislativo pueden proteger en apariencia amplios derechos para todos, pero también pueden cegar el imperio de la norma a las taifas culturales de las minorías religiosas y raciales, completamente opacas a las luces de un estado que legitima las barreras de la especificidad cultural, en abierta contradicción con los derechos individuales que dice defender. El futuro dirá si la estrategia está bien definida. Porque el individuo como realidad responsable y valor absoluto es una construcción de Occidente, que parte, históricamente, de la eticidad de la Antigüedad Clásica y del concepto cristiano de alma individual y libre. Y las leyes, por muy avanzadas que se promulguen, no empaparán el espíritu de una sociedad atomizada, si se renuncia a incorporar personas y se opta por consagrar comunidades respetables en su seno.
El peligro, inversamente, para el cristianismo es abandonar por completo la centralidad de referencia histórica y caer en modelos cerrados de comunidad combatiente con otras, a las que acaba legitimando, de rechazo, en pie de igualdad. Un exceso de radicalismo puede dar réditos de fortaleza militante a corto plazo, pero también implica el riesgo de abandonar la bandera de la libertad en manos de la izquierda, deslegitimada por la historia, y que enarbolará furiosamente ese estandarte regalado, con el que se promete ocupar el espacio ideológico global heredero de la Ilustración.
Una interesante pugna, en suma. De resultado impredecible.
La creciente visibilidad masiva de los católicos ha surgido, aparentemente, de la oposición a las leyes recientemente promulgadas. Y no hay duda que ha sido un factor detonante. Pero, en realidad, el fenómeno tiene raíces más profundas. El catolicismo tradicional, basado en la parroquia y la jerarquía escalonada, en el culto en el templo y la procesión festiva, está en crisis. Busca nuevos modos de presencia, de movilización y respuesta frente a la cultura urbana y globalizada. Recluta partidarios a través de organizaciones integristas, de corte sectario y perfil intelectual disminuido. Refunda su simbología tratando de recuperar elementos litúrgicos y dogmáticos que produzcan en los fieles una identificación con la comunidad histórica de los creyentes, más que con la sociedad general, con la que ya no pueden confundirse. Organiza actos masivos, pensados para su retransmisión en los medios, para conquistar numéricamente la relevancia informativa en un mundo fascinado por aquellos que se agitan y vociferan, y no por lo que está asentado y permanece silencioso. Opera a través de mensajes tajantes y maximalistas, difundidos con la técnica de la propaganda y la consigna, más que la reflexión y el diálogo. Dibuja un rostro, una exterioridad contundente, desde la que afirmarse como un elemento que no se diluya en el relativismo reinante en Occidente. No está claro si su desafío se lanza solo al espacio civil laico o, en una medida difícil de calibrar, también al mercado de creencias nuevas que surgen con vigor, unas alimentadas por la inmigración, otras resultado en parte del exotismo y en parte del vacío dejado por las ideologías redentoristas de la izquierda.
Mientras la izquierda se ceba en nuevos caladeros de minorías y amenaza con pequeñas venganzas a corto plazo, el movimiento de los católicos, constante y decidido desde el anterior papado, trata de avanzar en la redefinición clara y directa de su mensaje y su escenificación, aprovechando las ocasiones coyunturales para robustecerse, sin ceder, sin embargo, terreno en la concienzuda implicación social y la beneficencia discreta, que tanto lo legitiman. No parece, pues, que se trate tanto de un órdago hostil de urgencia al conjunto de la sociedad y sus leyes, como de una reafirmación de fondo en un tiempo diferente y cambiante.
Y es que el vaciado simbólico de la tradición occidental y su neutralismo legislativo pueden proteger en apariencia amplios derechos para todos, pero también pueden cegar el imperio de la norma a las taifas culturales de las minorías religiosas y raciales, completamente opacas a las luces de un estado que legitima las barreras de la especificidad cultural, en abierta contradicción con los derechos individuales que dice defender. El futuro dirá si la estrategia está bien definida. Porque el individuo como realidad responsable y valor absoluto es una construcción de Occidente, que parte, históricamente, de la eticidad de la Antigüedad Clásica y del concepto cristiano de alma individual y libre. Y las leyes, por muy avanzadas que se promulguen, no empaparán el espíritu de una sociedad atomizada, si se renuncia a incorporar personas y se opta por consagrar comunidades respetables en su seno.
