domingo, 28 de febrero de 2010

Ciegas esperanzas



La letra, en griego y en inglés.

Inmigración en la Enseñanza Secundaria

En un documento publicado hace unos años hacía un repaso sistemático de los nuevos riesgos --o retos, si se quiere ser optimista-- a los que se enfrenta la enseñanza secundaria. Señalaba entonces como un problema capital la creciente y masiva inmigración y la deficiente e improvisada estructura con la que se acoge este aporte de población, de múltiple procedencia geográfica y extremada diversidad cultural. A nadie se le escapa que los institutos no solo se han transformado ya irreversiblemente en cuanto a homogeneidad de alumnado, sino que arrostran, además, problemas graves de aculturación masiva e incapacidad creciente para mantener un cierto nivel en la formación, carentes de recursos suficientes y ahogados en la larga y destructiva crisis de fondo causada por la LOGSE.

Si la enseñanza primaria puede aún conseguir cierta integración en edades tempranas, la secundaria acoge individuos ya adolescentes, faltos muchas veces de cultura escolar, de hábitos de socialización, de control familiar eficaz y en una edad más proclive a la rebeldía, nada desautorizada en el contexto frecuente de permisividad e indisciplina.

Nuestros institutos, es cierto, no son exactamente laboratorios, en los que podamos obtener experimentalmente conclusiones válidas sobre la sociedad que se va configurando como resultado de la interacción entre autóctonos e inmigrados de procedencias diversas. Son excesivos los factores de distorsión como para otorgar fiable representatividad a las observaciones saltuarias y sesgadas, recogidas inevitablemente al azar, que todos acumulamos en nuestro recorrido por aulas y pasillos, queramos o no.

En efecto, nuestra mente continuamente trabaja sobre las representaciones teóricas previas, ya sea para añadir motivos al desaliento, si albergamos planteamientos catastrofistas, ya sea para reconfigurar la red de conceptos en la que clasificamos percepciones y conformamos valoraciones. En todo caso, cierta autoridad tiene que conferir la experiencia directa de la difícil convivencia en los centros de secundaria. Somos testigos de un proceso continuo, aunque carezcamos de la capacidad de emitir veredictos o profecías plausibles. Nuestras reflexiones, pues, son testimonios que incorporar al proceso, no tanto sentencias o condenas anticipadas.

En este sentido, podemos afirmar que los institutos no son capaces, ni pueden serlo, de producir una maqueta a escala de una sociedad equilibrada y democrática, respetuosa y capaz de albergar al individuo en un contexto de proyección y posibilidades. Son, por el contrario, instrumentos de contención de la conflictividad social, desprovistos casi por completo de su originaria función formativa de individuos libres, conocedores y responsables. Pueden, tal vez, obtener cierta representación de mínimos de convivencia, pero esa imperfecta y siempre insatisfactoria tarea les convertirá en radicalmente incapacitados para promover al máximo la potencialidad de cada persona. Se ha confundido la accidentalidad de la convivencia con el objetivo definitorio de la enseñanza, que no es la socialización, sino la sustancial mejora y formación de cada ser humano por separado. No es extraño que, en aquellas sociedades en las que el individuo conserva una fuerte identidad de célula básica de la democracia, el fracaso del pedagogismo socializante y mediocre haya provocado la expansión de la escolarización casera como alternativa voluntarista y desafiante al socialismo instintivo de lo políticamente correcto.

