miércoles, 28 de noviembre de 2007

Excavación

Una lenta ambición por los brazos te trepa

humo de las caricias negras y sedosas

para asfixiar tu aliento en ahogos obstinados

perezosos jadeos de los oscuros besos.


Por tu espalda se extiende la labor tenebrosa

de las manos que excavan el placer subterráneo

y al descuido te roban las letárgicas sombras

de tu piel abrumada de tesoros lascivos.


Y despiertas de sueños abismados en aguas

silenciosas y tenues como garzas heridas...

Para tender los vuelos de los labios alados

y beber el asombro de la luz extraída.


Vuelve el verso, impaciente, exigente, imperioso, a rasgar el perfil del pensamiento, a obtener su tributo de palabra medida, de sentimiento desmesurado. Una servidumbre que ahora me aprieta en la estrechez de la indecisión, de la duda. Pues bien quisiera que esta bitácora fuera mucho más constante en reflexión, en pensamiento. Y de nuevo Eros, bajo sus párpados azul oscuro, me fuerza a exaltar la voz y la imagen. No debiera. Tal vez. Pero dejemos que la página se manche con la negrura que se extiende, con la contaminada neblina de lo que sentimos, más allá o por otros derroteros de cuanto pensamos y necesitamos ordenar en nuestra mente. Habrá ocasión distinta. Y pronto...

sábado, 24 de noviembre de 2007

Destino de los besos


Hallan mis manos el sabor hundido

de tus ojos, cerrados, igual que copas invertidas,

entre los pliegues oscuros de tu cuerpo.

Y la plata fundida del recuerdo

en molde de arabescos aprisiona

arborescente aliento que se cuaja.

Bebo en tus labios la luz precipitada,

la agonía de estrellas refugiadas

en el sueño profundo de los besos.


Pequeña evocación de la vida, para equilibrar el sonido oscuro de los apuntes anteriores. No sé si el verso es la materia que compensa o, más probablemente, vuela por su propio empuje, extiende alas de amplitud y dicha en espacios abiertos, silenciosos, aun fabricados de sonidos callados; luminosos, aun habitados de imágenes ciegas. Pero los días reciben, a veces, la visita del pensamiento ordenado y otras, en cambio, han de escuchar el reclamo jugoso de los versos, su dulce lamentar, cristalino y presuroso por brotar de nido oculto y recogido.

martes, 20 de noviembre de 2007

Memoria histórica

Mucho he pensado antes de atreverme a escribir. Y me temo que tanto pensar no me ha llevado a ninguna parte segura. A ningún puerto acogedor desde el que zarpar con rumbo claro en las ideas. Así que este post no será, probablemente, definitivo. Sino solamente una tentativa.

Ahora, precisamente, leo dos libros en cierto modo complementarios: Las benévolas, que ya ha suscitado un par de comentarios, y una biografía de Miguel Hernández. Complementarios por el punto de vista militante que los autores adoptan en esa extraña y convulsa época de las guerras, mundial y española.

Mi visión de la guerra de España se ha matizado mucho en los últimos años. De un fervoroso izquierdismo de la adolescencia, he llegado, después, a abandonar la trampa de la identificación militante y maniquea para tratar de comprender a fondo el sentido de toda aquella mezcla de barbarie asesina e idealismo ingenuamente agresivo, en ambos bandos. Imaginar los bautizos clandestinos de la Barcelona anarquista, en la que esconder una patena o un cáliz podía suponer la muerte de una familia. Sentir el miedo y el perdón de un maestro republicano cuando es arrastrado por pistoleros facinerosos a la tapia de un cementerio o a la cuneta de una carretera. El horror y la venganza de la dinamita asesina en las manos de una mujer ninguneada por patronos, encallecidas su piel y su alma joven, violentado su cuerpo por el infaltable señorito. Las manos de un sacerdote que bendicen en nombre de Jesús de Nazaret los fusiles y las bayonetas, anegada el alma de la sangre de una hermana religiosa asesinada. La tranquila seguridad de los generales en mover cientos y cientos de peones en el tablero de la muerte. La metralla que se enquista en las entrañas de los niños sin lágrimas, agonizantes en el Madrid bombardeado. Todo ese dolor, toda esa sangre no puede ocultarse bajo las frases altisonantes de una ley que pretende hacer justicia. Bajo el silencio de quienes prefieren no remover el lodo, no tentar cicatrices.

Y no quisiera pecar de una falsa equidistancia o neutralismo. Sería hipócritamente desleal a mí mismo. Si pongo ahora entre paréntesis mi pensamiento es porque solo quiero sentir toda esa sangre, todo ese dolor como algo propio. Toda la injusticia como la trágica consecuencia no solo de la barbarie, sino también del ciego idealismo. Que puede ser fácilmente objeto de comprensión o perdón, cuando es quizá la llave que abre la puerta de la destrucción y el odio. El bendito idealismo. El maldito idealismo. Una época de ideas y pasiones, se nos dice de los años treinta del siglo XX. Una época capaz de acumular en España, en Europa quizá la más numerosa cantidad de cadáveres que la historia recuerda. Y eso es, ya, memoria histórica.

lunes, 19 de noviembre de 2007

La muerte: a raíz de una frase atribuida a Epicuro

Digámoslo primero de otro modo:

Hay palabras y viento que tiemblan al rozarnos
como aromas de dedos acuosos. La propia vida
de ese modo desliza su rocío; mas desmaya
su extasiada caricia cuando llena la boca
el negro lago del olvido.

