jueves, 29 de mayo de 2008

La muerte de Dido


Se hundió estridente
la espada. 
Y el sol se puso
en sus ojos desnudos.
La sangre, negra y cálida,
rezumaba espesa,
buscando
el acre olor oscuro,
el umbrío regazo de Aqueronte.
Y los labios temblaban
de sed y de deseo.
Pero el alma
rasgó su vuelo prematuro. 
Grande iba
ya Elisa entre las sombras.

viernes, 23 de mayo de 2008

Legitimidad y Constitución (I)

Nadie puede negar que la deriva de la Constitución de 1978 es un proceso progresivo de cesión de poder a las Comunidades Autónomas. Pero arranca de hechos políticos preconstitucionales. De hecho, la legitimación de la Monarquía, escorada fuertemente por el "espíritu del 18 de Julio", en palabras del entonces príncipe al aceptar ser sucesor de Franco, se contrapesó a partir de la reinstauración de los gobiernos autónomos catalán y vasco que volvieron del exilio. Con ello la monarquía abría el campo de juego no solo a la derecha, que trataba de zafarse del peso muerto del apoyo al franquismo, más o menos sincero o renuente, y resituarse torpemente, sino también a las ambiciones de construcción nacional periféricas, al tiempo que condenaba a las izquierdas de las regiones industriales a estructurar su discurso en torno a los jirones de legitimidad republicana que el naciente régimen permitía. De ese modo, la Reforma Política adquirió un cierto engarce con la legalidad republicana, pero nunca a través del Gobierno en el exilio de México ni de la izquierda, que habría exigido en buena lógica la puesta en cuarentena de la propia existencia política de don Juan Carlos.

Sobre esas bases, se fueron conquistando espacios, con la paradójica y suicida aprobación de las cortes franquistas, lo que creaba un vacío de continuidad, la otorgada, retardada y claudicante legalización del PCE, única oposición significativa durante cuarenta años, y la complicidad interesada de un PSOE, que había roto amarras en Suresnes con su pasado revolucionario y aspiraba a crecer en el espacio de indefinición de una población aturdida y víctima del analfabetismo político interesadamente creado por la dictadura.

El conflicto fue que la Constitución no resolvió el problema vasco ni catalán, sino que, a través de la puerta entornada del artículo 150.2, como es conocido, proyectó y condicionó la satisfacción de los planteamientos nacionalistas a la propia consolidación de la democracia. Y empezó una curiosa dinámica de pago a plazos junto con una descentralización administrativa que iba restando significación política a las constantes cesiones, de gobiernos de centro, izquierda o derecha. A medida que las comunidades emergentes, lenta, pero inexorablemente, desarrollaban sus estatutos en la estela de las competencias alcanzadas por las llamadas comunidades históricas, las elites dirigentes de éstas ambicionaban mantener la distancia tensando la cuerda del apoyo político a los gobiernos minoritarios por medio de sucesivas ampliaciones negociadas de su ámbito de poder.

De este modo, se produjo uno de los mayores equívocos y absurdos: la izquierda, incluso la derecha, que producía pequeñas metástasis para-nacionalistas en regiones como Galicia, Canarias, Aragón y otras, acabó interiorizando que el progreso autonómico era realmente una profundización y acercamiento de la democracia al pueblo, cuando en realidad suponía la parcelación constante del espacio de relación entre españoles. Pero es que, simultáneamente, el ocaso de las ideologías vaciaba de horizonte real a los partidos de izquierda, que fueron sustituyendo y encubriendo su carencia doctrinal por pequeños discursos sectoriales fragmentados, como el feminismo, el homosexualismo, el ecologismo y, cómo no, una versión edulcorada del localismo con perfiles, en determinadas regiones, de un pronunciado nacionalismo imitativo.

Por eso el estatuto reformado de Cataluña era tan importante como horizonte de desplazamiento de la legitimidad política, nunca establemente afianzada en una Constitución demasiado ambigua. En efecto, no solo sintetizaba las aspiraciones maximalistas de los partidos nacionalistas, sino que también permitía a la izquierda desatar sus frustraciones constitucionales produciendo un texto tal, que en lo que no era de un soberanismo desafiantemente inconstitucional, recogía toda la carga ideológica acumulada del agregado de minorías, la nueva clientela política de los progresistas, dispuestos a identificar todo cambio en las costumbres con un rasgo de modernidad y de avance. El pacto era el testimonio de que las derechas vasca y catalana estaban dispuestas a ceder el espacio de cierta política social, --como ya se había experimentado en los gobiernos vascos de coalición o en el pujolismo, ese constructo caudillista de corte peronista y totalizador-- a cambio de obtener la legitimación de las clases no étnicamente puras para su discurso de construcción nacional. Y el único jugador que quedaba fuera del nuevo tablero era precisamente la derecha de inspiración unitarista, ahora patéticamente abrazada al fantasma de una constitución en cuyo seno y por cuyas numerosas grietas se había ido desarrollando el pujante separatismo de creciente impulso.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Invitación

Toca mi voz hueca y desnuda
con tus dedos oscuros,
como dardos sedientos,
como seda
hilada en sombra.

Sorbe los ecos
hondos, precisos,
de pasos que se pierden
por la garganta seca
callada y desistida.

