miércoles 10 de febrero de 2010

El fraude del marxismo

Los grandes hitos del pensamiento de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX se caracterizan por redefinir la categoría de persona como base del pensamiento ético y político. Schopenhauer, Nietzsche, Freud, incluso Marx, tratan de superar el Humanismo rencentista, de cuño clásico, que había recorrido prácticamente sin crítica la filosofía de la Modernidad. Del Siglo de las Luces ha emergido un nuevo afán por redescubrir el ser humano, abordándolo desde nuevas perspectivas y anexionando territorios nuevos en la inacabable exploración, para fundamentar nuevos modos de imaginar, e incluso profetizar, el orden político al que la Historia parece conducirnos.

Importa, en definitiva, bien poco que esas profecías se basen en una teoría del valor en el sentido económico como palanca para transformar la Historia, aun desde el ambiguo augurio de que dicha transformación es ineluctable. ¿Dónde queda, en efecto, la indeterminación o libertad personal del pensador alemán? Si la mutación del capitalismo al socialismo es el destino de la Historia, ¿qué sentido tiene tomar parte activa en este proceso, de no ser que Marx en el fondo se conciba a sí mismo como un agente histórico de primer orden, una especie de profeta del materialismo científico, no demasiado alejado de las figuras del Antiguo Testamento? Tendríamos que recurrir a un bucle hegeliano, para explicar que la misma personalidad de Marx es fruto de la astucia de la razón, de las contradicciones sociales que él transforma en conciencia crítica, luego incrustada en la conciencia de clase del proletariado como combustible del proceso.

El hecho, en definitiva, es que el ser humano es concebido como un prisionero de su pertenencia de clase, de la cual se ha de emancipar superando la lucha que lo arrastra en su devenir contradictorio. Postular como alcanzable el equilibrio en la sociedad comunista supone proyectar un ideal humano solo realizable en un ordenamiento social donde la alienación sea imposible, donde el valor de las cosas no resida en su potencialidad de mercado, sino en su directa inserción en la necesidad que tratan de cubrir. El hombre comunista es un ser carente de deseos no predecibles, es una suerte de conciencia mecánica que produce bienes para satisfacer necesidades planificadas propias o ajenas, sin albergar expansión o invención alguna del deseo, como una realidad cuya satisfacción pueda aplazarse y acumularse en forma de capital. Es un engranaje en una máquina gigantesca de ingeniería, que aporta sus capacidades para obtener a cambio satisfacción de sus necesidades, que deben ser, por definición, homólogas a las de sus semejantes. No hay, pues, creación, innovación, sino ciclo, repetición. El individuo deja de ser tal para convertirse en un mero avatar de lo Humano. No existe en el comunismo posibilidad de obrar mal, de elegir, pues toda elección deviene irrelevante. La persona está constreñida a la virtud, entendida como el perfecto encaje de lo particular en el nicho prediseñado de lo social. Evidentemente la utopía comunista puede afirmar que dicha mecanización del trabajo no es una deshumanización, sino al contrario: se trata de la necesaria supresión del deseo, profundamente perturbador, en el ámbito de la producción para reordenar la vida especializando la parte irracional o creativa en lo que podríamos llamar tiempo de ocio. Bien es verdad que divorciando el deseo del negocio, ahora imposible en términos de lucro personal, impedimos la pretendida explotación laboral, pero no es menos cierto que atribuimos a la persona una capacidad de disociación de la conciencia que no parece casar con ninguna realidad histórica conocida. Creatividad y economía no tienen por qué concebirse como entidades incompatibles: es más, si analizamos el pasado, encontraremos que las grandes innovaciones tecnológicas se entrelazan con las transformaciones sociales de tal modo que se hace muy apriorístico atribuir el papel de causa única de los cambios a la propiedad de los medios de producción, ya que la llamada producción no opera siempre de la misma manera ni aporta siempre soluciones a las mismas necesidades, sino que éstas, en realidad, también cambian substancialmente, y arrastran mutaciones que producen nuevas formas de producción.