Hay, en efecto, una idea espuria y en expansión que enfatiza el carácter comunitario de los centros educativos, con daltónico y deliberado olvido de su función de instruir individuos para que elijan por sí mismos la forma de participación, en la sociedad real, que ellos elijan responsablemente. Una comunidad requiere del asentimiento y aceptación de normas y objetivos por sus miembros, que voluntariamente se aíslan del cuerpo social. A tal definición responden los monasterios, e incluso podría argüirse que ciertos campus universitarios, aislados y concebidos como para-ciudades, podrían encajar parcialmente en tales presupuestos. Los estudiantes profesionales del reenganche y la permanencia suspensiva, los clásicos bohemios de antaño, hogaño revestidos de coartadas ideológicas, no en vano acaban por exigir crecientes capacidades rectoras en el gobierno de tales instituciones. Profesionalizan su naturaleza de hermanos legos que permanecen ad kalendas graecas en la sopa boba de los gobiernitos universitarios. Sobre este modelo de la llamada participación estudiantil, de rancia tradición asamblearia tardofranquista, se concibe la presencia de los alumnos en los consejos escolares. Un elemento más para proyectar sobre el educando la equívoca concepción de que es capaz de decidir cómo debe organizarse su acceso y asunción del conocimiento.

Pero este modelo, claramente irreal y deslegitimador de la autoridad del profesorado, que ya ha producido deletéreos efectos cuando los institutos albergaban una población homogénea, acaba de resultar terriblemente disparatado con la llegada de núcleos numerosos de alumnos inmigrados. Reproducen y aumentan, efectivamente, el discurso de legitimación del capricho infantil como criterio de aprendizaje, pero acogiéndolo como axioma de cada grupúsculo identitario. Así la cacareada integración genera, en realidad, al conjugarse con el infantilismo constructivista, una estructura de compartimentos estancos. Como el sistema no ofrece al individuo una proyección personal de calidad, éste se repliega en su grupúsculo de proximidad racial o cultural, que se convierte en un valladar intraspasable para ser captado hacia el conocimiento emancipador y personalizador. Si además añadimos la desestructuración familiar y la carencia de una sociedad íntegra en la que relacionarse, resultará que no pasará mucho tiempo antes de que los adolescentes inmigrados reproduzcan en los institutos formas alternativas de socialización y creación de estructuras parafamiliares: bandas, maras, clanes... grupos de muchachos magrebíes, que ambicionan la feminidad occidental, visible y tentadora, y reafirman su autoridad imponiendo el velo a sus muchachas... Todo este ámbito de creación y fortalecimiento de microsociedades adolescentes, incomunicadas y cerradas al rescate del individuo, altera la naturaleza de la institución escolar, transmutada en un criadero de cárceles grupales bajo la vergonzante coartada del multiculturalismo y su atroz efecto disgregador.

Y evidentemente ello no es necesario. Ni mucho menos inevitable. Si las edades entre los 15 y los 17 años no se vieran obligadas a sestear su intelecto y capacidades en un sistema de tolerancia enfermiza e inactividad galopante, si cada muchacho, cada muchacha pudiera optar por soluciones satisfactorias que le abrieran el horizonte claro de proyección por el estudio o a través de una auténtica formación profesional, los resultados de integración real y mejora individual serían enormemente más altos. La sociedad resultante, mucho más sana y desprovista de rencores y rencillas de matriz adolescente. Y la realización plena del individuo, una garantía para mantener las diferencias de creencia o cultura en el ámbito privado, en el que un ciudadano responsable e independiente puede controlar y manejar sus claves culturales sin verse sometido o esclavizado a manieristas fundamentalismos y gregarismos delicuenciales.

No es, pues, la inmigración sino una manifestación más del terrible y trágico error del dogma constructivista y comprensivista. Nuestros institutos no podrán resistir, con dignidad docente, esta situación, si las leyes no se reforman radicalmente. Es decir, no podrán, puesto que tales reformas, de llegar, cosa casi imposible, llegarían demasiado tarde. Hará falta una generación, o más, para que los inmigrantes o sus hijos demanden y obtengan auténtico acceso a una formación de calidad que les permita escalar socialmente. Mientras acepten las cuentas de vidrio logsero a cambio del oro de su fuerza de trabajo, el racismo real seguirá siendo uno de los rasgos definitorios de las sociedades que se autotitulan de progresistas e inclusivas. Y nosotros, antes profesores, nos convertiremos en los capataces y cultivadores, progres y asistenciales, de los nuevos esclavos importados.

