Creo que ahora, casi cuarenta y ocho años después de venir a este mundo (hablamos, siempre, como si seguro hubiera otro...), he entendido qué significa amar al prójimo como a uno mismo: en esta expresión circula un haz de luz que nos devuelve a nosotros mismos en el otro, que nos ofrece al otro como si fuéramos nosotros mismos él, como si la humanidad que todos ostentamos solo pudiera cumplirse plenamente en este hecho de entrega mutua, de confianza, de anulación de lo que nos separa para elevarnos a la altura de lo que nos une, siempre y absolutamente, por encima del tiempo y el espacio, a todos los seres humanos.
En realidad, poco o nada importa lo que susurremos en nuestro interior sobre qué es el mundo, que prefiramos la entidad material estricta o una esencia incomprensiblemente sobrenatural que lo atraviesa y legitima, que lo produce como ese extraño baile sobre la cuerda floja que es el milagro del Ser danzante y palabrero sobre el océano mudo de la Nada. Nuestra secreta sospecha, o nuestro ambicioso saber, siempre serán tan apenas un espejo de las cosas, en el que miraremos el enigma de lo que está en nosotros mismos como fundamento último, o lo que habita en el reverso fugitivo de las cosas. Preguntar y responder es una de las dimensiones de la humanidad, pero nunca una respuesta agotará la pregunta, sino que la multiplicará, indefinidamente, transformada y provocativa, en todas las direcciones.
Entonces, si el saber nunca satisfará totalmente, qué hacer, qué ir pensando de nuestro existir entre otros seres humanos, cómo refrendar con los actos la insuficiencia ambiciosa de una fe de cabeza que nunca puede evitar andar por los caminos del corazón. Y aquí es donde el cristianismo lanza su apuesta, no tanto de carácter metafísico y dogmático, pues en esa apetencia es donde históricamente se extravía, y hasta se aniquila, moralmente, sino en el terreno de las obras, en el espacio abrupto del aquí y ahora, del compromiso con los instintos que nos mueven desde debajo de la razón, en la entraña misma del deseo y la necesidad de ser hacia los demás.
Y esa es la clave. La luz pequeña, humana, en la oscuridad de la noche sin posada, en el deambular tenebroso de la existencia. En la cuna, o en la cruz, el rostro de Jesús nos reintegra, sin más exigencia que devolver la mirada, en cada gesto humano, el ademán profundo del amor, el vaivén generoso del oleaje de la esperanza, la luz mortecina, y sin embargo viva, de la fe. No es el árbol, pues, de la ciencia, sino la necesidad de avanzar en el camino del bien, lo que nos retorna nuestra verdadera imagen: la semejanza misteriosa y provocativa con la palabra, la que nos alcanza, siempre, desde el sermón de la montaña.
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sábado, 30 de marzo de 2013
domingo, 10 de febrero de 2013
El Libro de la Vida: Santa Teresa en el confesionario (II)
Evangelista y Cristo se funden en la autobiografía mística, pues al ser narrador y protagonista al mismo tiempo, su relato se funde con la experiencia, ambos forman una aleación ya inseparable. La voz de la plegaria interior, ya derretida en el silencio del alma, abraza la voz del relato, que balbucea en el texto y que, sin embargo, se apodera de la voz interior callada y admirada de cada uno de los lectores. Y no queda entonces ya sino silencio, precisamente el terreno donde abonada y secreta brota la Palabra, definitivamente, como el espejo vivo del silencio de Dios, taimadamente mantenido tras el grito inaudible de las criaturas.
En efecto, el éxtasis muda al místico en eje del mundo. En el árbol de la docta ignorancia, en madero sufriente del que penden frutos de poesía y de confesión, de virtud y pecado, del bien y del mal, trenzado jugoso de hilos resecos, racimo de mosto y prensado vino. En él Cristo revive su pasión, su propia corporeidad sufriente, hasta reflejarse por entero como emblema del triunfo del alma sobre el cuerpo, de la vida sobre la muerte, o, quizá mejor, de su tensa y efímera transfiguración mutua. En el éxtasis se hermanan pasión y resurrección, estigma y ascensión.

