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lunes, 3 de diciembre de 2007

Las Benévolas (final)

Nunca he vivido una guerra. Nunca he sentido el vértigo constante, la urgencia vital continuamente amenazada. La sensación insistente de que cuantas personas o cosas te vinculan al mundo pueden desaparecer tragadas en el remolino insaciable de una febril y demoníaca danza de la muerte. Sin embargo, recuerdo, en la literatura, haberme asomado al precipicio de la angustia, sobre todo absorto en la lectura de La montaña mágica y Doctor Faustus, de Thomas Mann. Y ahora, Las Benévolas, arrancadas de los recuerdos del personaje ficticio de Max Aue, han removido los viejos rescoldos.

Hans Castorp acaba descendiendo de las mágicas cumbres, después de haber mojado los labios en la miel del amor y de haber empapado el alma en la apasionada persecución de la verdad. Una mujer, a la que todo el eros de Platón inviste de celestiales túnicas resplandecientes. Unos compañeros de sanatorio antituberculoso, que le presentan los grandes ideales enfrentados hasta la violencia irracional y destructiva de un duelo. Tal es el cortejo en el que vive su tranquilo retiro. Pero la Gran Guerra llega. Y ha de hundir sus botas de soldado, sus esperanzas y sus sueños en el fango de las trincheras. Pobre Hans Castorp. No podrá conocer ni siquiera su destino, que Thomas Mann nos hurta con maestría, deteniendo en esa escena el diestro manejo de los hilos.

Y Adrian Leverkuhn, el músico diabólicamente seducido por el arte, no es tampoco sino una marioneta trágica, un símbolo de la esencia atormentada de Alemania, que vende su alma al diablo. Que por la tortuosa y sangrienta senda del nazismo, quiere imponer su gloria y su destino sobre la tierra de la vieja Europa. Y acaba condenada a la terrible penitencia de los bombardeos inmisericordes, de día y de noche. A la infernal angustia de la destrucción bíblica de sus ciudades. Deshecha en ruinas la soberbia de un pueblo humillado, castigado, vencido.

En cambio Littell, si bien crea también un personaje en torno al cual dibujar las infernales estampas de la guerra, prefiere contaminarlo hasta la médula. Conducirlo de la complicidad administrativa a la efectiva y cruenta participación de los crímenes masivos y anónimos. Max Aue es la sombra cínica y diabólica de nuestra alma. Y nos provoca continuamente, con su humanidad aparente, con su rencor camuflado de realismo. Cualquiera habría hecho lo mismo, repite con insistencia. Y su carrera ascendente en la jerarquía nazi se va enredando en la capacidad cada vez más fría y decidida de matar, matar personalmente. A su propia madre, a su padrastro. Refugiándose en la impunidad de un alto funcionario nazi. A un amante. Y, finalmente, a su propio amigo que le ha salvado la vida por dos veces y lo ha protegido siempre. A su propio amigo, sí, para robarle la huida prevista del hundimiento final de Alemania. Lentamente, su humanidad se ha ido disolviendo, difuminando en terribles enfermedades, en caóticas alucinaciones, descritas hasta el delirio y la náusea. Quien sobrevive a la guerra no es ya ni siquiera un criminal. Es un ser vacío. Inclasificable. Una silueta, más allá de la piel, de la carne, de los huesos. Más allá del bien y del mal. Un infrahombre, la verdadera criatura del crimen elevado a la categoría de fuerza histórica.

Y agradezco que, de nuevo, con qué brutal convicción, con qué insaciable sed, haya vivido la guerra, de nuevo, solo a través de la ficción. Comprendo que no hay antídoto en el arte ni en el saber ni en la ciencia para el mal, que el pueblo alemán era dueño de una gran cultura y produjo la monstruosa máquina del nazismo. Comprendo tantas cosas... No con la claridad punzante de la experiencia viva, pero sí con la necesidad, cada vez más acuciante, de reconstruir un orden moral en mi interior. Un límite a las preguntas infinitas. Un imperativo que de manera no sé si categórica, pero al menos firme, me devuelva la dignidad posible, nada soberbia, la real impresión de que el ser humano es lo único merecedor de todo pensamiento y desvelo. Precisamente por su capacidad de hacer el mal. Porque siempre habremos de caminar perseguidos por la siniestra sombra de la maldad y la muerte. Y nunca debemos olvidarlo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Las benévolas (II)


Suponía, después del prólogo, que el libro no iba a dejar de conmoverme, que iba a ser toda una interpelación a la conciencia. No es solo el terrorífico y aséptico verismo con que se describe la sistemática eliminación de los judíos en la retaguardia del ejército alemán en Ucrania. Cualquier teatro elegido habría producido una consternación y una angustia semejante. Qué más da que los arrodillados al borde de la fosa sean hebreos, qué importa si se trata de republicanos españoles, que esperan en su nuca el silencio negro, sin llegar a oír la detonación de las pistolas falangistas. O monjes paseados por anarquistas borrachos, desde el retiro ignorante de su monasterio, para reunirse con los esqueletos profanados de las antiguas tumbas, pidiendo a su ausente Dios el perdón para sus matarifes.

