miércoles, 29 de abril de 2009

Virgilio, alma cristiana por naturaleza

He leído ahora un apunte sobre Virgilio, anima naturaliter christiana, y esa expresión me ha traído un temblor, un deseo, la vibración que en el espíritu dejan algunos versos del poeta al consumirse, como si se tratara de un diapasón que invade tenuemente el silencio hasta apagarse, lentamente, poco a poco.

Virgilio, siempre. Creo que no hay poeta comparable, ni entre los antiguos ni entre los modernos. Diría que tal vez se acerca Cavafis en algunos poemas, pero no tanto por los caminos y los modos, tampoco exclusivamente por el tono de epilio, sino, sobre todo, por la calidez apagada de su melancolía, magistralmente atenuada, por la incomparable avidez con que la vida es degustada siempre en el recuerdo, en la imagen, en la distancia. Quizá es esa la palabra clave: distancia. Y el modo como sugiere el alejandrino que los placeres, los goces, eran la materia precisa que solo años más tarde acabaría tomando su forma artística precisa, en el recuerdo y el poema, que es su sello, su fijación, su destino.

En la Eneida, sin embargo, la materia que se canta no es nunca la biografía esquiva de un funcionario gris que se entrega al amor oscuro recordado culpablemente, anhelantemente, sino la difuminada sombra de los héroes, transfundida de las palabras luminosas y vivaces de Homero a la sonoridad algo brusca y pedregosa de la lengua latina, que en las manos de Virgilio se transforma, para sorpresa nuestra, en piedra que fluye, majestad humilde, sólida agua de rumor preciso. No hay héroes en la Eneida, no hay personajes de espesor y volumen, solo espacios, lugares del dolor y del amor, dianas de la muerte y la pérdida: sombras cuyas lágrimas y cuyas voces fluyen en el hexámetro más delicado y personal. Es el dolor espiritualmente destilado el único protagonista auténtico, entre tanto remedo extraído de la leyenda y el mito e insertado sin demasiada convicción. En el lienzo se percibe, sobre todas las cosas, el rostro doliente de esta alma, "cristiana por naturaleza", que es el alma, el verso de Virgilio.

lunes, 27 de abril de 2009

Palabras de Eurídice (III)


Qué despacio la luz bebe la sombra
extendiendo un silencio, limpio y blanco;
mas qué hermosa la brisa de tiniebla,
dulce y lenta, de un despoblado sueño.

Por qué empuja tu voz mi anhelo arriba
y resbala en mis ojos agua clara
si es la hondura de algas y de niebla
lo que moja mis labios. Y me miras:

un perfume de amor, tibio y oscuro,
me arrebata en un vuelo inesperado...
Y otra vez se derrama sombra fría,
denso aroma de tiempo, lacio y negro.

(Deliberadamente, en la imagen es Ofelia quien pone su muerte, húmeda y voluntaria, atribuidas apócrifamente a Eurídice en mis versos, capricho de metáfora y deseo)

martes, 21 de abril de 2009

No nos engañemos...

No ha resultado flor de un día el apunte republicano. Sino al contrario: una especie de terremoto en el que se mezclan sentimientos antiguos, intuiciones emocionales, sorpresas que rompen con aislacionismos propios y ya de un cierto tiempo. Pero lo cierto es que no tengo, a estas alturas de la vida, un utillaje presto para operar en proyectos colectivos, sino más bien la sensación de haberme hecho definitivamente incompatible con rebaños, tropas y comunidades. De hecho, solo de oír la palabra comunidad ya me malicio que quien la pronuncia lo que quiere es ser abad de despacho, mandamás de oficina, íncubo y súcubo de pesadillas que él nunca dormirá, pero prescribirá como si fueran el Sueño Dulce entre los Sueños.

Así que bienvenidas las ideas que se esgrimen en bien de todos, pero para compartirlas en pie de igualdad, los derechos cadaunados , y en modo alguno mancomunados o por ejercer en comandita y pesebre. No vayamos a volver a comulgar con ranchos y aguachirles como los que la izquierda en uso ha acabado dispensando a sus iguales desde la cómoda tribuna preferente de un poder hipócrita y cansino.

Que no está uno para dejarse llevar caminito de Jerez por trileros escapistas como los tan poderosos hoy prebostes de la izquierda rancia y blanqueada.

martes, 14 de abril de 2009

Catorce de Abril



Las efemérides seducen. Podemos rebelarnos contra los cantos de sirena de un pensamiento blando, que se deja llevar por lo inmediato de la actualidad rabiosa, o a veces por las jaculatorias de los almanaques. Pero lo cierto es que digo catorce de abril y aún escucho el perfil ardoroso de la primavera, la espontánea fruición de la libertad y la esperanza en el encaje de una España abierta y vital.

Quizá es solo nostalgia engañosa, enfermiza pasión juvenil por construir y vivir, por jugar la partida de la existencia dentro de un espacio de libertad y de justicia. Pero no puedo evitarlo: aquí me tenéis, absurdamente conmovido por la enseña tricolor y su perfume de ambición y de razón, por el esfuerzo contra la resignación y el aroma de lo ajado.

Pero ahora hemos de reconocer que no fue posible. Que los bandos y las obediencias debidas pudieron más que la necesidad de imaginar la convivencia posible y precisa. Los intereses y los dogmas, más que la caridad, o que el afán de justicia. El poder fue el fruto que mordieron los ambiciosos y los sectarios, y no pudo servir, tristemente, para la siembra imprescindible de un futuro común, equitativo, alegre, luminoso.

Pero todo no estaba prefijado. No era inevitable. Por eso quiero recobrar cuanto de emancipación, cuanto de abierto y esperanzado horizonte alborea en el entusiasmo popular, en los acordes festivos de un himno ahora silencioso. Porque necesitamos símbolos, fechas, ilusiones, iconos. Aunque no sean demasiado hijos de la razón, sino quizá de su bendita capacidad de soñar sin engendrar inevitablemente monstruos.

Este espacio quiere ser, hoy más que nunca, una plaza de primavera. Un catorce de abril para la libertad y para el deseo. Para todos los que tenéis la paciencia de leerme y compartir estos trasuntos de silencio emborronado que son mis palabras escritas. Una república joven, hecha de pensamiento y sentimiento, de amor y de búsqueda, de abriles que no olvidan, sin embargo, a veces los octubres.