sábado, 17 de mayo de 2008

Ciencias o Letras: dónde está la cultura...

No parece que conocer los rudimentos de la termodinámica salve al literato del desprecio implícito del científico. Más bien lo situaría en una necesaria inferioridad, que es el vasallaje que en realidad se espera de él. Se trata, claramente, de un intento de cambio de paradigma de auctoritas. Si en el Medievo la última palabra estaba en la teología, como ciencia máxima y también como desideratum inalcanzable, ahora la ciencia, en continuo progreso y por tanto como un saber siempre inaprehensible, aspira a convertirse en el fetiche global, en el único horizonte de saber respetable.

Pero del mismo modo que la tecnología invasiva no crea la Nueva Jerusalén moral en la tierra, sino que continúa enfrentando, una y otra vez, al hombre a sus límites de lo posible, lo humanamente vivible en el aquí y ahora, es decir, en la negociación perenne entre ideales individuales fragmentados, la moral o las morales, y espacio común indiviso, por otro nombre la política, de esa misma manera, las castas de sabios emergentes no podrán absorber todos los saberes posibles, aunque aspiren, inevitablemente, y consigan, en parte, convertir al saber humanístico en una metonimia del método científico, tanto más ridículamente disminuida cuanto más reconociblemente ancilla scientiae se imagine a sí misma.

En este sentido, podemos poner el ejemplo de Freud, quien creyendo firmemente dar nacimiento a una ciencia, como Colón creía llegar a una tierra reconocible, en realidad estaba dibujando una gran recomposición del paradigma antropológico de Occidente, produciendo un reanálisis o reconfiguración del concepto del ser humano que era mucho más que una ciencia, era una gran operación de reafirmación de lo humano más allá del paradigma teocéntrico y ocultativo derribado definitivamente por Nietzsche.

La moraleja es que no hay caminos prefijados. Elegir subordinar el modus faciendi de la cultura de letras al método científico no garantiza el hallazgo de logros pertinentes y universales. Solo encadena el modo de pensar, aunque tampoco impida necesariamente la construcción de formas y caminos nuevos y fértiles. En el fondo late el problema casi metafísico de la libertad, del libre albedrío. El científico lucha por reducir progresivamente el espacio de lo impredecible, del azar, aun cuando acabe descubriendo, o mejor intuyendo, que hay un fondo de impenetrabilidad azarosa en la sustancia última de lo real. El letrado es un fanático de la libertad y por eso abomina de caminos que le conviertan en un amanuense de los datos y un elaborador de tablas, olvidando que los datos de una gráfica nada dicen si no son leídos, interpretados, que el libro de la realidad no impone, ni puede imponer en grado absoluto, una determinada forma de mirar, de leer e interpretar.

Pero lo que es claro es que el saber no es tal hasta que no se mide en su capacidad de impregnar la conciencia colectiva, de proyectarse en el afán y el pensamiento de los individuos. Los científicos no se resignan a proporcionar medios de progreso técnico, reclaman el trono, la primacía de la pertinencia de su pensamiento. Pero nada obtendrán por la OPA, sea hostil o amistosa, sobre otros saberes que en realidad van siendo desplazados por nuevos medios de configurar el paisaje mental de la sociedad, que ya no idolatra el Libro y sus ancestros, sino que vive en una espuma del ser, en el fragmento, la imagen fugaz, el perpetuo ver sin pensar ni ser.

Puede que en realidad ambas castas estén perdiendo la capacidad de influir, ambas se debatan y traten de devorarse mutuamente en el miedo a la especialización, a convertirse en arqueólogos de sí mismos, dentro de un flujo de intercambios humanos que no se definen en identidades construidas y sedimentadas, sino en espacios de volubilidad y movimiento, imposibles de captar y reducir a categorías, científicas o literarias. Una sociedad donde los símbolos no pueden ya contenerse en nichos sencillos.

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