El peligro, inversamente, para el cristianismo es abandonar por completo la centralidad de referencia histórica y caer en modelos cerrados de comunidad combatiente con otras, a las que acaba legitimando, de rechazo, en pie de igualdad. Un exceso de radicalismo puede dar réditos de fortaleza militante a corto plazo, pero también implica el riesgo de abandonar la bandera de la libertad en manos de la izquierda, deslegitimada por la historia, y que enarbolará furiosamente ese estandarte regalado, con el que se promete ocupar el espacio ideológico global heredero de la Ilustración.
Una interesante pugna, en suma. De resultado impredecible.
martes, 8 de enero de 2008
Rostros velados: libertad e identidad

Hay una paradoja que me ha inquietado siempre: ¿es mayor o menor la libertad de aquellos que no pueden o no quieren esgrimir su rostro, su identidad en determinados momentos de la vida? El anonimato es a veces condición de espontaneidad, de privacidad. Sin embargo, no siempre es así. La cuestión me surge a raíz de la polémica sobre el uso del velo en las sociedades occidentales (pero también en la Turquía moderna, aunque se trate de una situación inversa).
Siempre he pensado que la obligación de difuminar la propia personalidad, mediante el atuendo, en el genérico de individuo femenino inconcreto, sume a la mujer en el paisaje, en una especie de segundo plano del ser humano, que solo emerge a la visibilidad en el ámbito familiar, entre aquellos que aún no son hombres plenos --los niños-- o ante otras mujeres. Es decir, que su personalidad solo le es devuelta en el momento de la relación con el único engarce que le da realidad social, su marido. Sin embargo, pensando más profundamente, podemos conjeturar que este rasgo funciona simplemente como una marca de la segregación de todo el núcleo familiar en una sociedad rural, en la que cada hogar representa un valor unitario y perfectamente conocido por el resto de los miembros de la comunidad, de tal modo que la mujer no queda completamente desprovista de identidad, pues todo el mundo sabe quién es, precisamente en función de que el rostro oculto de la casada remite inmediatamente al marido como elemento definidor del espacio familiar patriarcal de relación.
La transformación del valor del ocultamiento del rostro surge precisamente en la comunidad urbana, donde la calle ya no es el espacio donde convergen las casas familiares, perfectamente notorias, y a las que remiten las personas nada más ser vistas, sino el individuo anónimo, de procedencia ignorada y que presenta su rostro y su apariencia como una marca de individuación y de visibilidad dentro del espacio de relación de los desconocidos. En la ciudad los habitantes se otorgan mutuamente respetabilidad, en el hecho de no perturbar excesivamente el espacio visual del otro. El rostro marca el territorio precisamente con sus rasgos de individualidad virtualmente actualizable para ejercer derechos en caso de necesidad. En cambio, la mujer, sumida en un espacio en el que no remite al varón de referencia, queda completamente desprovista de cualquier tipo de respetabilidad inmediata. Ya no es, en las calles, "la mujer de", que es lo que asegura su identidad en una comunidad tradicional, sino solamente "una mujer", "otra mujer más", que no emerge por tanto como un elemento situado en el imaginario de relación, sino precisamente como un ser imposibilitado de ejercer su identidad al aire libre.