Por eso el pueblo hace suyo al santo clandestino de clausura. Vive en él la fe, y tras atormentarlo con persecución y juicio, lo enarbola definitivamente en los altares. Él hace real, vivida, la fe del pueblo, él rescata el tiempo de dolor al revivir paradigmáticamente el tiempo sagrado y primigenio. Atrapa la sacralidad de las imágenes de un Gregorio Hernández en el retablo ardiente de su cuerpo.
Encerrada en su celda, en la secreta confidencia del relato, se eleva después Teresa a los altares y se multiplica como pan infinito en las imprentas, convirtiendo la intimidad de su desposorio con Cristo en una comunión más allá del espacio y del tiempo. Así se hace su visión extática de Dios espectáculo constante en la imagen de Bernini. Y cuento de nunca acabar en el libro de la vida. Porque su cuerpo en mármol blanco luce como custodia de piedra, blanco sepulcro de un amor inmortal macizo y enterizo, epitafio de vida, eterna confesión de perpetua humildad y exaltación de amor más allá de lugares y de días.
En efecto, el éxtasis muda al místico en eje del mundo. En el árbol de la docta ignorancia, en madero sufriente del que penden frutos de poesía y de confesión, de virtud y pecado, del bien y del mal, trenzado jugoso de hilos resecos, racimo de mosto y prensado vino. En él Cristo revive su pasión, su propia corporeidad sufriente, hasta reflejarse por entero como emblema del triunfo del alma sobre el cuerpo, de la vida sobre la muerte, o, quizá mejor, de su tensa y efímera transfiguración mutua. En el éxtasis se hermanan pasión y resurrección, estigma y ascensión.

Por eso el pueblo hace suyo al santo clandestino de clausura. Vive en él la fe, y tras atormentarlo con persecución y juicio, lo enarbola definitivamente en los altares. Él hace real, vivida, la fe del pueblo, él rescata el tiempo de dolor al revivir paradigmáticamente el tiempo sagrado y primigenio. Atrapa la sacralidad de las imágenes de un Gregorio Hernández en el retablo ardiente de su cuerpo.
Encerrada en su celda, en la secreta confidencia del relato, se eleva después Teresa a los altares y se multiplica como pan infinito en las imprentas, convirtiendo la intimidad de su desposorio con Cristo en una comunión más allá del espacio y del tiempo. Así se hace su visión extática de Dios espectáculo constante en la imagen de Bernini. Y cuento de nunca acabar en el libro de la vida. Porque su cuerpo en mármol blanco luce como custodia de piedra, blanco sepulcro de un amor inmortal macizo y enterizo, epitafio de vida, eterna confesión de perpetua humildad y exaltación de amor más allá de lugares y de días.
miércoles, 6 de febrero de 2013
El Libro de la Vida: Santa Teresa en el confesionario (I)
El sentido de la autobiografía como confrontación del yo ante una conciencia externa y representante de la divinidad consiste en la pretensión de relegitimarse, de tomar seguridad en la propia consistencia intelectual a través del observador así construido. No es tanto el hecho de ser leído después, que tiene una importancia extrínseca, en un tiempo diferido, como el hecho autorreferencial de escribir observándose, desde fuera o desde otro tiempo. Es incorporar dentro de uno mismo la mirada del otro, mejor que rendir la propia autobiografía a los pies de un confesor superior.