Marx cree haber descubierto en el proletariado un fondo de bondad natural, una suerte de buen salvaje embrutecido por la explotación capitalista, al que hay que devolver a un estado natural y postindustrial, donde la tecnología moderna actúe al servicio de todos los hombres por igual, en una especie de macrofalansterio mecanizado que es la sociedad comunista. Como un demiurgo fabril, Marx repartirá su pan cotidiano y su felicidad socialista en un mundo justo que es su propio espectáculo, su propio circo monumental, donde los túneles de los ferrocarriles subterráneos se alumbrarán con las lámparas de los aristócratas, donde no existirá la envidia porque no habrá tampoco propiedad privada. De hecho, el problema es que la sociedad comunista es imaginada como feliz, exactamente en la medida en que no es ya capitalista. Es decir, la felicidad tiene una base negativa, una suerte de continuada celebración de la redención. Hegelianamente, contiene la tesis y la antítesis precedentes, aun superándolas. Pero el hecho es que dicha satisfacción de haber dado muerte al capitalismo, lejos de procurar una felicidad intrínseca, solo supone un punto de partida para la compleja red de relaciones sociales que siempre e inevitablemente se entablan entre los individuos y que es donde se produce y desarrolla lo humano. Esa compleja red de relaciones, contrariamente a la profecía marxiana, no se basa en el ser moral de cada individuo socialista. No hay un plus de bondad adquirido (o recobrado) y consolidado por el mero hecho de haber sido educado y vivir en el socialismo. La misma telaraña de rivalidades, de atracciones y rechazos, de amistades y odios, de intereses, que siempre han definido el desarrollo de la vida en común se ponen en marcha aun en unas condiciones de economía restringida o disfrazada y retornada a las catacumbas del trueque y del mercado negro.

lunes 8 de febrero de 2010

Carta al rector de la Universidad de Barcelona

Hace ya unas fechas intenté acceder a la Biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia y Filosofía, en el centro de Barcelona. Hermosa ciudad.
Tuve la ocasión de conocer a su responsable de Seguridad, don José Quesada, quien muy amablemente me explicó que no tenía derecho a entrar. No bastaba con enseñarle mi carnet en regla de profesor de instituto en el IES Ventura Gassol, de Badalona, con las especialidades de Griego y Lengua y Literatura Española. Dijo que había habido muchos hurtos y violencia. Tampoco cuando le comenté que fui por diez años becario de investigación primero, profesor asociado después y finalmente ayudante, de la Universidad de Barcelona. Tampoco confió en mí cuando le dije que el carnet de la Biblioteca de Cataluña, cuyo código de barras abría al parecer ese sésamo, lo había dejado en casa. Ni cuando le dije que solo quería leer a Erasmo de Rotterdam, como otras veces había hecho allí mismo en la misma lengua que escribiera el humanista. Eran las siete y media de la tarde de un jueves y ningún responsable de la Biblioteca podía ayudarme a convencer a José, Quesada o Quijada, ahora no recuerdo con precisión, de que no tenía la menor intención de hurtar, robar ni comportarme violentamente. Eran las normas de José, y de usted, dijo. Dijo que le escribiera a usted, señor Ramírez, cosa que ahora hago, y lo hago para ver si entre Coímbras, Bolonias y otras europeidades encuentra un momento y consigue hacer que un profesor lea a Erasmo en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona. Prometo que si lo consigue, leeré incluso algún fragmento en griego y hasta se lo traduciré a don José Quijada, o Quesada, (qué memoria la mía) para que entienda que ni Erasmo ni yo estamos tan locos como para inducir al robo o la violencia ni mucho menos cometer esas tropelías personalmente.

Muy agradecido, señor rector.

Benjamín Gomollón García

sábado 6 de febrero de 2010

El judeoespañol, o ladino sefardí

Siempre me ha atraído el judeoespañol, el ladino. De niño leía en los libros de escuela de mis padres las historias del antisemitismo popular, remozadas por el franquismo tontorrón y antañón de los cuarenta. La vida de Santo Dominguito del Val: una historia apócrifa, sobre un niño raptado por criptojudíos de tiempos de los Austrias y obligado a abjurar de su fe pisando un crucifijo. Al negarse, los barbudos fariseos pseudoconversos lo crucifican en la pared. Esas leyendas, de una crueldad demoníaca y gratuita, me fascinaban y enardecían en mi corazón infantil la pasión por Cristo, por morir en su nombre, ardientemente inmolado en misiones.