sábado, 27 de febrero de 2010

Amarte

Tú pones siempre,
y qué destreza,
la boca de tu ausencia densa
como una sombra avariciosa
sobre la vid deshabitada de los besos.
Oscura suavidad resbala
lentamente y despoja
mis ojos de la luz,
y me reduces, vida mía,
la soledad de abril a espuma blanca,
a voces embriagadas, temblorosas,
huérfanas como estrellas derrotadas.
Vienen después hasta mi boca,
como ángeles dormidos,
tus labios ágiles y exhaustos.
Con besos exiliados
fortificas mis párpados
de mar ambiguo y muerte dulce,
inexpugnablemente.
Y es la copa vacía lo que duele
como una espada tibia
en la herida de amarte eternamente.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Maestros vs. Profesores. Occidente y multicultura.

Para justificar la pretendida inferioridad de los profesores de bachillerato respecto de los maestrosde primaria, se da por supuesta la superioridad de los métodos empleados en las escuelas y se aduce la mayor actualidad de tales recursos. Según tal argumentación, un profesor estándar de bachillerato está menos equipado que un maestro para producir aprendizaje en adolescentes actuales. Implícitamente se nos obliga a aceptar asertos que están lejos de ser evidentes: que la llamada pedagogía asegura la eficacia y actualidad, que la mente humana actual aprende de manera distinta a las mentes antiguas, que la innovación constante en prácticas docentes es preferible a la experiencia como fuente de recursos, ya que cada generación de adolescentes son distintos a sus antecesores en las aulas. Curiosamente, sin embargo, este saber más moderno y actual no se genera en la experiencia directa, sino en las lucubraciones de técnicos universitarios cuyas ideas, confrontadas ya durante más de una decada con la realidad, han producido los resultados decepcionantes que todos conocemos. No las han movido ni un milímetro, sino que siguen aferrados a su modelo de constructivismo, que es un apriori indemostrable y además infértil y destructivo.

Podemos negar la evidencia. Podemos decir que la caída de nivel responde a un prejuicio antiguo, a que no sabemos percibir los valores nuevos de unos saberes desestructurados y dispersos, producto del mundo audiovisual y de la interacción social desjerarquizada. En la sociedad que nace a nuestro alrededor, se diluyen definitivamente los centros fijos de referencia, tradiciones cerradas o códigos culturales. Ocupamos una especie de tierra de nadie, en la que el individuo construye continuamente su identidad por transferencias horizontales entre elementos equivalentes, sin escalas preconcebidas ni sistemas axiomáticos. La imagen de la moda cambiante y abierta a los flujos de culturas exóticas o a la originalidad extrema de los llamados creadores, nos ayuda a extrapolar este estado de cosas para situar al individuo en un plano de continua apertura a los estímulos externos. De poco le sirven las pautas de respuestas aprendidas de sus mayores, pues su estar en el mundo no es un ser dentro de un conglomerado heredado de referencias, sino una errabunda juventud artificialmente prolongada, que es la imagen dominante de la felicidad o logro individual. Los jóvenes no pretenden seguir modelos fijos: pintor, investigador, electricista... Se sienten identificados no en el trabajo, que es repetitivo y coagulante, sino en el ocio y el intercambio anárquico de sentimientos, en el flujo de un diálogo continuo entre iguales, no precisado de la presencia del otro, sino permanentemente a mano gracias a los chats o los teléfonos móviles. De ese modo llega incluso a borrarse el contorno del yo, pues los contactos, no visibles y usuarios de un lenguaje telegráfico y taquigráfico jergal, no solo son entes despersonalizados e intercambiables, sino que acaban por diluir el yo de quien se nivela así y se sitúa como alguien "disponible". Hay un horror personae, un pánico a cerrarse como individuo dotado de convicciones y de una autoimagen más o menos reconocible por sus mayores. Ese no saber qué se quiere ser es evidentemente una aceptación de la imagen que la sociedad actual espera de los jóvenes, obligados a vagabundear por largo tiempo sin hallar vivienda propia ni trabajo fijo. El yo entonces se refugia en el ocio, en el no hacer. Y la ecuación de escuela=trabajo es demasiado evidente para evitarla. Despreocuparse de las enseñanzas de los adultos, dependientes de un sistema de pensamiento jerarquizado, progresivo y estructurado, supone una aceptación instintiva del papel que se les reserva. Y no hacer deberes, una pretendida rebeldía que en realidad refuerza la sensación de falsa libertad que un joven pre-pensante puede autodevolverse.

