domingo 1 de noviembre de 2009

Cortázar, abuelo piantado del blog


Los domingos traen muchas veces visitas de parientes inesperados. Nos alcanzan un ramo de flores de ilusionista, un paréntesis de pluma para la conciencia triste. Por qué no sonreír, parecen sugerirnos. Y no es que se hagan pesados. Ya saben de antemano que han de volver la espalda al poco. Dar unos pasos dubitativos, pisando cuidadosamente la luz de la cordura, para que no se astille el piso de madera vieja. Y bueno, a pesar de todo, llaman a la puerta.

Hoy he abierto, con los ojos aún mojados de pereza y de sueño. Y era Julio. Julio con esa erre afrancesada, esa mirada rioplatense de te cuento, viejo. Tenía en los labios el perfil descolorido de un beso antiguo, la danza pausada de palabras en neblina. Pero había algo más. Había ese instante antes de volver las espaldas, antes de concentrarme despreocupadamente en el café y las tostadas. Había la soledad sonora, ché, la cena que recrea.

Cuando uno busca en los árboles, cuando se pierde en las ramas de los abuelos socarrones, que siguen allá, un poco muertos, pero encumbrados y tomando mate, es el momento de acechar cronopios. Bueno, sí, es cierto, lo que se dice cronopios, todos lo somos un rato. Pero hay a quien se le pega el bolígrafo a los dedos, y escribe siempre y de cuanto acontece o roza, cuanto susurra o muere. Y ese es Julio. Y aquí tenéis un blog avant la lettre, después de muerto. Enredado en la sombra de un pedeefe. Piantado allá, como el mismísimo gato Teodoro W. Adorno. Qué cosas.

sábado 31 de octubre de 2009

La inmigración

Los movimientos de población han existido siempre. Cada vez que un grupo humano sufre la carencia de medios, la presión de la guerra, o la persecución por razones políticas, una de las salidas es precisamente la emigración. Es verdad que en la actualidad es un fenómeno rápido y masivo, que cada vez llegan en mayor número personas procedentes de países muy lejanos para refundar su vida entre nosotros, pero eso no debe hundirnos en la vileza de la xenofobia y el racismo.

Hace tiempo que todos los países han apoyado expresamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y han creado instituciones internacionales que velan por la salvaguarda de esos principios. Si el derecho primero y fundamental es el derecho a la vida, no podemos rechazar a quienes, sobre todo, buscan un lugar y unos medios suficientes para desarrollar con los suyos ese derecho inalienable a la vida que todos los países del mundo reconocemos de manera unánime.

No hay país que no haya sufrido épocas de escasez, de hambre y de guerra. Del mismo modo que hoy en día son los pueblos del norte de África o los de Sudamérica algunos de los que ven marchar muchos conciudadanos en busca de un futuro mejor, en otro tiempo fueron los españoles de todas las regiones los que se vieron forzados a emigrar, muchos a Sudamérica precisamente. Allí organizaron su vida y fueron acogidos y tratados como iguales. Y quizá en un futuro vuelva a cambiar la suerte. Lo justo es responder con la misma acogida que recibieron nuestros compatriotas y que desearemos que reciban, en caso necesario, nuestros descendientes.

Sabemos que no es justo que la raza, el sexo, la religión o las ideas sean un obstáculo para ser iguales todos en oportunidades. No es levantando aún más barreras y muros como construiremos el futuro, sino permitiendo que todos participemos en el aprovechamiento de los recursos limitados y en su conservación para las generaciones futuras. Los que vengan detrás quizá no alcanzarán a comprender cómo es que hemos puesto en peligro la Naturaleza hasta ahora. Pero tenemos la oportunidad de que se sientan orgullosos del modo fraterno y humano como hemos decidido compartir desde ahora el deber de legarles un futuro habitable y justo para todos.

Hoy una persona de raza negra ha alcanzado el puesto de mayor poder y responsabilidad de la Tierra. Todo es, pues, posible: solo el esfuerzo y el valor tienen que ser exigibles. No el hecho de haber nacido en un lugar, hombre o mujer, con un color de piel u otro. De tener unas ideas u otras. El mundo tiene que estar siempre abierto a la libertad. Y todos tenemos derecho a participar democráticamente en la construcción de un futuro común. Y hemos de conseguirlo, sí, no solo por nosotros mismos, sino también en beneficio de las generaciones que compartirán así un espacio de dignidad, de libertad y de fraternidad renovadas en este viejo y hermoso planeta.

domingo 25 de octubre de 2009

Amenábar en Ágora: de nuevo, la libertad

Reconozco que había prestado atención a todas las opiniones. Algunas insistían en que Ágora cargaba tendenciosamente las tintas en su retrato de los cristianos alejandrinos de finales del Imperio Romano. Otras en que faltaba pasión, sobraba austeridad en los sentimientos de una Hipatia demasiado deshumanizada, excesivamente consagrada a la ciencia. Y todas me hacían pensar, a fin de cuentas, que Amenábar había proyectado en un fresco histórico, meritorio y correcto, sus propios fantasmas anticlericales, su sensibilidad un tanto autista y virginal.

Nada de eso es cierto. Puede que no convenzan del todo todos los actores. Puede que falte algo de ritmo, en determinados momentos. Pero tampoco aciertan quienes se encastillan en historicismos pacatos de virgen ofendida. Amenábar es cine, cine de verdad. Sin la gesticulación forzada de un Almodóvar, que tantas buenas películas frustra en astracanadas involuntarias. Sin los forcejeos visuales estruendosos del cine americano de fast food, tan exitosamente estrenado conmo fulgurantemente olvidado.