Amarte es consagrar la propia desmesura,
apurar los tragos sediciosos de la muerte
que a las sombras arrastra los recuerdos.

Amarte. Nada más. Antes de traicionarte,
como ave que vuela sin destino,
caprichosa y libre, como el viento.
Como su estela, dulcemente perfumada.


Hay una vieja frase de Epicuro: la muerte no tiene realidad, porque cuando existe el hombre, no existe su muerte, y cuando su muerte adviene, es el hombre quien no permanece. Es entonces una idea negativa, privada de toda sustancia.

Los que realmente sufrimos la muerte, pero solo la ajena, somos los que asistimos al final de los otros, los que incorporamos nuestro miedo y nuestra conciencia de acabamiento a un proceso que por sí mismo no es percibido por el sujeto que muere sino, en todo caso, como una realidad confusa, intuida, nunca vista e identificada plenamente como el no ser, pues excluye, tal y como delata Epicuro, la conciencia. De modo que el horror a la muerte, al vacío, al final, proviene quizá de la nunca bien delimitada manera como accedemos a un yo pleno y consciente, autocontenido en su propio acto de conocer. No es fácil recortar de entre los fogonazos de los más tempranos recuerdos el perfil preciso de la propia conciencia, en esos momentos de la infancia aún no discernible del propio hecho de recordar. Somos esos recuerdos, somos esas imágenes, no podemos distinguir clara y distintamente el yo separado de la evocación, de la memoria.

En efecto, si no podemos distinguir claramente el yo del recuerdo más antiguo, es posible que la agonía, el proceso real de la muerte subjetiva, sea una disolución lenta de la propia conciencia en el no-recuerdo, en desposeernos de esa capacidad virtual de biografiarnos y recuperar los ítems significativos de la memoria. Una disolución que el yo no debe de sentir como algo propio, sino como una más o menos subjetiva y lenta forma de soltar el alma, de desidentificarse con ese repaso de la propia vida en que se nos presentan, según dicen, los actores principales en la constitución de la propia identidad y somos gradualmente absorbidos por una luz en que nos disolvemos, como un budista en su nirvana de despersonalizada marea tumultuosa y silente.

La muerte, en cambio, como concepto cultural, no es otra cosa que el complejo de ideas y sensaciones que vamos construyendo a partir de las otras muertes, presenciadas o imaginarias. Y las religiones como el cristianismo operan una pivotización radical del ser humano en la muerte como acto decisivo, redentor o condenatorio. Como cristianos de origen, aun sumergidos en el agnosticismo intelectual de hoy, conservamos por la muerte una reverencia excesiva, totémica, obsesionante. Y quizá es el peso que añadimos a todas las experiencias de la vida, contaminando el amor, el sexo, la amistad, la procreación de una fúnebre necesidad de eternidad, que nada tiene que ver con tales sentimientos y hechos de la natural proyección del yo en los otros.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Las benévolas (II)


Suponía, después del prólogo, que el libro no iba a dejar de conmoverme, que iba a ser toda una interpelación a la conciencia. No es solo el terrorífico y aséptico verismo con que se describe la sistemática eliminación de los judíos en la retaguardia del ejército alemán en Ucrania. Cualquier teatro elegido habría producido una consternación y una angustia semejante. Qué más da que los arrodillados al borde de la fosa sean hebreos, qué importa si se trata de republicanos españoles, que esperan en su nuca el silencio negro, sin llegar a oír la detonación de las pistolas falangistas. O monjes paseados por anarquistas borrachos, desde el retiro ignorante de su monasterio, para reunirse con los esqueletos profanados de las antiguas tumbas, pidiendo a su ausente Dios el perdón para sus matarifes.

Qué importa. Es la muerte, repartida con un ciego sistematismo, con una igualitaria concreción en el criterio que reúne a las víctimas fuera de su individualidad, en el anónimo siniestro de la fosa desposeída de nombre y de recuerdo. Izquierdistas, judíos, croatas no hace tanto, tutsis, armenios, todos podemos ser extraídos de nuestra condición personal y sometidos al exterminio de grupo. Cada vez que un ser humano es asesinado de este modo, es toda la humanidad la que se extingue, la que perece doblemente, en la víctima, sin duda; pero sobre todo en el verdugo, verdadera caricatura de lo humano cuando ha traspasado el umbral de la indignidad y el dolor absolutos. Cuando puede volver a encontrarse con la vida y seguir adelante.

Y es quizá el testimonio más cruel de los genocidios que enlodan el siglo XX (y otros, pero no nos tocan con parecida compasión y miedo): que puede sobrevivirse, después de haber tomado parte en la ejecución de inocentes, a sabiendas y con la aceptación de tales hechos como necesarios, inevitables.

