Ya teníamos claros barruntos de lo que acabaría pasando con la Universidad en manos de la secta pedagogrática de los burrópteros logsianos que ya han canibalizado por completo la enseñanza media. Escuchemos, ahora que ya llevan un tiempo en su labor inquisitorial boloñesa, las opiniones de Joan B. Culla, un profesor nada sospechoso de abrazar causas tradicionalistas, articulista y colaborador habitual como es de El País:
"Entonces, ¿en qué se ha traducido realmente la entrada en vigor del Espacio Europeo de Educación Superior? Pues, hasta donde he podido observar, en una apoteosis de la burocracia. Las condiciones reales del trabajo docente no han cambiado, o lo hacen a peor a causa de las restricciones económicas; pero el profesorado debe malbaratar horas y horas en la confección de informes y "guías docentes" llenos de tautologías y obviedades expresadas en pomposo argot seudopedagógico ("competencias", "prerrequisitos", "resultados de aprendizaje", etcétera), mientras se le exigen previsiones absurdas de tan minuciosas sobre cómo va a controlar y evaluar a sus alumnos día por día. Después, nadie se preocupará de saber si todo eso se ha cumplido, o siquiera si era aplicable, porque lo importante no es qué ocurre en las aulas, sino que todos los formularios estén debidamente cumplimentados."
Es sorprendente que los profesores universitarios no se hayan plantado. Que rellenen borreguilmente todos esos formularios, de los que después se quejan en artículos periodísticos más o menos irónicos, pataletas de calado, sin duda, pero inexplicable manera de acabar dedicando aún más tiempo a esa extraña espiral infinita. ¿No sería mucho más digno y consecuente que todos estos profesores practicaran un plante, una contundente desobediencia civil a semejante melonez pseudopedagógica, a toda esa masiva producción desternillante de formularios inútiles? ¿Cómo es posible que no se haya producido ningún movimiento colectivo de indignación activa? He aquí la magnitud de la victoria de todos esos burócratas de culo de hierro, cuyo aguante en reuniones eternas y otros ritos pedagocráticos queda también glosada en el artículo que citábamos.
Podemos encontrar un análisis excelente de la auténtica naturaleza del proceso de Bolonia, sus raíces y fundamentos en estos brillantes artículos de Juan Ramón Capella.
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sábado, 23 de julio de 2011
martes, 8 de septiembre de 2009
Los profesores abandonan la Universidad pedagógica
De cuando en cuando, el diario El País publica artículos juiciosos sobre educación. Cuando abandona el tono izquierdoso convencional, y sobre todo cuando da la palabra a personas sensatas, aparecen en sus páginas muestras de una gran valía, que desafortunadamente apenas emergen entre tantas columnas y reportajes confiados a las manos de expertos.
Hoy, Rafael Argullol habla del abandono de los mejores profesores. Su huida ante el triunfo de los tramposos, de los burócratas, y ante la marea de la huera modernización, toda ella powerpoints y multimedias. Y pone el dedo en la llaga cuando al concluir proclama que no se trata solo del fracaso de los estudiantes universitarios y su atrevida y soberbiosa ignorancia. Sino que ello es síntoma de toda una sociedad, que ha abandonado el camino del saber por la satisfacción momentánea, avulgarada y superficial, de los deseos más inmediatos.
No creemos que el saber desaparezca. Simplemente, la forma de adquirirlo, de mejorarlo, de transmitirlo dejará de producirse predominantemente en las aulas universitarias, donde solo sobrevive trivializado y, eso sí, digitalizado, o, por el contrario, casi de manera clandestina. Con la destrucción de las clases magistrales, se mata a los maestros y se recrea la superstición, muy medieval, de que el saber es una cosa, algo material que, sin embargo, pulula y vagabundea por la red, donde puede ser capturado por cualquiera. Está ahí arriba, de donde hay que saber bajarlo y precocinarlo en expresiones audiovisuales. No es una superstición inocente. Es una añagaza de los mediocres, charcuteros de superficialidades, pedagogos de baratillo, de los que a pantallazos y esquemitas pretenden derribar los altares y el prestigio de los profesores auténticos, condenados a un patético eremitismo de publicaciones sin lectores, a un balneario terminal de jubilaciones anticipadas.