Qué importa. Es la muerte, repartida con un ciego sistematismo, con una igualitaria concreción en el criterio que reúne a las víctimas fuera de su individualidad, en el anónimo siniestro de la fosa desposeída de nombre y de recuerdo. Izquierdistas, judíos, croatas no hace tanto, tutsis, armenios, todos podemos ser extraídos de nuestra condición personal y sometidos al exterminio de grupo. Cada vez que un ser humano es asesinado de este modo, es toda la humanidad la que se extingue, la que perece doblemente, en la víctima, sin duda; pero sobre todo en el verdugo, verdadera caricatura de lo humano cuando ha traspasado el umbral de la indignidad y el dolor absolutos. Cuando puede volver a encontrarse con la vida y seguir adelante.

Y es quizá el testimonio más cruel de los genocidios que enlodan el siglo XX (y otros, pero no nos tocan con parecida compasión y miedo): que puede sobrevivirse, después de haber tomado parte en la ejecución de inocentes, a sabiendas y con la aceptación de tales hechos como necesarios, inevitables.

Es difícil imaginar qué más puede añadirse a la escena en que el protagonista confía una niña de cuatro años, recién asesinada su madre, al soldado que ha de bajar a la zanja para dispararle, después, un tiro en la nuca que acabe con su miedo inconcreto y con su sorpresa por la manera como proceden los adultos. No se me ocurre qué hay más allá del insomnio o de las pesadillas de la noche siguiente. Qué pueden reservarme las cerca de ochocientas páginas que quedan.

Reconozco que mi curiosidad permanece, sin embargo. Como la del propio oficial de las SS, que quiere saber cómo afectará a su vida esa experiencia, esa participación en tantas muertes, el ser testigo de las diferentes actitudes que los ejecutores muestran tras sus crímenes impunes, día tras día. Cómo llegar a contar algo, después de haber contado eso. Confío que pueda averiguarlo yo y contarlo, por mi parte, conforme avance la lectura.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Las benévolas, de Jonathan Littell: al leer sus admirables páginas de introducción

Les bienveillantes de Jonathan Littell. Las Bienhechoras, las Benévolas... Tal vez la traducción debiera transparentar mejor la referencia, la cita. Son, en realidad, las Euménides, las divinidades que coronan la trilogía de Esquilo, aquellas cuya cólera queda rescatada por Atenea, en un nuevo orden de positiva comprensión de la necesidad del mal superable. De la necesaria reconciliación que ha de cerrar la inacabable cadena de venganzas, que no reparan ni compensan, sino que acumulan cadáver sobre cadáver. Ya que los enemigos, antes que tales y contrapuestos en el valor que mutuamente se otorgan, son humanos, portadores de lo humano, lo individual en cada ser. Vengar es sumar muerte, no cobrar deuda, es pérdida añadida, no recuperación.

No sorprende, pues, la referencia a la tragedia antigua, en una obra que versa sobre la guerra más industrialmente criminal hasta la fecha y que recorre los recuerdos de un oficial de las SS. Grecia es no solo el origen de la literatura, sino también de la misma capacidad de construir, sobre el dolor, sobre la sangre, el ideal de una justicia que trasciende el clan y crea el derecho. De la ley emana la comunidad de los ciudadanos, que son quienes en el teatro respiran los miasmas sacrificiales de los antiguos héroes para honrar la convivencia de los atenienses, al amparo de la isonomía, de la igualdad que la ciudad, reunida en la representación, dispensa.

Sobre la destrucción, el dolor y la muerte, obscenamente acumulados en cifras inmanejables, irreales, como una maraña de estrellas negras, que escapan al cómputo y a la consideración humana, sobre la sobriedad de la matemática forense, se dibuja el imborrable realismo del asesino de circunstancias, convocado por su país para participar en el aquelarre geométrico del exterminio, en el frente y en los campos, bajo los proyectiles o entre las nubes tóxicas. El asesino luego camuflado con éxito en la vida civil, que trata de substituir con su cínica arrogancia autoexculpatoria, la necesaria, horrorizada y fría respuesta de la Humanidad que en él mismo habita, aun amordazada por el remordimiento sordo, ante el asesinato, despersonalizado, masivo, inconmensurable. Una respuesta que, se adivina leyendo la escalofriante pieza de introducción, ha de levantarse, a contrario, en el corazón y en la cabeza de cualquier lector, de cualquier testigo a quien el crimen no suma en un estéril fatalismo banalizante, sino en la capacidad, afortunadamente ingenua, de escandalizarse por cada vez, por cada minúscula ocasión en que la persona se hunde en el mal gratuito y absoluto.

Un escándalo que no rasga vestiduras, sino que madura para dibujar la frontera que la ley debe marcar, siempre y en todo lugar, entre delito e inocencia, entre el Bien y el Mal, que meridianamente existen. Es, quizá, lo que más claramente nos separa de los animales, más allá de la risa o la inteligencia. Somos los únicos seres capaces de cometer crímenes, capaces de realizar proezas. Quizá por eso la vida, la humana, sí vale la pena de ser vivida.