Siempre ha sido controvertido el significado real de la ley del talión. ¿Se ampara en el Antiguo Testamento la venganza? ¿Hasta qué punto la ley nueva de Cristo abole, corrige o supera el antiguo principio de justicia privada? No podemos escapar por la vía fácil de la ausencia de fe: la inexistencia de Dios en nada alteraría, en realidad, el fondo moral de la cuestión.
Suele decirse que el resultado de aplicar el ojo por ojo no es justicia para la víctima inicial, sino doble pérdida. Que no se repara nada mutilando al mutilador. Al contrario, se añade una mutilación que incrementa la infelicidad y multiplica la desazón, pues ni la víctima ni el represaliado remontan necesariamente, ni mucho menos, hacia la aceptación y la superación, por el hecho desnudo de ver cumplida la venganza o de recibir el castigo equitativo.
El que a hierro mata, a hierro muere: ¿imperativo o constatación? Ciertamente, esta frase debe observarse a la luz de lo que Jesús obra mientras la pronuncia. Corta la violencia de Pedro y repara la herida, milagrosamente. Creamos o no el relato, sitúa claramente el mensaje en una vuelta al momento anterior al pecado de la agresión, pues suprime tanto la presencia del arma como la consecuencia sangrienta de su uso por parte, además, del que será la piedra en la que se funde la Iglesia terrenal de Cristo.
He aquí el talión del Nazareno: vaina para la espada, cura para la herida. Se corta así la cadena de agresiones y represalias, se repara la mutilación de la víctima. Es el perdón, en realidad. Aplicar la revancha no solo incrementa la violencia, además hace crecer la culpa, corrompe al inocente, desata la espiral del mal y empobrece el destino de todos. No es solo que la vieja ley sea ineficaz, por más que sus raíces se hundan, oscuramente, en un instinto de muerte o, como máximo, de frágil supervivencia. Es que extiende en la superficie de la tierra la mancha de la sangre, vertida inútilmente.
Basta con la sangre del Cristo. En ella no solo se purgan los pecados de los agresores, sino que en ella también debe saciarse la sed enfermiza de venganza. Solo el perdón puede derramar una luz inextinguible en todas las creencias, en todas las ideologías, en todos los ojos que sinceramente quieran abrirse a lo humano.