Más tarde, claro está, comprendí la verdad. Leí Dostoievski, sus Karamazov, con el terrible juicio soñado del Gran Inquisidor que de nuevo crucifica a Cristo... para salvar el alma de semejante hereje, ese Hijo del Hombre, y dar así ejemplar escarmiento a todo aquel que piense por sí mismo y busque el sentido de la vida por su cuenta. Comprendí que ni los judíos eran santos ni tampoco réprobos, que todos albergamos dentro abismos interiores, sentinas de maldad difusa. Y que a veces necesitamos, de manera pueril, poblarlas de demonios facilones, prediseñados a medida de nuestros miedos, nuestros deseos oscuros. Y que esa es la raíz de los odios gratuitos, las fobias a lo desconocido, al diferente.

Después, conocí, en los mismos libros anticuados de historia, la odisea de la diáspora sefardí, siempre románticamente enaltecida por lo poco que quedaba en los falangistas, idealistas a su manera enfermiza, del amor del idioma y de cierto medievalismo decimonónico. Qué gran paradoja la de ese nacionalismo pacato, pasional, de mesa camilla y de paredón, proselitista de Cristo y aniquilador de diferencias. Los sefarditas eran vistos como unos paradójicos portadores del alma de la España de los Reyes Católicos, involuntarios preservadores de esa simbólica pureza de la nación en sus primeros vagidos de historia moderna. Así acababan redimiendo su condición de "asesinos de Cristo" con la de "evangelizadores del mundo en la lengua del Cid".

Luego ya me hice mayor. Puse las cosas en su sitio, espero. Y en un viaje a Estambul escuché de labios de dos ancianas saludos y frases en la lengua agónicamente viva todavía en las Islas Príncipe... Esa región del mundo donde la riqueza del comercio, la bruma del Bósforo, los fragmenta disiecta de Bizancio, el esplendor de los azulejos de la Mezquita Azul frente a Santa Sofía, los olores punzantes del bazar de las especias, los renacidos iconos de San Salvador in Chora, los muros ya desmoronados de esa también patria mía, todo, en suma, me hablaba de Dios, pero no del Sinaí, no de los rayos que nacen como espadas de la cabeza de Moisés, no del Dios de los ejércitos que derrumba las murallas de Jericó, sino del Dios humilde y misterioso que Jesús, un judío, hacía nacer del pan partido con las manos, del agua viva que brotaba en mil lenguas de los labios inspirados de sus discípulos, de la última sangre que manaba de su costado, herido aun tras la misma muerte.

Y siento muchas veces esa emoción que los filólogos sabemos experimentar en textos y códices recónditos, en alientos casi extintos, en papiros despedazados, en lenguas situadas al borde de su abismo. Y de algún modo percibo que el español, el catalán, que han sabido de mis versos, y que el griego, el latín, tan amados siempre, me confieren ahora vida, en mi pequeña diáspora personal, que el Mundo Antiguo me envuelve en la fascinación que se despierta en los mozalbetes al saber, por ejemplo, de la brutalidad germinal y primitiva de los gladiadores, de la belleza lacerante de ciertas esculturas griegas, de los ritmos secretos dormidos en la poesía de amor y de tragedia; que tiene sentido, después de todo, escribir del modo que lo voy haciendo, raptado por la emoción, la viveza de un recuerdo real o imaginario, pero siempre imborrable.

domingo 31 de enero de 2010

Amor en la memoria

Me enamora tu muerte
deslumbrada,
ese amor, que desgrana por tu cuerpo
sus cadenas de viento incandescente,
que desboca y exalta mediodías
en sus lanzas de luz,
cenitalmente.

Qué arrabales de flores,
qué repliegues de noche,
dulce y tensa,
qué exaltado vaivén de sol herido,
qué espaciosa marea,
limpia y clara.

Por tu boca los ángeles ponían
un clarín de relumbres renacidos,
ciega espada de estrellas desprendidas.

Y en mi boca
fue el silencio por fin una delicia;
la muerte, sin embargo,
apenas nada.
El placer esculpía
densamente al mirarte
un espacio erizado de perfiles,
un deseo insaciable
y una patria:
la memoria innombrable de quererte.

martes 19 de enero de 2010

La educación de Rajoy

No parece momento de reproches. Todo lo que propone ahora Rajoy es evidentemente acertado: ampliar el jibarizado bachillerato al menos a tres años, separar y dignificar una formación profesional desde los quince años, sin camuflarla vergonzantemente en programas de garantía social (o cualquiera que sea el nombre que lo recubra). Son pasos decididos en la buena dirección. También lo son, indudablemente, el establecer una reválida externa y nacional en sus fundamentos y el rescatar al idioma español de los arrabales y chamizos en los que la ceguera cainita separatista y el papanatas daltonismo folclórico-socialista lo mantienen secuestrado. Todas estas propuestas deben suscitar un sí incondicional. Al menos en cualquiera que no se empecine en mirar el mundo en el espejo deformante de un esperpéntico delirio o alimente una estrecha ambición de entronizarse como reyezuelo provinciano o lobotomizarse en microfuncionario nacional-liliputiense.