Lo mejor de Spielberg y de tantos maestros de la cámara. El tempo de la escena. Lo que puede dar de bueno un abultado presupuesto. La solvencia de un reparto medido y sin estrellatos cegadores. La sensibilidad de un guión que no solo comprende, sino que explica y relata con eficacia y brillantez. Diálogos que beben en la mejor tradición, para construir personajes de largo recorrido, de aliento trágico. Y un manejo de la cámara como pocas veces recuerdo haber disfrutado, con momentos de auténtica poesía visual.

Y el relato, el subtexto, como queramos decirlo, que no es otro que la libertad. Como lo era en Mar adentro. En Tesis o en Abre los ojos; incluso en Los otros. Amenábar siempre se enamora del personaje que huye de los enemigos de la vida, sean éstos asesinos enloquecidos, farisaicos negadores de la voluntad libremente desesperada, sea la propia muerte, que nos niega desde el otro lado del espejo. Amenábar ama la vida. Y busca en ella, admirativamente. La vida que a Sampedro ya no le resulta humana, la vida que se desdibuja en la pesadilla del silencio eterno, la vida que se escapa a manos de asesinos o de la propia locura. La vida, libremente vivida.

Por eso a Hipatia no le cuadra el amor. No solo porque en su época es la única manera como una mujer escapa al yugo masculino. Igual que le servirán de paradójico escape a Teresa de Jesús el convento y el amor de Dios. No solo porque sin un amante a su altura se consigue definir el personaje de un testigo deliberadamente apartado, que no puede rehuir el río desbordado de la historia, de la violencia y la muerte. Y no solo porque se evita el mecanismo fácil de la pareja, en la que la sensibilidad del espectador medio se refugia, huyendo inadvertidamente de la reflexión y el desafío. Todo eso es cierto. Pero la auténtica raíz de la soledad de Hipatia no es la virginal consagración a una ciencia detentada entonces por los hombres. Es, sobre todo, la libertad. Nada de heroína feminista. Como Sampedro no era un soldado de la buena muerte. Es, sobre todas las cosas, un personaje trágico. Un símbolo de libertad, de coraje, de locura. De la valentía con que merece la vida quien sabe vivirla libremente, desde sí mismo, sin límites ni cortapisas, con la fidelidad al propio ser que devuelve la dignidad y, en cierto modo, salva y redime.

Eso es lo que he sentido hoy al ver la muerte de Hipatia, frente al altar de Cristo, en esa imagen de martirio tan perturbadora como hermosa. El misterio de la redención del ser humano. La única redención posible y cierta. Que no tiende a elevarnos a las estrellas, a un cielo imaginado y deseado, sino solo a acercarnos a ellas, humanamente, comprendiéndolas un poco mejor. La vida: audacia de saber, libertad de ser.

Gracias, Amenábar. Porque nos has mostrado el barro de que estamos hechos, la ambición, la mentira y la muerte, y has sabido enseñarnos, también, con tanta hermosura, el brillo de las estrellas, que parecen observarnos y reflejarnos. Si tenemos la valentía de contemplarlas, de entenderlas. De merecerlas.

La libertad. Sí, claro está.

jueves 8 de octubre de 2009

Dudas y métodos

Quizá llevo unas últimas entradas muy poéticas. ¿No era eso en el otro blog? Qué caprichos tiene la escritura. Pero es que considerad despacio las alternativas: ¿política? Veo que estáis de guasa. En España está extinguida, bien lo sabéis hace ya un tiempo. ¿Libros? De acuerdo, valdría la pena. Si hubiera leído alguno últimamente. ¿Filosofías propias? Bueno, es cierto que me apetece de vez en cuando enfundarme el batín y dar unas caladas de pipa, mientras pronuncio con cierta afectación despreocupada un nombre como Epicuro, o Marcuse, cualquier engañabobos con exégetas. Pero no es un apetito desordenado, así que francamente...

De acuerdo. No perdemos nada. Podemos seguir dándole al verso. Se llena más pantalla con menos palabras. Y tiene algo, un no sé qué. O a mí me lo parece.

En fin. Que si queréis filosofías, políticas, reseñas, a bucear por entradas antañonas. Si más versos, ahí tenéis mi coctelera (¡poema nuevo!), que no hay nada más que desear.

Y en todo caso, gracias por leerme. Esta u otras naderías. Siempre es un placer que le hagan caso a uno, hasta escribiendo sus ripios. Sois encantadores. En serio.

lunes 5 de octubre de 2009

El dolor

Es sencillo el dolor. Puro y directo.
Escuece densamente, extiende
la sombra de la soledad abrasadora
como una mancha de crueldad
lenta, voraz e innecesaria.
Mira fijamente
a los ojos, escudriña las grietas
que ha labrado en el rostro y fríamente
prosigue su trabajo destructivo.
Sencillo, inexorable: tal un verdugo
que conoce su oficio, siempre esquivo
tras la capucha negra.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Por contestar a Gil de Biedma, también en el desamor

No dejaste siquiera,
lo sabes bien y debes admitirlo,
la sombra agria
de tu silencio sucio
fundida en los labios agrietados del olvido.

Solamente un espacio
humillado y vacío, una carencia débil,
un alimento
hecho de besos corrompidos.
La bebida letal e indiferente,
el dolor áspero de noches dilatadas.

Quiero tus manos, sin embargo,
quiero de nuevo
su olor a humo y a deseo;
las palabras traidoras, emboscadas
en tu boca
que atareada, suavemente,
acaricia mi sexo
hasta el abrupto nácar desbocado.

Esta memoria, lánguida y errante,
un camino cegado de maleza,
mánchala tú de nuevo
con las huellas profundas,
con la luz arrasada
del amor rebosado,
ese hermano
lascivo y frío de la muerte.