Muchos años llevamos en España de deslegitimación de las instituciones en ambientes universitarios. Tal vez es una herencia del movimiento antifranquista, o en parte responde a una necesidad juvenil de emular las apócrifas aventuras del profesorado, que continuamente cree fortalecerse moralmente, en vez de científicamente, apelando a las batallitas del 68, más fingidas que reales. Y proyecta esa nostalgia de rebelde de guardarropía sobre las expectativas de los estudiantes, como una especie de currículum oculto.
Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.
No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.
La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.
Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.
Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.
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domingo, 15 de febrero de 2009
domingo, 25 de enero de 2009
La gangrena educativa

En el lejano Oeste se publicaban los retratos de los forajidos, para ofrecer recompensa por su captura. Hoy nos tenemos que limitar a exponer a vergüenza pública el rostro de uno de los profetas y artífices de la destrucción intelectual de España: Álvaro Marchesi, este sonriente sectario policromo que ahora extiende su pestífera y compulsiva memez por las Américas. Pero vayamos al grano, a lo de hoy, por amargo que sea.
No deja de producir melancolía el avance, enorme ya, de la gangrena educativa, su ascenso imparable a la zona más noble, a lo que debiera ser el alma misma del saber, su culminación viva e iluminadora. Veamos:
Entre los deberes de los estudiantes están el respeto a los miembros de la comunidad universitaria y los actos académicos, después de que en los últimos meses se produjeran altercados como la interrupción de las clases o de actos por parte de los alumnos anti-Bolonia. Tras la aprobación del estatuto, las universidades tendrán que establecer un régimen de convivencia (con los tipos de infracciones y sanciones) como los que existen en los institutos de secundaria.
No solo aturde el contagio de absurdos conceptuales como comunidad universitaria, evidente transposición del nauseabundo y omnipresente comunidad educativa --con su pérfida nivelación de lo que es, en sana jerarquía, universitas scholarum et magistrorum, es decir, la confluencia de los que saben y enseñan y los que ignoran y aprenden--. Además, la aparición de regímenes de convivencia, ya descaradamente equiparados a los que existen en los institutos de secundaria, que van a horadar en rectorados y decanatos cuevas para supernannys y otros troglodíticos monstruos psicopedagógicos.
Dios mío. Cada día que amanece, el número de tontos crece. Siempre ha sido así. Lo terrible es que ahora habitan, unos, la Universidad. Otros, la dirigen. Y en fin: cada día está más claro que el saber va a emigrar progresivamente de sus templos oficiales. Que su transmisión y mejora va a refugiarse en ámbitos privados, de acceso limitado y escaso. Y caro. Que caminamos a una medievalización y atomización de la sociedad, fragmentada en gremios y sectores minorizados. Incapaz de ofrecer una imagen del hombre, un camino preciso y visible para su educación y su progreso. Este Mundo Feliz Asistencial de los socialdemócratas, este infierno clasista en que cada vez será más difícil cambiar el estamento de nacimiento. Las paradojas de la corrosiva izquierda, su impenitente wishful thinking, su blandura. Ya está aquí, por fin: la universidad de plastilina.
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