Significativamente, han surgido en Irán locales femeninos donde las mujeres pueden acceder a ese tipo de relación distante y a la vez próxima que se entabla entre desconocidos que se tratan en locales públicos de encuentro. Forjan, pues, espacios de micro-sociedades, segregados de los hombres, pero definidos precisamente por la ausencia de lo masculino, ámbito que emulan y remedan. Y ello no puede conducir a otra cosa, a la larga, que al desarrollo de la conciencia individual que supera los estrictos cauces de relación posible para las mujeres. Como en el caso de los estudios universitarios, sitúa a las féminas muy lejos de los ideales de supeditación individualizada a un patriarca dentro de estructuras familiares rígidas. Al alargarse la vida fuera del matrimonio, al relacionarse de manera libre con otras mujeres en ámbito urbano, la mujer accede a las claves fundamentales desde las que el individuo construye su propia identidad como elemento básico de la sociedad, más allá del hecho familiar.
No puede ser extraño que este proceso desemboque en cambios profundos, que quizá no coincidan en los tiempos y en las formas con la emancipación femenina de los países occidentales, pero que indudablemente trastocan y transforman cualitativamente la sociedad, por más que el rigorismo en la vestimenta lo encubra en apariencia y dificulte la natural expresión del individualismo de la mujer que la sociedad urbana inevitablemente tiende a producir.
Siempre he pensado que la obligación de difuminar la propia personalidad, mediante el atuendo, en el genérico de individuo femenino inconcreto, sume a la mujer en el paisaje, en una especie de segundo plano del ser humano, que solo emerge a la visibilidad en el ámbito familiar, entre aquellos que aún no son hombres plenos --los niños-- o ante otras mujeres. Es decir, que su personalidad solo le es devuelta en el momento de la relación con el único engarce que le da realidad social, su marido. Sin embargo, pensando más profundamente, podemos conjeturar que este rasgo funciona simplemente como una marca de la segregación de todo el núcleo familiar en una sociedad rural, en la que cada hogar representa un valor unitario y perfectamente conocido por el resto de los miembros de la comunidad, de tal modo que la mujer no queda completamente desprovista de identidad, pues todo el mundo sabe quién es, precisamente en función de que el rostro oculto de la casada remite inmediatamente al marido como elemento definidor del espacio familiar patriarcal de relación.
La transformación del valor del ocultamiento del rostro surge precisamente en la comunidad urbana, donde la calle ya no es el espacio donde convergen las casas familiares, perfectamente notorias, y a las que remiten las personas nada más ser vistas, sino el individuo anónimo, de procedencia ignorada y que presenta su rostro y su apariencia como una marca de individuación y de visibilidad dentro del espacio de relación de los desconocidos. En la ciudad los habitantes se otorgan mutuamente respetabilidad, en el hecho de no perturbar excesivamente el espacio visual del otro. El rostro marca el territorio precisamente con sus rasgos de individualidad virtualmente actualizable para ejercer derechos en caso de necesidad. En cambio, la mujer, sumida en un espacio en el que no remite al varón de referencia, queda completamente desprovista de cualquier tipo de respetabilidad inmediata. Ya no es, en las calles, "la mujer de", que es lo que asegura su identidad en una comunidad tradicional, sino solamente "una mujer", "otra mujer más", que no emerge por tanto como un elemento situado en el imaginario de relación, sino precisamente como un ser imposibilitado de ejercer su identidad al aire libre.
Significativamente, han surgido en Irán locales femeninos donde las mujeres pueden acceder a ese tipo de relación distante y a la vez próxima que se entabla entre desconocidos que se tratan en locales públicos de encuentro. Forjan, pues, espacios de micro-sociedades, segregados de los hombres, pero definidos precisamente por la ausencia de lo masculino, ámbito que emulan y remedan. Y ello no puede conducir a otra cosa, a la larga, que al desarrollo de la conciencia individual que supera los estrictos cauces de relación posible para las mujeres. Como en el caso de los estudios universitarios, sitúa a las féminas muy lejos de los ideales de supeditación individualizada a un patriarca dentro de estructuras familiares rígidas. Al alargarse la vida fuera del matrimonio, al relacionarse de manera libre con otras mujeres en ámbito urbano, la mujer accede a las claves fundamentales desde las que el individuo construye su propia identidad como elemento básico de la sociedad, más allá del hecho familiar.