¿Qué propone la pedagogía constructivista? Hallar la nuez del individuo e ir construyendo capas sobre ese pretendido centro. Metodológicamente, estimular su percepción audiovisual con contenidos inanes para acabar confundiendo la distracción con la aprehensión conceptual. Es decir, es un modelo sensorial y sentimental, motivador a través del fondo irracional, de la incapacidad de escapar a los estímulos sensoriales más primarios que los homines non cogitantes de hoy en día padecen. No hay apelación al pensamiento. Todo lo que suponga un esfuerzo de introspección queda orillado, arrumbado. Matemáticas, filosofía, gramática... la abstracción es condenada a las tinieblas exteriores, postergada, lanzada a la universidad como máximo. Y es un error de proporciones terribles, pues del mismo modo que el lenguaje ha de aprenderse antes de una determinada edad para poder después desarrollarse con normalidad, el pensamiento abstracto que no es estimulado en la adolescencia luego resulta imposible de adquirir con plenitud en la madurez. Y no otra era la función del bachillerato. Proporcionar en la edad pertinente el orden y practicidad de los saberes (especialismo, cientifismo), la imagen de los valores y explicaciones del mundo tradicionales (religión, ética, filosofía), la aculturación consciente (historia, humanidades) y no inercial. Si aceptamos el constructivismo, si creemos en la incapacidad de los adolescentes de hoy día para recibir las enseñanzas que nos han sido confiadas y las substituimos por estímulos desordenados y superficiales, probablemente estaremos propiciando una ruptura cultural de dimensiones difíciles de prever. Antes o después habrá una reacción. No podemos estar seguros si en términos de un "renacimiento", de vuelta a las claves clásicas del llamado Occidente (y no me refiero a la Antigüedad necesariamente, es posible que Grecia y Roma hayan agotado su capacidad de devolver a Occidente una autoimagen proyectable como desideratum). Es posible que la imagen pendular de las oscilaciones históricas no se pueda mantener para explicar la evolución de sociedades multiculturales, con tempos y evoluciones muy diversos en su seno, solo unificado como mercado y espacio económico.

Está claro, pues. No es solo una lucha profesional entre maestros y profesores. Es un combate entre los que creen en Occidente como un patrimonio transmisible y respetable para las generaciones actuales y los que piensan que inevitablemente se disolverá en una sociedad de individuos de perfil impredecible, con lealtades ideológicas múltiples, identidades sexuales o raciales adquiridas en el espejismo de la libertad... No sabría muy bien hallar un equilibrio entre ambas cosas. Amo la tradición occidental en tanto que emancipadora, pero el modelo "progre" de libertad me parece poco liberador; al contario, es mucho más esclavizador, somete a un amplio muestrario, eso sí, de identidades difusas, no construidas por el yo, sino por el flujo de las modas y los poderes económicos más o menos ciegos o despersonalizados e incontrolables democráticamente. A ver si al final la llamada derecha va a ser la heredera histórica de la emancipación del individuo... Qué ironía.

viernes, 19 de febrero de 2010

Ojo por ojo

Siempre ha sido controvertido el significado real de la ley del talión. ¿Se ampara en el Antiguo Testamento la venganza? ¿Hasta qué punto la ley nueva de Cristo abole, corrige o supera el antiguo principio de justicia privada? No podemos escapar por la vía fácil de la ausencia de fe: la inexistencia de Dios en nada alteraría, en realidad, el fondo moral de la cuestión.