Besa mis labios yertos
fríos, pulcros,
algo entreabiertos
para beber tu voz
en el sepulcro breve de mi boca.

sábado, 17 de mayo de 2008

Ciencias o Letras: dónde está la cultura...

No parece que conocer los rudimentos de la termodinámica salve al literato del desprecio implícito del científico. Más bien lo situaría en una necesaria inferioridad, que es el vasallaje que en realidad se espera de él. Se trata, claramente, de un intento de cambio de paradigma de auctoritas. Si en el Medievo la última palabra estaba en la teología, como ciencia máxima y también como desideratum inalcanzable, ahora la ciencia, en continuo progreso y por tanto como un saber siempre inaprehensible, aspira a convertirse en el fetiche global, en el único horizonte de saber respetable.

Pero del mismo modo que la tecnología invasiva no crea la Nueva Jerusalén moral en la tierra, sino que continúa enfrentando, una y otra vez, al hombre a sus límites de lo posible, lo humanamente vivible en el aquí y ahora, es decir, en la negociación perenne entre ideales individuales fragmentados, la moral o las morales, y espacio común indiviso, por otro nombre la política, de esa misma manera, las castas de sabios emergentes no podrán absorber todos los saberes posibles, aunque aspiren, inevitablemente, y consigan, en parte, convertir al saber humanístico en una metonimia del método científico, tanto más ridículamente disminuida cuanto más reconociblemente ancilla scientiae se imagine a sí misma.

En este sentido, podemos poner el ejemplo de Freud, quien creyendo firmemente dar nacimiento a una ciencia, como Colón creía llegar a una tierra reconocible, en realidad estaba dibujando una gran recomposición del paradigma antropológico de Occidente, produciendo un reanálisis o reconfiguración del concepto del ser humano que era mucho más que una ciencia, era una gran operación de reafirmación de lo humano más allá del paradigma teocéntrico y ocultativo derribado definitivamente por Nietzsche.

La moraleja es que no hay caminos prefijados. Elegir subordinar el modus faciendi de la cultura de letras al método científico no garantiza el hallazgo de logros pertinentes y universales. Solo encadena el modo de pensar, aunque tampoco impida necesariamente la construcción de formas y caminos nuevos y fértiles. En el fondo late el problema casi metafísico de la libertad, del libre albedrío. El científico lucha por reducir progresivamente el espacio de lo impredecible, del azar, aun cuando acabe descubriendo, o mejor intuyendo, que hay un fondo de impenetrabilidad azarosa en la sustancia última de lo real. El letrado es un fanático de la libertad y por eso abomina de caminos que le conviertan en un amanuense de los datos y un elaborador de tablas, olvidando que los datos de una gráfica nada dicen si no son leídos, interpretados, que el libro de la realidad no impone, ni puede imponer en grado absoluto, una determinada forma de mirar, de leer e interpretar.

Pero lo que es claro es que el saber no es tal hasta que no se mide en su capacidad de impregnar la conciencia colectiva, de proyectarse en el afán y el pensamiento de los individuos. Los científicos no se resignan a proporcionar medios de progreso técnico, reclaman el trono, la primacía de la pertinencia de su pensamiento. Pero nada obtendrán por la OPA, sea hostil o amistosa, sobre otros saberes que en realidad van siendo desplazados por nuevos medios de configurar el paisaje mental de la sociedad, que ya no idolatra el Libro y sus ancestros, sino que vive en una espuma del ser, en el fragmento, la imagen fugaz, el perpetuo ver sin pensar ni ser.

Puede que en realidad ambas castas estén perdiendo la capacidad de influir, ambas se debatan y traten de devorarse mutuamente en el miedo a la especialización, a convertirse en arqueólogos de sí mismos, dentro de un flujo de intercambios humanos que no se definen en identidades construidas y sedimentadas, sino en espacios de volubilidad y movimiento, imposibles de captar y reducir a categorías, científicas o literarias. Una sociedad donde los símbolos no pueden ya contenerse en nichos sencillos.

viernes, 16 de mayo de 2008

Para la oscura sombra de tu cuerpo

Te invocaré en la sombra y en la noche
con la perfidia oscura de los rezos
crecidos en la niebla del hastío.
Será tu nombre llama y será angustia,
ardor de mil estambres fecundantes,
de pétalos mojados, fuego y seda.
Vendrá el amargo son traidor del viento
enajenadamente vivo y ambicioso
para buscar tu piel y recorrerla
con sus briosas manos quejumbrosas.
Oh dilatada y seca efigie de tu carne
deidad entre columnas derrotadas
fría oración de letras desuncidas,
icono mutilado, aunque sonriente,
de antigua mansedumbre misteriosa.
Dónde tu ocaso, dónde tu descanso
bajo la tierra derramada y leve,
en la sedienta y dulce sepultura
de mil escudos de oro coronada.
Me has vertido la voz en vaso ausente,
has vaciado la luz de la guirnalda,
y mis labios, ya huérfanos de boca,
buscan en las palabras la posada,
el temblor del silencio despoblado.
Y te invocan a ti, azahar de primaveras,
a ti, sin fe, sin esperanza larga,
con el fervor salvaje de plegarias
negras y sediciosas contra el cielo.