Un cambio de paradigma. Muchas veces, en la transmisión del saber, ha habido momentos decisivos, críticos, en los que una gran masa de la tradición se perdía. Y sobre todo, se perdía, no tanto el saber como cosa, sino la posición del sabio, su capacidad de interpretarlo, de mantenerlo vivo en la conciencia de su tiempo. Costosas han sido las resurrecciones, los renacimientos, las ilustraciones. Y ahora, entre tanto fuego de artificio y tanta Bolonia y tanto remedo, mucho se perderá. Mucho clérigo cerbatana del credo vacuo llenará su vientre y faltriquera. Y quién sabe cuántas generaciones serán precisas para restaurar una manera de saber, una figura humana que ahonda, bucea, destila y transmite un saber construido, humano, vivido. Auténtico. Magistral.
Hoy, Rafael Argullol habla del abandono de los mejores profesores. Su huida ante el triunfo de los tramposos, de los burócratas, y ante la marea de la huera modernización, toda ella powerpoints y multimedias. Y pone el dedo en la llaga cuando al concluir proclama que no se trata solo del fracaso de los estudiantes universitarios y su atrevida y soberbiosa ignorancia. Sino que ello es síntoma de toda una sociedad, que ha abandonado el camino del saber por la satisfacción momentánea, avulgarada y superficial, de los deseos más inmediatos.
No creemos que el saber desaparezca. Simplemente, la forma de adquirirlo, de mejorarlo, de transmitirlo dejará de producirse predominantemente en las aulas universitarias, donde solo sobrevive trivializado y, eso sí, digitalizado, o, por el contrario, casi de manera clandestina. Con la destrucción de las clases magistrales, se mata a los maestros y se recrea la superstición, muy medieval, de que el saber es una cosa, algo material que, sin embargo, pulula y vagabundea por la red, donde puede ser capturado por cualquiera. Está ahí arriba, de donde hay que saber bajarlo y precocinarlo en expresiones audiovisuales. No es una superstición inocente. Es una añagaza de los mediocres, charcuteros de superficialidades, pedagogos de baratillo, de los que a pantallazos y esquemitas pretenden derribar los altares y el prestigio de los profesores auténticos, condenados a un patético eremitismo de publicaciones sin lectores, a un balneario terminal de jubilaciones anticipadas.
Un cambio de paradigma. Muchas veces, en la transmisión del saber, ha habido momentos decisivos, críticos, en los que una gran masa de la tradición se perdía. Y sobre todo, se perdía, no tanto el saber como cosa, sino la posición del sabio, su capacidad de interpretarlo, de mantenerlo vivo en la conciencia de su tiempo. Costosas han sido las resurrecciones, los renacimientos, las ilustraciones. Y ahora, entre tanto fuego de artificio y tanta Bolonia y tanto remedo, mucho se perderá. Mucho clérigo cerbatana del credo vacuo llenará su vientre y faltriquera. Y quién sabe cuántas generaciones serán precisas para restaurar una manera de saber, una figura humana que ahonda, bucea, destila y transmite un saber construido, humano, vivido. Auténtico. Magistral.
domingo, 15 de marzo de 2009
La corrupción de la Universidad
No hay límites. Ahora no solo se sufragará el coste de la instrucción universitaria casi totalmente. Ahora además el Estado comprará los aprobados. Y está dispuesto a hacerlo de dos formas distintas: devolviendo el importe de las matrículas a los estudiantes que superen el curso completo y pagando incentivos a los profesores que más aprueben. Lo absolutamente increíble es que esta crasa inmoralidad, este desastre, esta malversación palmaria no suscite de inmediato el bochorno y la dimisión del responsable de semejante estafa, por otro nombre propuesta programática. No porque estemos en crisis, sino simplemente porque es un absoluto disparate.