Suele decirse que el resultado de aplicar el ojo por ojo no es justicia para la víctima inicial, sino doble pérdida. Que no se repara nada mutilando al mutilador. Al contrario, se añade una mutilación que incrementa la infelicidad y multiplica la desazón, pues ni la víctima ni el represaliado remontan necesariamente, ni mucho menos, hacia la aceptación y la superación, por el hecho desnudo de ver cumplida la venganza o de recibir el castigo equitativo.

El que a hierro mata, a hierro muere: ¿imperativo o constatación? Ciertamente, esta frase debe observarse a la luz de lo que Jesús obra mientras la pronuncia. Corta la violencia de Pedro y repara la herida, milagrosamente. Creamos o no el relato, sitúa claramente el mensaje en una vuelta al momento anterior al pecado de la agresión, pues suprime tanto la presencia del arma como la consecuencia sangrienta de su uso por parte, además, del que será la piedra en la que se funde la Iglesia terrenal de Cristo.

He aquí el talión del Nazareno: vaina para la espada, cura para la herida. Se corta así la cadena de agresiones y represalias, se repara la mutilación de la víctima. Es el perdón, en realidad. Aplicar la revancha no solo incrementa la violencia, además hace crecer la culpa, corrompe al inocente, desata la espiral del mal y empobrece el destino de todos. No es solo que la vieja ley sea ineficaz, por más que sus raíces se hundan, oscuramente, en un instinto de muerte o, como máximo, de frágil supervivencia. Es que extiende en la superficie de la tierra la mancha de la sangre, vertida inútilmente.

Basta con la sangre del Cristo. En ella no solo se purgan los pecados de los agresores, sino que en ella también debe saciarse la sed enfermiza de venganza. Solo el perdón puede derramar una luz inextinguible en todas las creencias, en todas las ideologías, en todos los ojos que sinceramente quieran abrirse a lo humano.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Tu nombre envenena mis sueños

Tu nombre me reseca los labios.
Sabe a moneda, a cobre sucio.
El deseo me abre
como un cuchillo ágil
la piel sedosa del silencio.
Fuego que hiere,
rayo de muerte derretida,
cristal sediento, augurio,
entraña negra de sangre derrotada.
Toma mi boca
en tus labios de sombra;
aprisiona, amor mío,
luego en ellos mi sexo, dulcemente.
Oh noche amable, donde vuela
tu mecánica lengua enfurecida,
noche de lodo y lago,
mojada en la ambición oscura de los besos.
Tu nombre, amor,
siempre tu nombre,
esta asfixia de sequedad inexorable,
de placer vivo y terso
suavemente amoldado a la memoria.

martes, 16 de febrero de 2010

Palabras de entonces

Dejo ahora ya tendidos
los cuerpos de todas las palabras
que me ofreciste,
lo recuerdas,
como palomas aquel día.
Rodeaban tus brazos
mi cuello y anidaba
tu enamorada voz
nieves de espuma nueva
en la quietud de fuego de mi boca.
Qué negra flor de luz espesa
fue tu lengua después,
mientras ponías
sabor de nácar y agua viva
en mi sombra de hielo. Cuánto tiempo
dejarán en el aire
lenta bruma de tiempo y de memoria.
Cuándo será que vuelvas, amor mío,
a dejar junto a ellos solamente
la flor que al fin nos es a ti y a mí debida.

lunes, 15 de febrero de 2010

En tu voz

Mi corazón vive en tu voz.
Ese es su espacio:
la calma, a veces, con la que contabas
los días, recostados en silencios,
y otras veces, en cambio,
la fulminante luz con que sonríes,
cuando muestras,
seguro que aún lo haces,
el tobogán voraz de tu alegría.

Vive en tu voz,
aunque no pueda oírte
hace ya tiempo;
tanto, que siento algunas veces
el fuego de una eternidad adolescente,
el vacío de sombras adheridas
a tu palabra,
ahora apagada
como una hoguera tristemente muerta.

En tu voz vive
mi corazón,
pues la recuerdo, siempre:
una puerta que se abre, libre,
un pedazo de cielo recortado
entre tus labios, dulces y precisos.

