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martes, 7 de agosto de 2012

Praga (III)

Este naufragio de sal,
esta agonía
de todo lo que enciende
la vanidad, la luz,
la sangre que te lame
el tiempo
más allá de las caricias.

Dame solo tu voz
para embarcarme
en el aire que exhalas
como un surco de ausencia
a la deriva,
una luna de rostros desvelados.

Abrazaré tu cuerpo
como un ala,
un espejo de siempres
dulcemente
embriagados de amor y de deseo.

sábado, 4 de agosto de 2012

Praga (II). Puente de Carlos


El aire es siempre limpio
y abruptamente viste
de luz los poros y la piel reseca
de piedra ennegrecida.
Cuerpos cincelados,
manchados
de tiempo y silencio erosionado;
testigos coagulados,
inscripciones, coronas
alegorías de poder,
de santidad y ardor cansado.
Dulce el Moldava
extiende su caricia;
en el temblor del agua
empapa de ancho amor la Praga eterna,
espejo que se lleva
mi imagen,
tiempo adentro,
lejos
de ti y tu pensamiento.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Praga (I)

Es posible que los lugares hablen. Que tengan poder de rescatar viejas sensaciones, impresiones a la deriva, de encajarlas en un marco exacto, donde de repente los tonos se despiertan, los matices; donde reviven la perspectiva exacta, el color nativo, ahondando la profundidad perdida.
Entonces recobramos una patria interior. Es la textura pulida del alma, que siente que se amoldan sus pasos en la arena conocida. Y el dolor vibra, agradable, sencillo. Un gozo desbocadamente vital, la lágrima que tienta, jugosa muchedumbre de fuegos en los ojos, hormigueando para hacer brotar su llama y su delirio.
Tiempo de reconocer y sentir la propia vida, en la quietud intensa del instante, sabiéndonos mortales tan apenas, mendigos del placer y de la dicha, pordioseros de la luz, hermanos dulcemente, aún vivos, del dolor y la muerte.

domingo, 29 de marzo de 2009

Una plegaria muda, desde Praga


He visitado hoy el Castillo de Praga. Y por la tarde, el barrio judío. En él, tres sinagogas y un viejo cementerio. En el último de los templos, los muros albergaban todos los nombres de los noventa mil judíos checos muertos en el Holocausto. No quiero dedicar el apunte de hoy a nada más que a la emoción que esta visita provoca, embriagadoramente. Y he compuesto una especie de plegaria a Dios, ausente. No sé si he conseguido transmitir la soledad abrasadora que se siente dentro del templo, exento de decoración, silencioso, hondamente mudo y, sin embargo, tan elocuente.



Si algo divino pusiste aquí sobre la tierra,
algo que sí parece más que humano,
creo que fue, Señor, tan solo el llanto:
la tibia plenitud que asciende desde el pecho,
que embriaga nuestro aliento y se deshace
en lágrimas y en fuego. Hoy he leído
sobre los muros de tu sinagoga
nombres huecos,
sonidos que no hallaron 
lápidas donde posarse,
cuerpos sobre los que sellar sombra y silencio.
He visto escrito el día en que nacieron,
y he pretendido luego
dibujar aun a tientas el vacío ausente,
el eco intenso de la carne desdoblándose
en madre e hijo, el parto que reúne
sangre, dolor, placer, lágrima, beso...
Luego he seguido, Señor, los lentos pasos,
los infantiles pasos, temerosos,
hasta el oscuro vientre de la cámara
donde infestaba el gas de muerte el aire.
Y en ese instante, sí, Dios mío, 
habrás de oírlo aunque no existas,
en ese instante mismo,
me ha trepado por dentro una marea
de negro dolor vivo, 
remoto y desbordado,
como si todo el llanto que vertieron
aquellos nombres huecos y perdidos
no fuera aún bastante,
como si precisara de mis ojos
para brotar de nuevo y preguntarte
por qué, Señor, hiciste el hombre,
por qué pusiste dentro de nosotros
este deseo hecho de muerte.
Por qué. 
Mas no contestas.
Es tu nombre un silencio, largo y seco.
Solo puedo decir en tu descargo 
que algo divino hiciste
en este llanto embriagador y negro,
con que lloran aún oscuramente vivos
los nombres que ahora callan
en los muros desnudos del recuerdo.