Horas de luz hundida en la palabra,
siempre en la sombra
callada del recuerdo.
Tengo una soledad a flor de labio,
ausente y empapada
de agonía, de espacio, de memoria.
Dame la muerte ya, sí, vida mía,
dame todo el final
sediento y triste.
Toda la noche amarga, imaginada,
todo el viento de pasos derruidos.
Y templa tú, de nuevo,
en el delirio aún vivo,
en la derrota de tus labios,
estos versos de sal áspera y fría,
esta luz codiciosa y asesina.
lunes, 30 de noviembre de 2009
domingo, 22 de noviembre de 2009
Deseo inmortal
No mienten los deseos.
Solo rehuyen
el vacío creciente, los estragos
minuciosos del aire envejecido.
Llenas tu boca
del frenesí danzante que promete
calidez empapada;
extiendes por tus labios
el gemido de seda que rebosa
umbría claridad.
Y en tus oídos
tobogán de placer,
grito y silencio,
estribos desbocados.
Luego, suavemente me besas
y deslizas
en mi boca tu risa
mojada y complaciente.
Nunca podrá agotarse
este deseo,
la plenitud amarga,
la dulzura precisa de quererte.
Solo rehuyen
el vacío creciente, los estragos
minuciosos del aire envejecido.
Llenas tu boca
del frenesí danzante que promete
calidez empapada;
extiendes por tus labios
el gemido de seda que rebosa
umbría claridad.
Y en tus oídos
tobogán de placer,
grito y silencio,
estribos desbocados.
Luego, suavemente me besas
y deslizas
en mi boca tu risa
mojada y complaciente.
Nunca podrá agotarse
este deseo,
la plenitud amarga,
la dulzura precisa de quererte.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Las semanas del jardín

Ayer pensaba en escribir una especie de tragedia moderna. Debe de ser la influencia de Antígona , que va buscando hilos antiguos por el laberinto, convertida en una Ariadna paciente y laboriosa.
En el escenario, Borges. Un Borges casi póstumo, que entra en su casa la última noche de conciencia firme, la última cena antes de la agonía hospitalaria. Solo, cansado, puede que sonriente. Su bastón rechaza la muda invitación del paragüero, negro y hosco. Y dirige sus pasos hacia el centro. Allí, una mesa. Dos sillas se disputan, recelosas, una frente a otra, la preferencia postrera del maestro.
Entonces, suena el teléfono. Varios timbrazos, que no interrumpen el camino hasta sentarse, sin hacer ruido alguno. De nuevo, silencio. Y entonces... Entonces es cuando realmente tengo que hallar otra escena, para enlazar con esta y llenarlas finalmente de palabras. Ahora, solo hay silencio. ¿Existirá algo más?
Un jardín de paréntesis, de semana en semana, me desvía la memoria y el deseo, demasiado vagabundos. Excesivamente erráticos entre promesas incumplidas. Y mi boca no prueba otra bebida: un pesar indeciso y acerbo, tiempo y tiempo.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Cortázar, abuelo piantado del blog

Los domingos traen muchas veces visitas de parientes inesperados. Nos alcanzan un ramo de flores de ilusionista, un paréntesis de pluma para la conciencia triste. Por qué no sonreír, parecen sugerirnos. Y no es que se hagan pesados. Ya saben de antemano que han de volver la espalda al poco. Dar unos pasos dubitativos, pisando cuidadosamente la luz de la cordura, para que no se astille el piso de madera vieja. Y bueno, a pesar de todo, llaman a la puerta.
Hoy he abierto, con los ojos aún mojados de pereza y de sueño. Y era Julio. Julio con esa erre afrancesada, esa mirada rioplatense de te cuento, viejo. Tenía en los labios el perfil descolorido de un beso antiguo, la danza pausada de palabras en neblina. Pero había algo más. Había ese instante antes de volver las espaldas, antes de concentrarme despreocupadamente en el café y las tostadas. Había la soledad sonora, ché, la cena que recrea.
Cuando uno busca en los árboles, cuando se pierde en las ramas de los abuelos socarrones, que siguen allá, un poco muertos, pero encumbrados y tomando mate, es el momento de acechar cronopios. Bueno, sí, es cierto, lo que se dice cronopios, todos lo somos un rato. Pero hay a quien se le pega el bolígrafo a los dedos, y escribe siempre y de cuanto acontece o roza, cuanto susurra o muere. Y ese es Julio. Y aquí tenéis un blog avant la lettre, después de muerto. Enredado en la sombra de un pedeefe. Piantado allá, como el mismísimo gato Teodoro W. Adorno. Qué cosas.
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