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viernes, 22 de noviembre de 2013

El deseo en silencio

No hay, no puede haber en el silencio otra máquina oculta que la de contar la propia muerte. Es ansia de vacío, dolor oscuro que se afila como una luz voraz, como una hoz hambrienta para desguazar el fin, estructurar después sus fragmentos, intensos y desnudos, en un esqueleto rotundo que les dé apariencia de cuerpo y, además, qué cosas, todo el volumen del anhelo. Es esa necesidad de hundir en la tierra imaginada de la propia tumba todo el ardor cristalizado, la memoria que sangra entero el placer, como una lava que desconsideradamente cuaja en un sueño mineral rabiosamente incandescente. Esa es la piel interior, la caricia secreta del escondrijo donde las palabras escamotean su sonido, se agachan, como sombras sedientas, como almas deshuesadas y lascivas, en una quietud expectante, tenebrosa, y pasean suavemente sus manos por el sinsentido ausente de la herida que ha olvidado su cicatriz: como el lobo olvida, en la oscuridad, el resplandor envolvente de la respiración materna, cuando sus pasos, bailables y sedosos, escupen en la nieve la terca mansedumbre del deseo.

martes, 13 de julio de 2010

Cristal y boca

Busco a tientas tu voz en el reflejo
que devuelve la sal de la memoria:
tacto de espera estéril,
tierra de surco amargo,
flor de pétalos mudos y resecos.

Es a menudo, sin embargo,
vorazmente húmedo el silencio,
densas, flexibles
las sombras y las cumbres.
Escalamos
desesperadamente,
y un instante sentimos
la dulzura,
la presencia jugosa del deseo.

Vuelvo a besarte ahora,
en el perfil que dictan los espejos
cautivos de tu huella,
de la distante ausencia de tu boca.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Por contestar a Gil de Biedma, también en el desamor

No dejaste siquiera,
lo sabes bien y debes admitirlo,
la sombra agria
de tu silencio sucio
fundida en los labios agrietados del olvido.

Solamente un espacio
humillado y vacío, una carencia débil,
un alimento
hecho de besos corrompidos.
La bebida letal e indiferente,
el dolor áspero de noches dilatadas.

Quiero tus manos, sin embargo,
quiero de nuevo
su olor a humo y a deseo;
las palabras traidoras, emboscadas
en tu boca
que atareada, suavemente,
acaricia mi sexo
hasta el abrupto nácar desbocado.

Esta memoria, lánguida y errante,
un camino cegado de maleza,
mánchala tú de nuevo
con las huellas profundas,
con la luz arrasada
del amor rebosado,
ese hermano
lascivo y frío de la muerte.