No puede ser extraño que este proceso desemboque en cambios profundos, que quizá no coincidan en los tiempos y en las formas con la emancipación femenina de los países occidentales, pero que indudablemente trastocan y transforman cualitativamente la sociedad, por más que el rigorismo en la vestimenta lo encubra en apariencia y dificulte la natural expresión del individualismo de la mujer que la sociedad urbana inevitablemente tiende a producir.
miércoles, 2 de enero de 2008
Alianza de Civilizaciones: ingenuidad y paradoja
No es evidente que las religiones sean equivalentes entre sí, que ocupen todas ellas una misma zona del pensamiento, un mismo espacio normativo de individuación y socialización, unas mismas necesidades personales o colectivas. Y es el concepto religión el que muestra su insuficiencia excesivamente niveladora, su cómoda y equívoca manera de agrupar fenómenos heterogéneos, no solo por la etapa histórica evolutiva distinta, sino también, y quizá decisivamente, por las diferencias substanciales de raíz.
Cuando desde Occidente invocamos proyectos como el de Alianza de Civilizaciones, podemos estar alimentando un contraproducente objetivo: identificamos a los países de religión mayoritariamente islámica como piezas de un mismo motor histórico, cuando quizá sería más interesante estimular las realidades que los separan y permiten a cada estado, a cada ciudadano, sentir sus vínculos con la tradición y el presente, no solo a través de la matriz religiosa que comparten, sino sobre todo en función de una modernidad irrenunciable, que interrelaciona al individuo, hombre y mujer, con la sociedad, sin pasar necesariamente por lo sagrado. Son muy variadas las formas como la política moderna ha sintonizado con el pasado, entre otras cosas a través de fondos preislámicos diversos. O en relación a minorías religiosas significativas e incluso más antiguas. Y toda esta diversidad queda trágicamente difuminada bajo una supuesta e indemostrada civilización común con la que deberíamos aliarnos. Así la retórica de la violencia y la de la mano tendida acaban cooperando paradójicamente en favorecer la eliminación de la diversidad.
Y quizá no sea ajeno ese fenómeno a la resurrección pública y desafiante de nuestra propia tradición religiosa, especularmente necesitada de esta revivificación y de la ocupación del espacio civil. Puesto que identificamos la otra civilización por su religión, no podemos extrañarnos si entre nosotros se experimenta una simétrica necesidad de obtener nervio esencialista en la reivindicativa y masiva movilización de las bases de un cristianismo refundado en movimientos de carácter rigorista.
Así que si el siglo XXI va a ser un siglo religioso, como tantos indicios hacen pensar, bien que con las diferencias esenciales entre las confesiones a las que aludíamos al comienzo, no podemos por menos de comprender que la Ilustración, ciertamente, es un proyecto que ha cubierto un ciclo apreciable de modernidad. Pero sin olvidar que en absoluto ha propiciado la muerte definitiva de Dios, sino tan solo la apertura de un espacio civil que no será fácil preservar si no tenemos un exquisito cuidado en no otorgar, desde bienintencionados propósitos y estrategias simplistas, una relevancia excesiva a las dinámicas gobernadas por las creencias, que no se mueven exactamente en el mismo ámbito de la política, de las ideas, aunque pueden perfectamente asfixiarlas.
No es la primera vez que volvemos la mirada a la Ilustración en este diario. Ni probablemente será la última. Es la necesidad de un aire humanamente respirable lo que nos devuelve siempre el aliento para emular, en lo posible, el Siglo de las Luces.