Como decíamos, la universidad de plastilina... Visto el fracaso absoluto de la LOGSE y su fotocopiada LOE, extienden el modelo a los niveles superiores. Así salimos de la nada para llegar a la más absoluta miseria ¿Nadie les ha explicado a estos ineptos zapateriles que eso ha sido siempre la matrícula de honor, el premio que sí puede permitirse la sociedad a la excelencia? ¿Que comprar aprobadines raspadillos es una completa memez? ¿Que incentivar el aprobado general entre el profesorado es una forma de corrupción, una incitación a la simonía reglamentada? ¿No hay una sociedad digna que reaccione ante las huestes de ciertos malcriados universitarios antibolonia del gratis total y el botellonismo de acampada? ¿No alzarán la voz los estudiantes conscientes de su propio deber? ¿Hasta dónde puede llegar el sociatismo en su afán por aniquilar cuanto antes la capacidad intelectual de España?
Ya se me perdonará el tono catilinario, pero es que urge una regeneración moral de la izquierda. Y es una responsabilidad de tantos y tantos socialistas que hipócritamente arriman el hombro con este demagogo de opereta, que no dejan claro su desacuerdo radical ante tanta miseria moral. Que permiten que la enseñanza siga en manos de sectarios y arbitristas. Ya han destrozado el bachillerato. Queda muy poquita universidad. Y muy poco tiempo. Si no, al final, todos camareros y taxistas. En fin. País.
domingo, 15 de febrero de 2009
Estudiantes contra Montilla: cosecha de tempestades
Muchos años llevamos en España de deslegitimación de las instituciones en ambientes universitarios. Tal vez es una herencia del movimiento antifranquista, o en parte responde a una necesidad juvenil de emular las apócrifas aventuras del profesorado, que continuamente cree fortalecerse moralmente, en vez de científicamente, apelando a las batallitas del 68, más fingidas que reales. Y proyecta esa nostalgia de rebelde de guardarropía sobre las expectativas de los estudiantes, como una especie de currículum oculto.
Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.
No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.
La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.
Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.
Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.
Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.
No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.
La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.
Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.
Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.
domingo, 25 de enero de 2009
La gangrena educativa

En el lejano Oeste se publicaban los retratos de los forajidos, para ofrecer recompensa por su captura. Hoy nos tenemos que limitar a exponer a vergüenza pública el rostro de uno de los profetas y artífices de la destrucción intelectual de España: Álvaro Marchesi, este sonriente sectario policromo que ahora extiende su pestífera y compulsiva memez por las Américas. Pero vayamos al grano, a lo de hoy, por amargo que sea.
No deja de producir melancolía el avance, enorme ya, de la gangrena educativa, su ascenso imparable a la zona más noble, a lo que debiera ser el alma misma del saber, su culminación viva e iluminadora. Veamos:
Entre los deberes de los estudiantes están el respeto a los miembros de la comunidad universitaria y los actos académicos, después de que en los últimos meses se produjeran altercados como la interrupción de las clases o de actos por parte de los alumnos anti-Bolonia. Tras la aprobación del estatuto, las universidades tendrán que establecer un régimen de convivencia (con los tipos de infracciones y sanciones) como los que existen en los institutos de secundaria.
No solo aturde el contagio de absurdos conceptuales como comunidad universitaria, evidente transposición del nauseabundo y omnipresente comunidad educativa --con su pérfida nivelación de lo que es, en sana jerarquía, universitas scholarum et magistrorum, es decir, la confluencia de los que saben y enseñan y los que ignoran y aprenden--. Además, la aparición de regímenes de convivencia, ya descaradamente equiparados a los que existen en los institutos de secundaria, que van a horadar en rectorados y decanatos cuevas para supernannys y otros troglodíticos monstruos psicopedagógicos.
Dios mío. Cada día que amanece, el número de tontos crece. Siempre ha sido así. Lo terrible es que ahora habitan, unos, la Universidad. Otros, la dirigen. Y en fin: cada día está más claro que el saber va a emigrar progresivamente de sus templos oficiales. Que su transmisión y mejora va a refugiarse en ámbitos privados, de acceso limitado y escaso. Y caro. Que caminamos a una medievalización y atomización de la sociedad, fragmentada en gremios y sectores minorizados. Incapaz de ofrecer una imagen del hombre, un camino preciso y visible para su educación y su progreso. Este Mundo Feliz Asistencial de los socialdemócratas, este infierno clasista en que cada vez será más difícil cambiar el estamento de nacimiento. Las paradojas de la corrosiva izquierda, su impenitente wishful thinking, su blandura. Ya está aquí, por fin: la universidad de plastilina.
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