El tiempo se reconstruye en una visión que selecciona, de todo el decurso vital, aquello que es narrable, historiable, testimoniable. La persona es tamizada de su corporeidad, dejando solo cernerse lo espiritual, el hecho de la pura autoconciencia. El resultado es una fabricación del yo como reproyección vital de la narración escatológica, milenarista. En cada individuo se repite el misterio de la redención, de la desencarnación y espiritualización, que consiste en derribar la dimensión de los sentidos, de la carnalidad, a través del sufrimiento autinfligido, y edificar, en cambio, la vida auténtica y real como una imitación de contenido teorético, contemplativo, una mirada descorporeizada del Cristo, pasando de la Cruz a la Hostia, de la Pasión al Pan infinitimante multiplicado y repartido. En ella el espíritu del místico se en-alma, no encarna, mientras que el drenaje progresivo de la sangre como símbolo de la vitalidad material se compensa con la autocontemplación del yo en su biografía hacia el destino transfigurado del éxtasis, donde se anulan los límites entre el alma y el Esposo, pues es ya el cuerpo imagen sangrante del Crucificado y el alma copresencia sentida en el Paraíso.
Toda la vida del místico queda así transportada a la categoría de re-figuración o avatar de la vida de Jesús, en la cual confluyeron todos los haces de la Historia particular de cada ser humano para reconfigurarse como Logos, como poiesis, en términos aristotélicos, como verdad general y de valor universal. En Teresa de Ávila conluyen, pues, de nuevo, como en el Redentor, todas las líneas del tiempo histórico hasta des-historizarse en el instante absoluto. Y en el libro de la Vida.
El tiempo se reconstruye en una visión que selecciona, de todo el decurso vital, aquello que es narrable, historiable, testimoniable. La persona es tamizada de su corporeidad, dejando solo cernerse lo espiritual, el hecho de la pura autoconciencia. El resultado es una fabricación del yo como reproyección vital de la narración escatológica, milenarista. En cada individuo se repite el misterio de la redención, de la desencarnación y espiritualización, que consiste en derribar la dimensión de los sentidos, de la carnalidad, a través del sufrimiento autinfligido, y edificar, en cambio, la vida auténtica y real como una imitación de contenido teorético, contemplativo, una mirada descorporeizada del Cristo, pasando de la Cruz a la Hostia, de la Pasión al Pan infinitimante multiplicado y repartido. En ella el espíritu del místico se en-alma, no encarna, mientras que el drenaje progresivo de la sangre como símbolo de la vitalidad material se compensa con la autocontemplación del yo en su biografía hacia el destino transfigurado del éxtasis, donde se anulan los límites entre el alma y el Esposo, pues es ya el cuerpo imagen sangrante del Crucificado y el alma copresencia sentida en el Paraíso.Toda la vida del místico queda así transportada a la categoría de re-figuración o avatar de la vida de Jesús, en la cual confluyeron todos los haces de la Historia particular de cada ser humano para reconfigurarse como Logos, como poiesis, en términos aristotélicos, como verdad general y de valor universal. En Teresa de Ávila conluyen, pues, de nuevo, como en el Redentor, todas las líneas del tiempo histórico hasta des-historizarse en el instante absoluto. Y en el libro de la Vida.
viernes, 19 de febrero de 2010
Ojo por ojo
Siempre ha sido controvertido el significado real de la ley del talión. ¿Se ampara en el Antiguo Testamento la venganza? ¿Hasta qué punto la ley nueva de Cristo abole, corrige o supera el antiguo principio de justicia privada? No podemos escapar por la vía fácil de la ausencia de fe: la inexistencia de Dios en nada alteraría, en realidad, el fondo moral de la cuestión.
Suele decirse que el resultado de aplicar el ojo por ojo no es justicia para la víctima inicial, sino doble pérdida. Que no se repara nada mutilando al mutilador. Al contrario, se añade una mutilación que incrementa la infelicidad y multiplica la desazón, pues ni la víctima ni el represaliado remontan necesariamente, ni mucho menos, hacia la aceptación y la superación, por el hecho desnudo de ver cumplida la venganza o de recibir el castigo equitativo.
El que a hierro mata, a hierro muere: ¿imperativo o constatación? Ciertamente, esta frase debe observarse a la luz de lo que Jesús obra mientras la pronuncia. Corta la violencia de Pedro y repara la herida, milagrosamente. Creamos o no el relato, sitúa claramente el mensaje en una vuelta al momento anterior al pecado de la agresión, pues suprime tanto la presencia del arma como la consecuencia sangrienta de su uso por parte, además, del que será la piedra en la que se funde la Iglesia terrenal de Cristo.