Cuando desde Occidente invocamos proyectos como el de Alianza de Civilizaciones, podemos estar alimentando un contraproducente objetivo: identificamos a los países de religión mayoritariamente islámica como piezas de un mismo motor histórico, cuando quizá sería más interesante estimular las realidades que los separan y permiten a cada estado, a cada ciudadano, sentir sus vínculos con la tradición y el presente, no solo a través de la matriz religiosa que comparten, sino sobre todo en función de una modernidad irrenunciable, que interrelaciona al individuo, hombre y mujer, con la sociedad, sin pasar necesariamente por lo sagrado. Son muy variadas las formas como la política moderna ha sintonizado con el pasado, entre otras cosas a través de fondos preislámicos diversos. O en relación a minorías religiosas significativas e incluso más antiguas. Y toda esta diversidad queda trágicamente difuminada bajo una supuesta e indemostrada civilización común con la que deberíamos aliarnos. Así la retórica de la violencia y la de la mano tendida acaban cooperando paradójicamente en favorecer la eliminación de la diversidad.
Y quizá no sea ajeno ese fenómeno a la resurrección pública y desafiante de nuestra propia tradición religiosa, especularmente necesitada de esta revivificación y de la ocupación del espacio civil. Puesto que identificamos la otra civilización por su religión, no podemos extrañarnos si entre nosotros se experimenta una simétrica necesidad de obtener nervio esencialista en la reivindicativa y masiva movilización de las bases de un cristianismo refundado en movimientos de carácter rigorista.
Así que si el siglo XXI va a ser un siglo religioso, como tantos indicios hacen pensar, bien que con las diferencias esenciales entre las confesiones a las que aludíamos al comienzo, no podemos por menos de comprender que la Ilustración, ciertamente, es un proyecto que ha cubierto un ciclo apreciable de modernidad. Pero sin olvidar que en absoluto ha propiciado la muerte definitiva de Dios, sino tan solo la apertura de un espacio civil que no será fácil preservar si no tenemos un exquisito cuidado en no otorgar, desde bienintencionados propósitos y estrategias simplistas, una relevancia excesiva a las dinámicas gobernadas por las creencias, que no se mueven exactamente en el mismo ámbito de la política, de las ideas, aunque pueden perfectamente asfixiarlas.
No es la primera vez que volvemos la mirada a la Ilustración en este diario. Ni probablemente será la última. Es la necesidad de un aire humanamente respirable lo que nos devuelve siempre el aliento para emular, en lo posible, el Siglo de las Luces.
viernes, 14 de diciembre de 2007
Sarkozy y la democracia española

No quisiera parecer demasiado susceptible, y sin embargo he creído percibir cierta indulgencia paternalista en la expresión del presidente francés, tan comentada y apreciada por su respaldo enfático a la lucha contra el terrorismo de ETA. Si los medios la han reproducido fielmente, afirmaba con rotundidad que los enemigos de la democracia española son enemigos de Francia. ¿Es suspicaz pensar que tras la expresión "democracia española" hay una velada justificación retroactiva del apoyo francés a los etarras en tiempos de la dictadura de Franco? ¿Que Francia se presenta en las palabras de Sarkozy como una constante histórica rectilínea, un personaje histórico de una pieza, encarnado en su presidente como antaño en sus monarcas absolutos, más allá de las formas de estado que haya adoptado, cuya hostilidad ha de hacer temblar a cualquiera que sea designado enemigo? ¿Que España merece consideración y colaboración en la medida en que Francia, ejemplar y genuinamente democrática y republicana, apruebe el pedigrí político de sus vecinos del sur?
Y, sinceramente, no creo que el presidente francés se exprese en estos términos de una manera personal, sino que realmente refleja el modo de pensar en torno a España, cuajado por mucho tiempo en la mentalidad europea. Tantos años insistiendo en la ejemplaridad de nuestra "transición" han servido para consolidar una imagen de democracia perpetuamente reciente, eternamente adolescente, necesitada de esas palmaditas en la espalda que subliminalmente le concede la pletórica voz del inquilino del Elíseo. Y desde luego la continuidad de ETA no hace más que alimentar esa imagen de equilibrio político nunca plenamente alcanzado, en un estado como el nuestro, que continuamente teje y desteje la estructura del reparto de poder entre las entidades autonómicas y el estado.
