Siempre me ha atraído el judeoespañol, el ladino. De niño leía en los libros de escuela de mis padres las historias del antisemitismo popular, remozadas por el franquismo tontorrón y antañón de los cuarenta. La vida de Santo Dominguito del Val: una historia apócrifa, sobre un niño raptado por criptojudíos de tiempos de los Austrias y obligado a abjurar de su fe pisando un crucifijo. Al negarse, los barbudos fariseos pseudoconversos lo crucifican en la pared. Esas leyendas, de una crueldad demoníaca y gratuita, me fascinaban y enardecían en mi corazón infantil la pasión por Cristo, por morir en su nombre, ardientemente inmolado en misiones.
Más tarde, claro está, comprendí la verdad. Leí Dostoievski, sus Karamazov, con el terrible juicio soñado del Gran Inquisidor que de nuevo crucifica a Cristo... para salvar el alma de semejante hereje, ese Hijo del Hombre, y dar así ejemplar escarmiento a todo aquel que piense por sí mismo y busque el sentido de la vida por su cuenta. Comprendí que ni los judíos eran santos ni tampoco réprobos, que todos albergamos dentro abismos interiores, sentinas de maldad difusa. Y que a veces necesitamos, de manera pueril, poblarlas de demonios facilones, prediseñados a medida de nuestros miedos, nuestros deseos oscuros. Y que esa es la raíz de los odios gratuitos, las fobias a lo desconocido, al diferente.
Después, conocí, en los mismos libros anticuados de historia, la odisea de la diáspora sefardí, siempre románticamente enaltecida por lo poco que quedaba en los falangistas, idealistas a su manera enfermiza, del amor del idioma y de cierto medievalismo decimonónico. Qué gran paradoja la de ese nacionalismo pacato, pasional, de mesa camilla y de paredón, proselitista de Cristo y aniquilador de diferencias. Los sefarditas eran vistos como unos paradójicos portadores del alma de la España de los Reyes Católicos, involuntarios preservadores de esa simbólica pureza de la nación en sus primeros vagidos de historia moderna. Así acababan redimiendo su condición de "asesinos de Cristo" con la de "evangelizadores del mundo en la lengua del Cid".
Luego ya me hice mayor. Puse las cosas en su sitio, espero. Y en un viaje a Estambul escuché de labios de dos ancianas saludos y frases en la lengua agónicamente viva todavía en las Islas Príncipe... Esa región del mundo donde la riqueza del comercio, la bruma del Bósforo, los fragmenta disiecta de Bizancio, el esplendor de los azulejos de la Mezquita Azul frente a Santa Sofía, los olores punzantes del bazar de las especias, los renacidos iconos de San Salvador in Chora, los muros ya desmoronados de esa también patria mía, todo, en suma, me hablaba de Dios, pero no del Sinaí, no de los rayos que nacen como espadas de la cabeza de Moisés, no del Dios de los ejércitos que derrumba las murallas de Jericó, sino del Dios humilde y misterioso que Jesús, un judío, hacía nacer del pan partido con las manos, del agua viva que brotaba en mil lenguas de los labios inspirados de sus discípulos, de la última sangre que manaba de su costado, herido aun tras la misma muerte.
Y siento muchas veces esa emoción que los filólogos sabemos experimentar en textos y códices recónditos, en alientos casi extintos, en papiros despedazados, en lenguas situadas al borde de su abismo. Y de algún modo percibo que el español, el catalán, que han sabido de mis versos, y que el griego, el latín, tan amados siempre, me confieren ahora vida, en mi pequeña diáspora personal, que el Mundo Antiguo me envuelve en la fascinación que se despierta en los mozalbetes al saber, por ejemplo, de la brutalidad germinal y primitiva de los gladiadores, de la belleza lacerante de ciertas esculturas griegas, de los ritmos secretos dormidos en la poesía de amor y de tragedia; que tiene sentido, después de todo, escribir del modo que lo voy haciendo, raptado por la emoción, la viveza de un recuerdo real o imaginario, pero siempre imborrable.
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sábado, 6 de febrero de 2010
miércoles, 14 de enero de 2009
Enterrar la muerte: ¿ultraortodoxia de judíos?