He aquí el talión del Nazareno: vaina para la espada, cura para la herida. Se corta así la cadena de agresiones y represalias, se repara la mutilación de la víctima. Es el perdón, en realidad. Aplicar la revancha no solo incrementa la violencia, además hace crecer la culpa, corrompe al inocente, desata la espiral del mal y empobrece el destino de todos. No es solo que la vieja ley sea ineficaz, por más que sus raíces se hundan, oscuramente, en un instinto de muerte o, como máximo, de frágil supervivencia. Es que extiende en la superficie de la tierra la mancha de la sangre, vertida inútilmente.
Basta con la sangre del Cristo. En ella no solo se purgan los pecados de los agresores, sino que en ella también debe saciarse la sed enfermiza de venganza. Solo el perdón puede derramar una luz inextinguible en todas las creencias, en todas las ideologías, en todos los ojos que sinceramente quieran abrirse a lo humano.
Suele decirse que el resultado de aplicar el ojo por ojo no es justicia para la víctima inicial, sino doble pérdida. Que no se repara nada mutilando al mutilador. Al contrario, se añade una mutilación que incrementa la infelicidad y multiplica la desazón, pues ni la víctima ni el represaliado remontan necesariamente, ni mucho menos, hacia la aceptación y la superación, por el hecho desnudo de ver cumplida la venganza o de recibir el castigo equitativo.
El que a hierro mata, a hierro muere: ¿imperativo o constatación? Ciertamente, esta frase debe observarse a la luz de lo que Jesús obra mientras la pronuncia. Corta la violencia de Pedro y repara la herida, milagrosamente. Creamos o no el relato, sitúa claramente el mensaje en una vuelta al momento anterior al pecado de la agresión, pues suprime tanto la presencia del arma como la consecuencia sangrienta de su uso por parte, además, del que será la piedra en la que se funde la Iglesia terrenal de Cristo.
He aquí el talión del Nazareno: vaina para la espada, cura para la herida. Se corta así la cadena de agresiones y represalias, se repara la mutilación de la víctima. Es el perdón, en realidad. Aplicar la revancha no solo incrementa la violencia, además hace crecer la culpa, corrompe al inocente, desata la espiral del mal y empobrece el destino de todos. No es solo que la vieja ley sea ineficaz, por más que sus raíces se hundan, oscuramente, en un instinto de muerte o, como máximo, de frágil supervivencia. Es que extiende en la superficie de la tierra la mancha de la sangre, vertida inútilmente.
Basta con la sangre del Cristo. En ella no solo se purgan los pecados de los agresores, sino que en ella también debe saciarse la sed enfermiza de venganza. Solo el perdón puede derramar una luz inextinguible en todas las creencias, en todas las ideologías, en todos los ojos que sinceramente quieran abrirse a lo humano.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Una carta, sobre Jesús de Nazaret
Me preguntó mi amiga Elena, un día, sobre Jesús, si era, como acababa ella de leer, un guerrillero. No sé por qué, pero, de repente, al dejar la conversación me dio por escribirle ideas que me iban viniendo sobre Jesús. Y le envié una carta en verso libre, así escrita, al tuntún, pero con el corazón en la mano. Ahora pienso, al releerla, que puede ser interesante para alguien más, y la doy tal cual en este espacio mestizo y multiforme. No es una profesión de fe, ni mucho menos, ni tampoco una renuncia a saber del personaje histórico. Es simplemente un texto escrito en otro plano, desde el que aún me parece rescatable el cristianismo como un bien común de nuestra cultura, más allá de las creencias y fidelidades de cada cual.
Elena, es un rumor de sombras
diversas las que se disputan
el rostro ambiguo de Jesús,
su mirada
dulce,
como su voz que desde el monte
lanzaba bienaventuranzas a los afligidos.