Triste destino el de España, que despierta la atención internacional en la medida en que la pervivencia del terrorismo interno contrasta con las amenazas emergentes en el resto de Europa, sentidas como ajenas, extranjeras, por más que los verdugos de los autobuses de Londres o los incendiarios de las barriadas francesas sean ciudadanos comunitarios.
Pero es que la violencia tiene la virtud siempre de hacer emerger fronteras en el pensamiento y la palabra, sutiles distinciones que ponen de manifiesto la difícil demarcación entre lo que sentimos como propio y lo que consideramos ajeno. Democracia, Islam, terrorismo, Francia... Palabras que van a seguir marcando y polarizando el pensamiento y la práctica política, más allá de la llamada Unión Europea, más allá de las maneras diplomáticas y las nacionalidades que a cada cual le asigne el pasaporte.
sábado, 1 de diciembre de 2007
Chad y Sudán: signos de conflicto

Recientemente, Francia y Gran Bretaña asisten con estupor, no exento de soberbia, al inaudito caso de que sus cooperantes altruistas y abnegados sean sometidos a las leyes y juzgados por los tribunales de sus antiguas colonias. Y es interesante subrayar que en ambos países se trataba de operar sobre niños: para rescatarlos heroicamente de sus familias subdesarrolladas o para introducirlos, aun sin pretenderlo, en cierta sensiblería animalesca, privada de sacralidad.
En la misión del Chad, tan abnegada operación fue obscenamente filmada por los propios secuestradores galos, que vendían infancia desposeída a tanto la pieza. Hay tantos occidentales adinerados hambrientos de caritativa paternidad... En Sudán, una maestra británica de preescolar, desde luego que inadvertidamente, convertía a un osito de peluche en una especie de zoolátrico icono que la inocencia infantil bautizaba con el nombre del profeta del Islam.
Son casos diferentes, sin duda alguna. No podemos equiparar el cinismo absoluto de los comerciantes de niños con la blasfemia inducida inconscientemente por la pazguata parvulista. Pero sí abstraer un factor común: occidentales que proyectan sobre niños de sus excolonias actuaciones o valores que los extrañan a sus medios o referentes. Ya sea mediante el desarraigo violento y la reinserción mercantil en familias de las metrópolis, o se trate de la edulcorada pedagogía bobalicona basada en animalitos totémicos.
Sin duda las leyes deben castigar con ejemplar dureza a los tratantes de niños. Y sin duda no deben imponer la histeria maximalista del latigazo o el linchamiento a un malentendido cultural, artificial e interesadamente magnificado por un gobierno islamista fanatizado. Pero si miramos con cierta profundidad veremos curiosos paralelos con hechos que se producen en Europa. Y entonces entenderemos mejor el fondo de las cosas, más allá de las manipulaciones de los dirigentes. Comprenderemos cierta dignidad herida, por nuestros misioneros laicos y por el trato que dispensamos a los inmigrantes.
Recibimos continuamente jóvenes que abandonan a su suerte el desarrollo de sus países. Educamos a sus hijos en nuestros sistemas carentes de referentes, de valores, más allá de un relativismo débil y hueco. Robamos sus niños para satisfacer frustradas paternidades mientras empleamos personas formadas, que arriesgan sus vidas en cayucos, para trabajos mal pagados y despreciados. Frente a los hechos, que recalcan, pues, nuestra hegemonía económica y nuestra superioridad, mantenemos hipócritamente en las estructuras educativas unos valores de igualdad y solidaridad, o de deificación de la naturaleza, tras haberla exprimido y esquilmado en nuestros territorios y a través del depredador y nunca enterrado colonialismo.
Son una patética muestra de impotencia, pues, tales juicios. Chivos expiatorios, los cooperantes o maestras. No pueden juzgar su diario e injusto sometimiento, no pueden contener la sangría demográfica que Occidente opera con sus promesas y oportunidades. Y quisieran imponer en el núcleo de nuestras sociedades el inviolable Islam y sus símbolos, para ocupar los altares vacíos de Europa.