A menudo hablo de la muerte. El exterminio nazi, la eutanasia, Epicuro, determinados poemas... No es extraño. La muerte es el dorso de la vida. Cada instante de existencia parece, a la vez que una nítida explosión vital, una escaramuza más en que la muerte impone su triunfo, paciente y sistemático. Su estrategia, antes o después, coronada siempre de victoria. En este sentido, vivir es una inconsistente resistencia. Terquedad por extender los frentes, mientras la retaguardia se nos hunde en el vacío, en el no ser, apenas neblinoso, del recuerdo.
Pero no es la meditación poetizante lo que me atrae ahora, sino los usos de la muerte. La forma como nos valemos de ella para construir el espacio de nuestros valores, el territorio de la sociedad. Y para condenar otros. La resistencia de los judíos a los dictados de la arqueología funeraria les hace acreedores al título de ultraortodoxos. No es un mote inocuo, ahora que la prensa esgrime los cadáveres de niños palestinos sin difuminar su rostro en las portadas. Y recuerda también los interminables regateos en que palestinos e israelíes se enzarzan para canjear cadáveres y prisioneros, con variables tipos de cambio.
Ultraortodoxos son, quién podría dudarlo, los judíos que se empecinan en volver a enterrar los restos humanos ya vampirizados por la ciencia arqueológica, esa dueña incontrovertible de la muerte antigua. Incapaces de hallar la sabia mezcla de excavación y dignidad con que en España se administra la exhumación de cadáveres desordenadamente sepultados en la guerra. O el ritual laico y ecológico con que el bosquimano de Banyoles fue devuelto, ya desmenuzado, a su tierra, en un parque nacional, y hurtado por fin a los ojos inocentemente sacrílegos e infantiles que antes lo visitaban en un museo de provincias, para escándalo de la intercultural España de hoy en día.
Podríamos acumular ejemplos de los usos de la muerte. Los modos como intentamos reconciliarnos con su amenaza, voraz y constante. Los exorcismos científicos y agnósticos a que sometemos la exhibición mediática o la ocultación dolosa de restos de personas. Las prohibiciones, las autopsias obligadas, las siempre elogiables donaciones de órganos. Es desde luego un espacio de reflexión inquietante y llamativo, merecedor quizá de un ensayo. No sé si antropológico. Pero desde luego que privado de adjetivos y estigmatizaciones que nada ayudan, sino que apenas oscurecen la comprensión de cuanto nos compone, de cuanto nos construye y nos habita.
Pero no es la meditación poetizante lo que me atrae ahora, sino los usos de la muerte. La forma como nos valemos de ella para construir el espacio de nuestros valores, el territorio de la sociedad. Y para condenar otros. La resistencia de los judíos a los dictados de la arqueología funeraria les hace acreedores al título de ultraortodoxos. No es un mote inocuo, ahora que la prensa esgrime los cadáveres de niños palestinos sin difuminar su rostro en las portadas. Y recuerda también los interminables regateos en que palestinos e israelíes se enzarzan para canjear cadáveres y prisioneros, con variables tipos de cambio.
Ultraortodoxos son, quién podría dudarlo, los judíos que se empecinan en volver a enterrar los restos humanos ya vampirizados por la ciencia arqueológica, esa dueña incontrovertible de la muerte antigua. Incapaces de hallar la sabia mezcla de excavación y dignidad con que en España se administra la exhumación de cadáveres desordenadamente sepultados en la guerra. O el ritual laico y ecológico con que el bosquimano de Banyoles fue devuelto, ya desmenuzado, a su tierra, en un parque nacional, y hurtado por fin a los ojos inocentemente sacrílegos e infantiles que antes lo visitaban en un museo de provincias, para escándalo de la intercultural España de hoy en día.
Podríamos acumular ejemplos de los usos de la muerte. Los modos como intentamos reconciliarnos con su amenaza, voraz y constante. Los exorcismos científicos y agnósticos a que sometemos la exhibición mediática o la ocultación dolosa de restos de personas. Las prohibiciones, las autopsias obligadas, las siempre elogiables donaciones de órganos. Es desde luego un espacio de reflexión inquietante y llamativo, merecedor quizá de un ensayo. No sé si antropológico. Pero desde luego que privado de adjetivos y estigmatizaciones que nada ayudan, sino que apenas oscurecen la comprensión de cuanto nos compone, de cuanto nos construye y nos habita.
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