jueves, 15 de noviembre de 2007

Las benévolas, de Jonathan Littell: al leer sus admirables páginas de introducción

Les bienveillantes de Jonathan Littell. Las Bienhechoras, las Benévolas... Tal vez la traducción debiera transparentar mejor la referencia, la cita. Son, en realidad, las Euménides, las divinidades que coronan la trilogía de Esquilo, aquellas cuya cólera queda rescatada por Atenea, en un nuevo orden de positiva comprensión de la necesidad del mal superable. De la necesaria reconciliación que ha de cerrar la inacabable cadena de venganzas, que no reparan ni compensan, sino que acumulan cadáver sobre cadáver. Ya que los enemigos, antes que tales y contrapuestos en el valor que mutuamente se otorgan, son humanos, portadores de lo humano, lo individual en cada ser. Vengar es sumar muerte, no cobrar deuda, es pérdida añadida, no recuperación.

No sorprende, pues, la referencia a la tragedia antigua, en una obra que versa sobre la guerra más industrialmente criminal hasta la fecha y que recorre los recuerdos de un oficial de las SS. Grecia es no solo el origen de la literatura, sino también de la misma capacidad de construir, sobre el dolor, sobre la sangre, el ideal de una justicia que trasciende el clan y crea el derecho. De la ley emana la comunidad de los ciudadanos, que son quienes en el teatro respiran los miasmas sacrificiales de los antiguos héroes para honrar la convivencia de los atenienses, al amparo de la isonomía, de la igualdad que la ciudad, reunida en la representación, dispensa.

Sobre la destrucción, el dolor y la muerte, obscenamente acumulados en cifras inmanejables, irreales, como una maraña de estrellas negras, que escapan al cómputo y a la consideración humana, sobre la sobriedad de la matemática forense, se dibuja el imborrable realismo del asesino de circunstancias, convocado por su país para participar en el aquelarre geométrico del exterminio, en el frente y en los campos, bajo los proyectiles o entre las nubes tóxicas. El asesino luego camuflado con éxito en la vida civil, que trata de substituir con su cínica arrogancia autoexculpatoria, la necesaria, horrorizada y fría respuesta de la Humanidad que en él mismo habita, aun amordazada por el remordimiento sordo, ante el asesinato, despersonalizado, masivo, inconmensurable. Una respuesta que, se adivina leyendo la escalofriante pieza de introducción, ha de levantarse, a contrario, en el corazón y en la cabeza de cualquier lector, de cualquier testigo a quien el crimen no suma en un estéril fatalismo banalizante, sino en la capacidad, afortunadamente ingenua, de escandalizarse por cada vez, por cada minúscula ocasión en que la persona se hunde en el mal gratuito y absoluto.

Un escándalo que no rasga vestiduras, sino que madura para dibujar la frontera que la ley debe marcar, siempre y en todo lugar, entre delito e inocencia, entre el Bien y el Mal, que meridianamente existen. Es, quizá, lo que más claramente nos separa de los animales, más allá de la risa o la inteligencia. Somos los únicos seres capaces de cometer crímenes, capaces de realizar proezas. Quizá por eso la vida, la humana, sí vale la pena de ser vivida.

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