¿Qué símbolos podemos ofrecer? ¿Cómo actuar en un mundo desigual y conflictivo? ¿Es posible construir una convivencia equilibrada sin un mínimo de valores compartidos y desacomplejadamente afirmados por la comunidad política, emergente del agregado de autóctonos e inmigrados? Claro que el proceso no se cerrará nunca. Pero intuyo que deberíamos ocupar el espacio común con algo más que gestualidad febril y teatralizada al estilo de Sarkozy. Debemos reconstruir el imaginario de la comunidad, sobre valores firmes. Y eso va más allá de las antiguas diferencias entre derechas o izquierdas. Más allá de los tratados de la Unión que se tejen y destejen sin fin. Va al corazón de la política, entendida como razón y como pensamiento de la libertad y la dignidad humana. Y aboga por una nueva Ilustración que responda a una política ya globalizada, inevitablemente. Porque en la época dorada de la información y de internet, todos los acontecimientos ocupan un escenario común. Vivimos, cada vez más claramente, en una cosmópolis. Y necesitamos una cosmopolítica, real y efectiva, que resitúe al ser humano en el centro de la historia y del mundo. De un mundo sin urgencias misioneras, siempre conflictivas, sino como hábitat de la justicia, posible y necesaria.
En la misión del Chad, tan abnegada operación fue obscenamente filmada por los propios secuestradores galos, que vendían infancia desposeída a tanto la pieza. Hay tantos occidentales adinerados hambrientos de caritativa paternidad... En Sudán, una maestra británica de preescolar, desde luego que inadvertidamente, convertía a un osito de peluche en una especie de zoolátrico icono que la inocencia infantil bautizaba con el nombre del profeta del Islam.
Son casos diferentes, sin duda alguna. No podemos equiparar el cinismo absoluto de los comerciantes de niños con la blasfemia inducida inconscientemente por la pazguata parvulista. Pero sí abstraer un factor común: occidentales que proyectan sobre niños de sus excolonias actuaciones o valores que los extrañan a sus medios o referentes. Ya sea mediante el desarraigo violento y la reinserción mercantil en familias de las metrópolis, o se trate de la edulcorada pedagogía bobalicona basada en animalitos totémicos.
Sin duda las leyes deben castigar con ejemplar dureza a los tratantes de niños. Y sin duda no deben imponer la histeria maximalista del latigazo o el linchamiento a un malentendido cultural, artificial e interesadamente magnificado por un gobierno islamista fanatizado. Pero si miramos con cierta profundidad veremos curiosos paralelos con hechos que se producen en Europa. Y entonces entenderemos mejor el fondo de las cosas, más allá de las manipulaciones de los dirigentes. Comprenderemos cierta dignidad herida, por nuestros misioneros laicos y por el trato que dispensamos a los inmigrantes.
Recibimos continuamente jóvenes que abandonan a su suerte el desarrollo de sus países. Educamos a sus hijos en nuestros sistemas carentes de referentes, de valores, más allá de un relativismo débil y hueco. Robamos sus niños para satisfacer frustradas paternidades mientras empleamos personas formadas, que arriesgan sus vidas en cayucos, para trabajos mal pagados y despreciados. Frente a los hechos, que recalcan, pues, nuestra hegemonía económica y nuestra superioridad, mantenemos hipócritamente en las estructuras educativas unos valores de igualdad y solidaridad, o de deificación de la naturaleza, tras haberla exprimido y esquilmado en nuestros territorios y a través del depredador y nunca enterrado colonialismo.
Son una patética muestra de impotencia, pues, tales juicios. Chivos expiatorios, los cooperantes o maestras. No pueden juzgar su diario e injusto sometimiento, no pueden contener la sangría demográfica que Occidente opera con sus promesas y oportunidades. Y quisieran imponer en el núcleo de nuestras sociedades el inviolable Islam y sus símbolos, para ocupar los altares vacíos de Europa.