Dichosos los pobres de corazón,
decía,
porque ellos tendrán riquezas en el cielo;
los perseguidos
por causa de justicia,
que ante el Señor serán justificados.
Los que sufren, bienaventurados serán,
y los hambrientos y sedientos de justicia,
dichosos, porque el Buen Padre
saciará para siempre su apetito
con la carne mortal que yo os entrego
y la sangre que vierto
hasta la última gota por salvaros.
Se hacía llamar, Elena,
Hijo del Hombre,
y predicaba amor
y confianza
en el Padre del Cielo que nos diera
el ser, decía,
que modelando con sus manos
la triste marioneta ilusa,
que sostiene
las almas inmortales en la Tierra
sopló su espíritu para infundirnos
este sabernos vivos y tentados
de dicha y dignidad
de humana redención y vida.
Pero en los mismos evangelios
otra corriente extiende su murmullo
bajo la superficie
de este Jesús de ojos limpios y amorosos.
La espada del buen Pedro,
el látigo con que arrojara
los pobres mercaderes desde el Templo.
"He venido a traer la espada,
la astucia de serpiente, la madre
a separar del hijo y del esposo
la esposa misma." Tales cosas
decía y maldecía a la higuera
por no ofrecerle fruto
aun fuera de sazón.
Un hombre de impaciencia, con la mirada
exhausta de perdón y en cambio llena
de feroz exigencia, de un incendio
de llamas destructivas, de violencia.
Tantos son, pues, los cuerpos
para que imaginemos que encubrían
el alma misteriosa
del joven galileo, o nazareno...
Pero no es, querida Elena,
el cuerpo lo que importa, no son
los huesos de judío levantisco
que contra el reino injusto
de Herodes alzó el fuego de su cólera.
No es su carne,
sin duda devorada
bajo la misma cruz por perros y aves negras.
Ni es la sangre, exhausta y derramada
por espinas y látigos y lanzas
lo que podrá saciar la sed que acecha
dentro de nuestras almas solitarias.
Sed de bondad,
de ver siempre en los ojos
de las personas el reflejo
de un cariño infinito, inexplicable.
Hambre de amor,
de abrazar en los niños la perfecta
encarnación de lo que humano
por dentro nos escuece, dulcemente.
Eso es Jesús, no el rostro del dolor tan solo,
no tan solo el perdón en la agonía,
ni siquiera el perdón de nuestras faltas,
imperdonablemente repetidas.
Jesús es lo que queda
al desnudar de muerte el alma,
es el fondo en que ansiamos ser humanos
de una manera que a la vez asusta,
porque está llena de divinidad, de vida.
Y es esa eternidad de cuanto bueno
alienta el corazón con que nacemos.
Por eso lo llamamos
Hombre y Dios a la vez,
al Nazareno,
a esa imagen que sufre y que bendice,
que muere en los pecados y en la muerte,
que nace en la alegría que da amarnos
los unos a los otros
desde el latido hondo de la vida,
que es cuanto los mortales poseemos.
Ese es Jesús, Elena, y lo buscamos
todos en el amor,
en las caricias,
en la sonrisa y la canción,
en la tristeza,
en el rostro de Buda, entre los pliegues
de las ropas de Gandhi o de Teresa
por las callejas de Bombay entre leprosos.
Y, sabes, a veces vuelve
a la tierra y nos nace en nuestros hijos
que duermen sin saber que los velamos
temiendo por su vida tan pequeña.
Y es una Navidad que se repite
en los besos de amor a boca llena,
en la tristeza
con que despedimos
la marcha de las gentes que se apagan.
Qué importa entonces
si el hijo de José fue un carpintero,
o un guerrillero contra Roma. Qué importa.
Vive en nosotros para siempre,
es esta eternidad tan transitoria
que se rompe en la muerte y sin embargo
late por dentro de los ojos
de los que nos amaron
y harán saber de amor a los que nazcan.
Elena, es un rumor de sombras
diversas las que se disputan
el rostro ambiguo de Jesús,
su mirada
dulce,
como su voz que desde el monte
lanzaba bienaventuranzas a los afligidos.
