Rocamadour, mi príncipe de gasas, medicinas, de termómetros incansablemente encaramados, tenés la risa de los caballitos metida entre los labios, esos que ya no saben plegarse en la sonrisa que ponés cuando te tapás los ojos y decís que no estás, que luego puede, y yo te digo que sos príncipe vos, y mago, y brujo de hechizos antiguos y conjuros poderosos. Y la luna te busca para dejarte en la frente un rocío de plata linda, una corona de luces pequeñitas, para que cuando tus ojos se abran no vean la negra nube del miedo, no venga ese llanto, ese lloro frío y doloroso de niño enfermo y desvelado. Agarrá el osito, mi amor, agarrá esos brazos de felpa y dejá que su sonrisa dibujada se abra sobre tu tristeza como un paraguas recio y grande, lleno de colores, de animales que sonríen por dentro de los cuentos que te hacen dormir todas las noches.
Y bueno, si nomás podés dormir sin mover las manos, si ese sueño te tiene agarrada el alma con tanta fuerza que la boca está quieta, siempre, que los ojos siguen cerrados y perezosos, si es un sueño bronco y hondo, oscuro y frío, no tengas miedo, aun así, mi amor, que te estoy dando friegas en las manos, para que venga el fuego que se esconde dentro de los dedos, como hicimos cuando viste la nieve en las montañas, recordás, que pusiste la mano entre las mías y froté con fuerza, y subieron las chispas que se ocultan debajo de la piel, y prendieron, como un fueguito sigiloso, en tus dedos ateridos y una sonrisa en tus labios, que te temblaban, aun con la boca llena ya de la alegría. Escuchá, que las canciones que te gustan vienen a mis labios y mojan tu camita de recuerdos misteriosos, de princesas y caballeros montados en corceles hermosos y blancos, nobles y fuertes, como serás vos cuando la sangre te llene el cuerpo de deseo y de vida y quieras a todas las princesas dulces de este mundo, a todas las reinas de gloria y de olvido.
Mi niño de manos como pájaros, siempre volando por el aire, a la caza de recuerdos, de caprichos que se asoman a los escaparates, que se suben a la cabeza cuando mirás por la ventana, a veces para perseguir una mosca mareada, a veces por contar las personas que van entrando en el cuadro para salir al poco, sin sospechar siquiera que la urgencia de sus pasos dibuja un fragmento de vida con el que jugás a adivinar. Y sonreís cuando vienen, se detienen un instante, dudan, cruzan tal vez su mirada con la tuya y entonces reís y te escondés. Y ya no, Rocamadour, porque tus manos están dormidas, como vos, profundamente, que parece que no se vayan a despertar, que acarician los minutos y las horas, rezándole al sueño, con ese respeto y esa quietud de la plegaria, de la manera como dormís que es parece que para siempre, para helarme el recuerdo en la memoria y el llanto en la garganta, bebé Rocamadour, mi amor, mi príncipe, y ya el termómetro ha descendido, y no se alza, no sigue la danza de la frente incendiada, ya baja despacito, pero imparablemente, nomás hasta el frío, hasta el beso que recoge y apaga las lucecitas de la luna en tu frente, cada vez más fría y sin las arruguitas del llanto, con la quieta extenuación tranquila, hija de la muerte, mi amor, tu dulce muerte.
Mostrando entradas con la etiqueta Cortázar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cortázar. Mostrar todas las entradas
viernes, 23 de julio de 2010
domingo, 1 de noviembre de 2009
Cortázar, abuelo piantado del blog

Los domingos traen muchas veces visitas de parientes inesperados. Nos alcanzan un ramo de flores de ilusionista, un paréntesis de pluma para la conciencia triste. Por qué no sonreír, parecen sugerirnos. Y no es que se hagan pesados. Ya saben de antemano que han de volver la espalda al poco. Dar unos pasos dubitativos, pisando cuidadosamente la luz de la cordura, para que no se astille el piso de madera vieja. Y bueno, a pesar de todo, llaman a la puerta.
Hoy he abierto, con los ojos aún mojados de pereza y de sueño. Y era Julio. Julio con esa erre afrancesada, esa mirada rioplatense de te cuento, viejo. Tenía en los labios el perfil descolorido de un beso antiguo, la danza pausada de palabras en neblina. Pero había algo más. Había ese instante antes de volver las espaldas, antes de concentrarme despreocupadamente en el café y las tostadas. Había la soledad sonora, ché, la cena que recrea.
Cuando uno busca en los árboles, cuando se pierde en las ramas de los abuelos socarrones, que siguen allá, un poco muertos, pero encumbrados y tomando mate, es el momento de acechar cronopios. Bueno, sí, es cierto, lo que se dice cronopios, todos lo somos un rato. Pero hay a quien se le pega el bolígrafo a los dedos, y escribe siempre y de cuanto acontece o roza, cuanto susurra o muere. Y ese es Julio. Y aquí tenéis un blog avant la lettre, después de muerto. Enredado en la sombra de un pedeefe. Piantado allá, como el mismísimo gato Teodoro W. Adorno. Qué cosas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)