Es difícil imaginar qué más puede añadirse a la escena en que el protagonista confía una niña de cuatro años, recién asesinada su madre, al soldado que ha de bajar a la zanja para dispararle, después, un tiro en la nuca que acabe con su miedo inconcreto y con su sorpresa por la manera como proceden los adultos. No se me ocurre qué hay más allá del insomnio o de las pesadillas de la noche siguiente. Qué pueden reservarme las cerca de ochocientas páginas que quedan.

Reconozco que mi curiosidad permanece, sin embargo. Como la del propio oficial de las SS, que quiere saber cómo afectará a su vida esa experiencia, esa participación en tantas muertes, el ser testigo de las diferentes actitudes que los ejecutores muestran tras sus crímenes impunes, día tras día. Cómo llegar a contar algo, después de haber contado eso. Confío que pueda averiguarlo yo y contarlo, por mi parte, conforme avance la lectura.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Para tomar tu cuerpo

Abundancia y regencia de tus ojos:
penden los corazones aherrojados
como maniaca estirpe de lamentos
como tromba de herrumbres y sollozos.

Gimen sus eslabones renegridos,
sus oxidados llantos y prisiones:
la bastilla en que sueñan con tu cuerpo,
tu pan de claridad endurecida.

Y a tu carne conjuran guillotinas;
a tu cuello las bocas presidiarias
besos hoscos prometen en los muros.

Han de vengar su pena devorando
los montes de tu pecho embravecido,
las luces de tus ojos absolutos.


De repente he sentido brotar sonidos e imágenes, en una especie de soneto sin rima que ahora me parece debe cosas a lecturas que hacía tiempo no afloraban: me recuerda a Baudelaire. Es una flor maldita, que con más o menos diabólica galantería ha venido a prenderse en este blog, que crece, pues, mestizo, político, demoníaco o delicado. No soy quién para juzgarlo. Quede para ti, lector, el luctuoso deber de dictar sentencia. A mí me reservo el placer de escribir, de provocar.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Las benévolas, de Jonathan Littell: al leer sus admirables páginas de introducción

Les bienveillantes de Jonathan Littell. Las Bienhechoras, las Benévolas... Tal vez la traducción debiera transparentar mejor la referencia, la cita. Son, en realidad, las Euménides, las divinidades que coronan la trilogía de Esquilo, aquellas cuya cólera queda rescatada por Atenea, en un nuevo orden de positiva comprensión de la necesidad del mal superable. De la necesaria reconciliación que ha de cerrar la inacabable cadena de venganzas, que no reparan ni compensan, sino que acumulan cadáver sobre cadáver. Ya que los enemigos, antes que tales y contrapuestos en el valor que mutuamente se otorgan, son humanos, portadores de lo humano, lo individual en cada ser. Vengar es sumar muerte, no cobrar deuda, es pérdida añadida, no recuperación.

No sorprende, pues, la referencia a la tragedia antigua, en una obra que versa sobre la guerra más industrialmente criminal hasta la fecha y que recorre los recuerdos de un oficial de las SS. Grecia es no solo el origen de la literatura, sino también de la misma capacidad de construir, sobre el dolor, sobre la sangre, el ideal de una justicia que trasciende el clan y crea el derecho. De la ley emana la comunidad de los ciudadanos, que son quienes en el teatro respiran los miasmas sacrificiales de los antiguos héroes para honrar la convivencia de los atenienses, al amparo de la isonomía, de la igualdad que la ciudad, reunida en la representación, dispensa.

Sobre la destrucción, el dolor y la muerte, obscenamente acumulados en cifras inmanejables, irreales, como una maraña de estrellas negras, que escapan al cómputo y a la consideración humana, sobre la sobriedad de la matemática forense, se dibuja el imborrable realismo del asesino de circunstancias, convocado por su país para participar en el aquelarre geométrico del exterminio, en el frente y en los campos, bajo los proyectiles o entre las nubes tóxicas. El asesino luego camuflado con éxito en la vida civil, que trata de substituir con su cínica arrogancia autoexculpatoria, la necesaria, horrorizada y fría respuesta de la Humanidad que en él mismo habita, aun amordazada por el remordimiento sordo, ante el asesinato, despersonalizado, masivo, inconmensurable. Una respuesta que, se adivina leyendo la escalofriante pieza de introducción, ha de levantarse, a contrario, en el corazón y en la cabeza de cualquier lector, de cualquier testigo a quien el crimen no suma en un estéril fatalismo banalizante, sino en la capacidad, afortunadamente ingenua, de escandalizarse por cada vez, por cada minúscula ocasión en que la persona se hunde en el mal gratuito y absoluto.

Un escándalo que no rasga vestiduras, sino que madura para dibujar la frontera que la ley debe marcar, siempre y en todo lugar, entre delito e inocencia, entre el Bien y el Mal, que meridianamente existen. Es, quizá, lo que más claramente nos separa de los animales, más allá de la risa o la inteligencia. Somos los únicos seres capaces de cometer crímenes, capaces de realizar proezas. Quizá por eso la vida, la humana, sí vale la pena de ser vivida.