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sábado, 6 de marzo de 2010

Europa: mosaico o ágora

Si proyectamos previsiones a largo plazo, las sociedades resultantes en el Occidente europeo verán una recomposición porcentual que alterará sin duda el perfil cultural y las formas de convivencia política tal y como las conocemos hoy en día. No es solo que la democracia sea difícilmente exportable, por invasión o seducción diplomática, al Irak actual, como al resto de países, sudamericanos o africanos, en los que su liturgia es más un maquillaje retórico que un valor social cristalizado. Es que además es dudosamente sostenible en el futuro de una Europa progresivamente inmigrada, islamizada, desindividualizada en guetos que refractan los regímenes y los valores sociales y culturales de los países de origen. Europa tolera en su seno el crecimiento de un enorme contingente de población esclavizada en la práctica y carente de los más elementales derechos de ciudadanía: las mujeres musulmanas. O consiente inerme el machismo violento y primario de matriz latina, aquí reproducido bajo la capa de un sensualismo festivo de falsa liberación femenina. Obligar a las muchachas mahometanas a despojarse del velo en las escuelas sólo enmascara la absoluta invisibilidad, física y civil, en la que quedan recluidas apenas alcanzan la pubertad. Y no es previsible que acepten un Espartaco extranjero, como el malogrado Theo van Gogh, para conducirlas por la senda de la rebelión frente a la sumisión en la que viven. Antes retrocederán, a la larga, las mujeres occidentales que no avanzarán en derechos las musulmanas, sudamericanas o africanas en la vieja y gemebunda Europa.

domingo, 15 de febrero de 2009

Estudiantes contra Montilla: cosecha de tempestades

Muchos años llevamos en España de deslegitimación de las instituciones en ambientes universitarios. Tal vez es una herencia del movimiento antifranquista, o en parte responde a una necesidad juvenil de emular las apócrifas aventuras del profesorado, que continuamente cree fortalecerse moralmente, en vez de científicamente, apelando a las batallitas del 68, más fingidas que reales. Y proyecta esa nostalgia de rebelde de guardarropía sobre las expectativas de los estudiantes, como una especie de currículum oculto.

Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.

No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.

La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.

Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.

Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.