La primavera exacta de tus besos
parecía asomarse
cuando me hablabas,
y prometías, siempre,
amarme hasta la noche
imposible y callada de perderte.

Este cielo exiliado en el que lucen,
como aves estáticas,
los recuerdos, oscuros, de tu voz.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El fraude del marxismo

Los grandes hitos del pensamiento de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX se caracterizan por redefinir la categoría de persona como base del pensamiento ético y político. Schopenhauer, Nietzsche, Freud, incluso Marx, tratan de superar el Humanismo rencentista, de cuño clásico, que había recorrido prácticamente sin crítica la filosofía de la Modernidad. Del Siglo de las Luces ha emergido un nuevo afán por redescubrir el ser humano, abordándolo desde nuevas perspectivas y anexionando territorios nuevos en la inacabable exploración, para fundamentar nuevos modos de imaginar, e incluso profetizar, el orden político al que la Historia parece conducirnos.

Importa, en definitiva, bien poco que esas profecías se basen en una teoría del valor en el sentido económico como palanca para transformar la Historia, aun desde el ambiguo augurio de que dicha transformación es ineluctable. ¿Dónde queda, en efecto, la indeterminación o libertad personal del pensador alemán? Si la mutación del capitalismo al socialismo es el destino de la Historia, ¿qué sentido tiene tomar parte activa en este proceso, de no ser que Marx en el fondo se conciba a sí mismo como un agente histórico de primer orden, una especie de profeta del materialismo científico, no demasiado alejado de las figuras del Antiguo Testamento? Tendríamos que recurrir a un bucle hegeliano, para explicar que la misma personalidad de Marx es fruto de la astucia de la razón, de las contradicciones sociales que él transforma en conciencia crítica, luego incrustada en la conciencia de clase del proletariado como combustible del proceso.

El hecho, en definitiva, es que el ser humano es concebido como un prisionero de su pertenencia de clase, de la cual se ha de emancipar superando la lucha que lo arrastra en su devenir contradictorio. Postular como alcanzable el equilibrio en la sociedad comunista supone proyectar un ideal humano solo realizable en un ordenamiento social donde la alienación sea imposible, donde el valor de las cosas no resida en su potencialidad de mercado, sino en su directa inserción en la necesidad que tratan de cubrir. El hombre comunista es un ser carente de deseos no predecibles, es una suerte de conciencia mecánica que produce bienes para satisfacer necesidades planificadas propias o ajenas, sin albergar expansión o invención alguna del deseo, como una realidad cuya satisfacción pueda aplazarse y acumularse en forma de capital. Es un engranaje en una máquina gigantesca de ingeniería, que aporta sus capacidades para obtener a cambio satisfacción de sus necesidades, que deben ser, por definición, homólogas a las de sus semejantes. No hay, pues, creación, innovación, sino ciclo, repetición. El individuo deja de ser tal para convertirse en un mero avatar de lo Humano. No existe en el comunismo posibilidad de obrar mal, de elegir, pues toda elección deviene irrelevante. La persona está constreñida a la virtud, entendida como el perfecto encaje de lo particular en el nicho prediseñado de lo social. Evidentemente la utopía comunista puede afirmar que dicha mecanización del trabajo no es una deshumanización, sino al contrario: se trata de la necesaria supresión del deseo, profundamente perturbador, en el ámbito de la producción para reordenar la vida especializando la parte irracional o creativa en lo que podríamos llamar tiempo de ocio. Bien es verdad que divorciando el deseo del negocio, ahora imposible en términos de lucro personal, impedimos la pretendida explotación laboral, pero no es menos cierto que atribuimos a la persona una capacidad de disociación de la conciencia que no parece casar con ninguna realidad histórica conocida. Creatividad y economía no tienen por qué concebirse como entidades incompatibles: es más, si analizamos el pasado, encontraremos que las grandes innovaciones tecnológicas se entrelazan con las transformaciones sociales de tal modo que se hace muy apriorístico atribuir el papel de causa única de los cambios a la propiedad de los medios de producción, ya que la llamada producción no opera siempre de la misma manera ni aporta siempre soluciones a las mismas necesidades, sino que éstas, en realidad, también cambian substancialmente, y arrastran mutaciones que producen nuevas formas de producción.