No todo lo hecho y existente es negativo. Tenemos un sistema terriblemente pedagogizado, pero que podría producir mucho más de lo que da, solo con un vigor disciplinario coherente y de justicia rápida. Pues muchas veces solo haría falta valor personal, sin esperar decretos normativos ni sentencias firmes de funcionarietes mentalmente emasculados. Un ejemplo. Los que dan clase a los alumnos acusados de vejar y amenazar de muerte a una profesora en Toledo no deben impartir docencia a criminales. No deben ni entrar en el aula, mientras esos delincuentes sigan en ella. No por corporativismo. Por dignidad. Importa poco lo que digan mediocres directores generales. Eso se hace sin pensar y sin reparar en las consecuencias. Cuando un profesor enseña matemáticas o química a un mafioso capaz de amenazar de violación y muerte, se convierte en cómplice del mal. Y es el mal lo que debe ser expulsado a las tinieblas exteriores.

Luego está la hipocresía de la dualidad entre enseñanza privada y pública. En eso el PP no es sincero. Siempre corriendo a abrazarse y manifestarse con obispos que solo aspiran a ser zalameros turiferarios de un estado rancio y paternalista, moda Segundo Imperio. Y ya va siendo hora de que alguno de los cocineros de ideas del Partido Popular lea -y entienda- a Voltaire (no estaría mal que Rouco..., pero no pidamos peras al olmo). Como también sería hora de que los socialistas cultos y serios (alguno queda, prejubilado, pero reciclable) empezaran a preparar una gran limpieza de mediocres ministrillos de recetario y se comprometieran en denunciar y perseguir públicamente cualquier resto visible o invisible del pedagogismo ignorantista que ha hundido a España en décadas de postración intelectual, de irresponsabilidad moral y, por ende, de ineficiencia económica.

Lo malo no es que los chupópteros de siempre vayan a agitar el fantasma del elitismo decimonónico y antisocial, o el acostumbrado fantoche de Franco, así como las apolilladas momias de Ferrer i Guàrdia, Rosa Sensat, y otras reliquias del funerario culto progre, ese que ofician falsarios como Rafael Feito, Hernández Enguita, César Coll, el susoaludido Marchesi y otros engordados y resentidos loros de la LOGSE. Esos papagayos fariseos con más humos que cerebro. Y un descerebrado eco en El País, impreso y patético tablao de la carcundia progre. Se desgañitarán defendiendo sus puestos de profetas que vampirizan a políticos incultos y acomplejados. Y a toda la sociedad a través de ellos.

Lo peor es que casi nada de lo que dice Rajoy será posible. Porque al final todo quedará en un cambio de rótulos a la espera de que los contracontracontrarreformistas vuelvan a ocupar despachos, legislar delirios y mantener a España en este estado de destrucción intelectual y laboral en que todos los cleros que en el mundo han sido medran como moscas poniendo sus huevos. Sean eclesiásticos, feministoides, antisistémicos, socialistillos o comunisteros. Todos crían podredumbre en el cadáver de un país que pudo ser maduro y democrático, pero que abandonó cada conciencia a su suerte e iniciativa, sin apenas apoyo en una escuela, unos institutos y una universidad ya escasamente enraizados en el saber, en la dignidad y en el esfuerzo. Y en la voluntad y el deseo de aprender y de ser plenamente libres y humanos.

domingo 10 de enero de 2010

Es necesario

Desbrozas la agonía
espesa de un silencio derrotado.
Bajo esa piel te temes
palabras de ceniza,
recuerdo,
tal vez aroma incluso
de crepúsculo roto,
ese hondo olor oscuro de súplica y de odio.

Qué importa si los ruidos
del tráfico exterior se aferran
como perros de presa
a tu dolor maldito. A los pedazos
de aquella forma de amar,
aquel espacio
de luz y de palabra, ya apagado.

Luego,
no despiertas de pronto.
Es muy despacio
como emerges, cansado,
de la maleza imaginaria
hasta el contacto limpio de la vida.
El aire duele entonces
y te clava por dentro sus espuelas.