¿Qué símbolos podemos ofrecer? ¿Cómo actuar en un mundo desigual y conflictivo? ¿Es posible construir una convivencia equilibrada sin un mínimo de valores compartidos y desacomplejadamente afirmados por la comunidad política, emergente del agregado de autóctonos e inmigrados? Claro que el proceso no se cerrará nunca. Pero intuyo que deberíamos ocupar el espacio común con algo más que gestualidad febril y teatralizada al estilo de Sarkozy. Debemos reconstruir el imaginario de la comunidad, sobre valores firmes. Y eso va más allá de las antiguas diferencias entre derechas o izquierdas. Más allá de los tratados de la Unión que se tejen y destejen sin fin. Va al corazón de la política, entendida como razón y como pensamiento de la libertad y la dignidad humana. Y aboga por una nueva Ilustración que responda a una política ya globalizada, inevitablemente. Porque en la época dorada de la información y de internet, todos los acontecimientos ocupan un escenario común. Vivimos, cada vez más claramente, en una cosmópolis. Y necesitamos una cosmopolítica, real y efectiva, que resitúe al ser humano en el centro de la historia y del mundo. De un mundo sin urgencias misioneras, siempre conflictivas, sino como hábitat de la justicia, posible y necesaria.
martes, 20 de noviembre de 2007
Memoria histórica
Mucho he pensado antes de atreverme a escribir. Y me temo que tanto pensar no me ha llevado a ninguna parte segura. A ningún puerto acogedor desde el que zarpar con rumbo claro en las ideas. Así que este post no será, probablemente, definitivo. Sino solamente una tentativa.Ahora, precisamente, leo dos libros en cierto modo complementarios: Las benévolas, que ya ha suscitado un par de comentarios, y una biografía de Miguel Hernández. Complementarios por el punto de vista militante que los autores adoptan en esa extraña y convulsa época de las guerras, mundial y española.
Mi visión de la guerra de España se ha matizado mucho en los últimos años. De un fervoroso izquierdismo de la adolescencia, he llegado, después, a abandonar la trampa de la identificación militante y maniquea para tratar de comprender a fondo el sentido de toda aquella mezcla de barbarie asesina e idealismo ingenuamente agresivo, en ambos bandos. Imaginar los bautizos clandestinos de la Barcelona anarquista, en la que esconder una patena o un cáliz podía suponer la muerte de una familia. Sentir el miedo y el perdón de un maestro republicano cuando es arrastrado por pistoleros facinerosos a la tapia de un cementerio o a la cuneta de una carretera. El horror y la venganza de la dinamita asesina en las manos de una mujer ninguneada por patronos, encallecidas su piel y su alma joven, violentado su cuerpo por el infaltable señorito. Las manos de un sacerdote que bendicen en nombre de Jesús de Nazaret los fusiles y las bayonetas, anegada el alma de la sangre de una hermana religiosa asesinada. La tranquila seguridad de los generales en mover cientos y cientos de peones en el tablero de la muerte. La metralla que se enquista en las entrañas de los niños sin lágrimas, agonizantes en el Madrid bombardeado. Todo ese dolor, toda esa sangre no puede ocultarse bajo las frases altisonantes de una ley que pretende hacer justicia. Bajo el silencio de quienes prefieren no remover el lodo, no tentar cicatrices.
Y no quisiera pecar de una falsa equidistancia o neutralismo. Sería hipócritamente desleal a mí mismo. Si pongo ahora entre paréntesis mi pensamiento es porque solo quiero sentir toda esa sangre, todo ese dolor como algo propio. Toda la injusticia como la trágica consecuencia no solo de la barbarie, sino también del ciego idealismo. Que puede ser fácilmente objeto de comprensión o perdón, cuando es quizá la llave que abre la puerta de la destrucción y el odio. El bendito idealismo. El maldito idealismo. Una época de ideas y pasiones, se nos dice de los años treinta del siglo XX. Una época capaz de acumular en España, en Europa quizá la más numerosa cantidad de cadáveres que la historia recuerda. Y eso es, ya, memoria histórica.
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