Marx cree haber descubierto en el proletariado un fondo de bondad natural, una suerte de buen salvaje embrutecido por la explotación capitalista, al que hay que devolver a un estado natural y postindustrial, donde la tecnología moderna actúe al servicio de todos los hombres por igual, en una especie de macrofalansterio mecanizado que es la sociedad comunista. Como un demiurgo fabril, Marx repartirá su pan cotidiano y su felicidad socialista en un mundo justo que es su propio espectáculo, su propio circo monumental, donde los túneles de los ferrocarriles subterráneos se alumbrarán con las lámparas de los aristócratas, donde no existirá la envidia porque no habrá tampoco propiedad privada. De hecho, el problema es que la sociedad comunista es imaginada como feliz, exactamente en la medida en que no es ya capitalista. Es decir, la felicidad tiene una base negativa, una suerte de continuada celebración de la redención. Hegelianamente, contiene la tesis y la antítesis precedentes, aun superándolas. Pero el hecho es que dicha satisfacción de haber dado muerte al capitalismo, lejos de procurar una felicidad intrínseca, solo supone un punto de partida para la compleja red de relaciones sociales que siempre e inevitablemente se entablan entre los individuos y que es donde se produce y desarrolla lo humano. Esa compleja red de relaciones, contrariamente a la profecía marxiana, no se basa en el ser moral de cada individuo socialista. No hay un plus de bondad adquirido (o recobrado) y consolidado por el mero hecho de haber sido educado y vivir en el socialismo. La misma telaraña de rivalidades, de atracciones y rechazos, de amistades y odios, de intereses, que siempre han definido el desarrollo de la vida en común se ponen en marcha aun en unas condiciones de economía restringida o disfrazada y retornada a las catacumbas del trueque y del mercado negro.

lunes, 8 de febrero de 2010

Carta al rector de la Universidad de Barcelona

Hace ya unas fechas intenté acceder a la Biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia y Filosofía, en el centro de Barcelona. Hermosa ciudad.
Tuve la ocasión de conocer a su responsable de Seguridad, don José Quesada, quien muy amablemente me explicó que no tenía derecho a entrar. No bastaba con enseñarle mi carnet en regla de profesor de instituto en el IES Ventura Gassol, de Badalona, con las especialidades de Griego y Lengua y Literatura Española. Dijo que había habido muchos hurtos y violencia. Tampoco cuando le comenté que fui por diez años becario de investigación primero, profesor asociado después y finalmente ayudante, de la Universidad de Barcelona. Tampoco confió en mí cuando le dije que el carnet de la Biblioteca de Cataluña, cuyo código de barras abría al parecer ese sésamo, lo había dejado en casa. Ni cuando le dije que solo quería leer a Erasmo de Rotterdam, como otras veces había hecho allí mismo en la misma lengua que escribiera el humanista. Eran las siete y media de la tarde de un jueves y ningún responsable de la Biblioteca podía ayudarme a convencer a José, Quesada o Quijada, ahora no recuerdo con precisión, de que no tenía la menor intención de hurtar, robar ni comportarme violentamente. Eran las normas de José, y de usted, dijo. Dijo que le escribiera a usted, señor Ramírez, cosa que ahora hago, y lo hago para ver si entre Coímbras, Bolonias y otras europeidades encuentra un momento y consigue hacer que un profesor lea a Erasmo en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona. Prometo que si lo consigue, leeré incluso algún fragmento en griego y hasta se lo traduciré a don José Quijada, o Quesada, (qué memoria la mía) para que entienda que ni Erasmo ni yo estamos tan locos como para inducir al robo o la violencia ni mucho menos cometer esas tropelías personalmente.

Muy agradecido, señor rector.