Dichosos los pobres de corazón,
decía,
porque ellos tendrán riquezas en el cielo;
los perseguidos
por causa de justicia,
que ante el Señor serán justificados.
Los que sufren, bienaventurados serán,
y los hambrientos y sedientos de justicia,
dichosos, porque el Buen Padre
saciará para siempre su apetito
con la carne mortal que yo os entrego
y la sangre que vierto
hasta la última gota por salvaros.
Se hacía llamar, Elena,
Hijo del Hombre,
y predicaba amor
y confianza
en el Padre del Cielo que nos diera
el ser, decía,
que modelando con sus manos
la triste marioneta ilusa,
que sostiene
las almas inmortales en la Tierra
sopló su espíritu para infundirnos
este sabernos vivos y tentados
de dicha y dignidad
de humana redención y vida.
Pero en los mismos evangelios
otra corriente extiende su murmullo
bajo la superficie
de este Jesús de ojos limpios y amorosos.
La espada del buen Pedro,
el látigo con que arrojara
los pobres mercaderes desde el Templo.
"He venido a traer la espada,
la astucia de serpiente, la madre
a separar del hijo y del esposo
la esposa misma." Tales cosas
decía y maldecía a la higuera
por no ofrecerle fruto
aun fuera de sazón.
Un hombre de impaciencia, con la mirada
exhausta de perdón y en cambio llena
de feroz exigencia, de un incendio
de llamas destructivas, de violencia.
Tantos son, pues, los cuerpos
para que imaginemos que encubrían
el alma misteriosa
del joven galileo, o nazareno...
Pero no es, querida Elena,
el cuerpo lo que importa, no son
los huesos de judío levantisco
que contra el reino injusto
de Herodes alzó el fuego de su cólera.
No es su carne,
sin duda devorada
bajo la misma cruz por perros y aves negras.
Ni es la sangre, exhausta y derramada
por espinas y látigos y lanzas
lo que podrá saciar la sed que acecha
dentro de nuestras almas solitarias.
Sed de bondad,
de ver siempre en los ojos
de las personas el reflejo
de un cariño infinito, inexplicable.
Hambre de amor,
de abrazar en los niños la perfecta
encarnación de lo que humano
por dentro nos escuece, dulcemente.
Eso es Jesús, no el rostro del dolor tan solo,
no tan solo el perdón en la agonía,
ni siquiera el perdón de nuestras faltas,
imperdonablemente repetidas.
Jesús es lo que queda
al desnudar de muerte el alma,
es el fondo en que ansiamos ser humanos
de una manera que a la vez asusta,
porque está llena de divinidad, de vida.
Y es esa eternidad de cuanto bueno
alienta el corazón con que nacemos.
Por eso lo llamamos
Hombre y Dios a la vez,
al Nazareno,
a esa imagen que sufre y que bendice,
que muere en los pecados y en la muerte,
que nace en la alegría que da amarnos
los unos a los otros
desde el latido hondo de la vida,
que es cuanto los mortales poseemos.
Ese es Jesús, Elena, y lo buscamos
todos en el amor,
en las caricias,
en la sonrisa y la canción,
en la tristeza,
en el rostro de Buda, entre los pliegues
de las ropas de Gandhi o de Teresa
por las callejas de Bombay entre leprosos.
Y, sabes, a veces vuelve
a la tierra y nos nace en nuestros hijos
que duermen sin saber que los velamos
temiendo por su vida tan pequeña.
Y es una Navidad que se repite
en los besos de amor a boca llena,
en la tristeza
con que despedimos
la marcha de las gentes que se apagan.
Qué importa entonces
si el hijo de José fue un carpintero,
o un guerrillero contra Roma. Qué importa.
Vive en nosotros para siempre,
es esta eternidad tan transitoria
que se rompe en la muerte y sin embargo
late por dentro de los ojos
de los que nos amaron
y harán saber de amor a los que nazcan.
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