Benjamín Gomollón García

sábado, 6 de febrero de 2010

El judeoespañol, o ladino sefardí

Siempre me ha atraído el judeoespañol, el ladino. De niño leía en los libros de escuela de mis padres las historias del antisemitismo popular, remozadas por el franquismo tontorrón y antañón de los cuarenta. La vida de Santo Dominguito del Val: una historia apócrifa, sobre un niño raptado por criptojudíos de tiempos de los Austrias y obligado a abjurar de su fe pisando un crucifijo. Al negarse, los barbudos fariseos pseudoconversos lo crucifican en la pared. Esas leyendas, de una crueldad demoníaca y gratuita, me fascinaban y enardecían en mi corazón infantil la pasión por Cristo, por morir en su nombre, ardientemente inmolado en misiones.

Más tarde, claro está, comprendí la verdad. Leí Dostoievski, sus Karamazov, con el terrible juicio soñado del Gran Inquisidor que de nuevo crucifica a Cristo... para salvar el alma de semejante hereje, ese Hijo del Hombre, y dar así ejemplar escarmiento a todo aquel que piense por sí mismo y busque el sentido de la vida por su cuenta. Comprendí que ni los judíos eran santos ni tampoco réprobos, que todos albergamos dentro abismos interiores, sentinas de maldad difusa. Y que a veces necesitamos, de manera pueril, poblarlas de demonios facilones, prediseñados a medida de nuestros miedos, nuestros deseos oscuros. Y que esa es la raíz de los odios gratuitos, las fobias a lo desconocido, al diferente.

Después, conocí, en los mismos libros anticuados de historia, la odisea de la diáspora sefardí, siempre románticamente enaltecida por lo poco que quedaba en los falangistas, idealistas a su manera enfermiza, del amor del idioma y de cierto medievalismo decimonónico. Qué gran paradoja la de ese nacionalismo pacato, pasional, de mesa camilla y de paredón, proselitista de Cristo y aniquilador de diferencias. Los sefarditas eran vistos como unos paradójicos portadores del alma de la España de los Reyes Católicos, involuntarios preservadores de esa simbólica pureza de la nación en sus primeros vagidos de historia moderna. Así acababan redimiendo su condición de "asesinos de Cristo" con la de "evangelizadores del mundo en la lengua del Cid".

Luego ya me hice mayor. Puse las cosas en su sitio, espero. Y en un viaje a Estambul escuché de labios de dos ancianas saludos y frases en la lengua agónicamente viva todavía en las Islas Príncipe... Esa región del mundo donde la riqueza del comercio, la bruma del Bósforo, los fragmenta disiecta de Bizancio, el esplendor de los azulejos de la Mezquita Azul frente a Santa Sofía, los olores punzantes del bazar de las especias, los renacidos iconos de San Salvador in Chora, los muros ya desmoronados de esa también patria mía, todo, en suma, me hablaba de Dios, pero no del Sinaí, no de los rayos que nacen como espadas de la cabeza de Moisés, no del Dios de los ejércitos que derrumba las murallas de Jericó, sino del Dios humilde y misterioso que Jesús, un judío, hacía nacer del pan partido con las manos, del agua viva que brotaba en mil lenguas de los labios inspirados de sus discípulos, de la última sangre que manaba de su costado, herido aun tras la misma muerte.

Y siento muchas veces esa emoción que los filólogos sabemos experimentar en textos y códices recónditos, en alientos casi extintos, en papiros despedazados, en lenguas situadas al borde de su abismo. Y de algún modo percibo que el español, el catalán, que han sabido de mis versos, y que el griego, el latín, tan amados siempre, me confieren ahora vida, en mi pequeña diáspora personal, que el Mundo Antiguo me envuelve en la fascinación que se despierta en los mozalbetes al saber, por ejemplo, de la brutalidad germinal y primitiva de los gladiadores, de la belleza lacerante de ciertas esculturas griegas, de los ritmos secretos dormidos en la poesía de amor y de tragedia; que tiene sentido, después de todo, escribir del modo que lo voy haciendo, raptado por la emoción, la viveza de un recuerdo real o imaginario, pero siempre imborrable.