Me preguntó mi amiga Elena, un día, sobre Jesús, si era, como acababa ella de leer, un guerrillero. No sé por qué, pero, de repente, al dejar la conversación me dio por escribirle ideas que me iban viniendo sobre Jesús. Y le envié una carta en verso libre, así escrita, al tuntún, pero con el corazón en la mano. Ahora pienso, al releerla, que puede ser interesante para alguien más, y la doy tal cual en este espacio mestizo y multiforme. No es una profesión de fe, ni mucho menos, ni tampoco una renuncia a saber del personaje histórico. Es simplemente un texto escrito en otro plano, desde el que aún me parece rescatable el cristianismo como un bien común de nuestra cultura, más allá de las creencias y fidelidades de cada cual.
Elena, es un rumor de sombras
diversas las que se disputan
el rostro ambiguo de Jesús,
su mirada
dulce,
como su voz que desde el monte
lanzaba bienaventuranzas a los afligidos.
Dichosos los pobres de corazón,
decía,
porque ellos tendrán riquezas en el cielo;
los perseguidos
por causa de justicia,
que ante el Señor serán justificados.
Los que sufren, bienaventurados serán,
y los hambrientos y sedientos de justicia,
dichosos, porque el Buen Padre
saciará para siempre su apetito
con la carne mortal que yo os entrego
y la sangre que vierto
hasta la última gota por salvaros.
Se hacía llamar, Elena,
Hijo del Hombre,
y predicaba amor
y confianza
en el Padre del Cielo que nos diera
el ser, decía,
que modelando con sus manos
la triste marioneta ilusa,
que sostiene
las almas inmortales en la Tierra
sopló su espíritu para infundirnos
este sabernos vivos y tentados
de dicha y dignidad
de humana redención y vida.
Pero en los mismos evangelios
otra corriente extiende su murmullo
bajo la superficie
de este Jesús de ojos limpios y amorosos.
La espada del buen Pedro,
el látigo con que arrojara
los pobres mercaderes desde el Templo.
"He venido a traer la espada,
la astucia de serpiente, la madre
a separar del hijo y del esposo
la esposa misma." Tales cosas
decía y maldecía a la higuera
por no ofrecerle fruto
aun fuera de sazón.
Un hombre de impaciencia, con la mirada
exhausta de perdón y en cambio llena
de feroz exigencia, de un incendio
de llamas destructivas, de violencia.
Tantos son, pues, los cuerpos
para que imaginemos que encubrían
el alma misteriosa
del joven galileo, o nazareno...
Pero no es, querida Elena,
el cuerpo lo que importa, no son
los huesos de judío levantisco
que contra el reino injusto
de Herodes alzó el fuego de su cólera.
No es su carne,
sin duda devorada
bajo la misma cruz por perros y aves negras.
Ni es la sangre, exhausta y derramada
por espinas y látigos y lanzas
lo que podrá saciar la sed que acecha
dentro de nuestras almas solitarias.
Sed de bondad,
de ver siempre en los ojos
de las personas el reflejo
de un cariño infinito, inexplicable.
Hambre de amor,
de abrazar en los niños la perfecta
encarnación de lo que humano
por dentro nos escuece, dulcemente.
Eso es Jesús, no el rostro del dolor tan solo,
no tan solo el perdón en la agonía,
ni siquiera el perdón de nuestras faltas,
imperdonablemente repetidas.
Jesús es lo que queda
al desnudar de muerte el alma,
es el fondo en que ansiamos ser humanos
de una manera que a la vez asusta,
porque está llena de divinidad, de vida.
Y es esa eternidad de cuanto bueno
alienta el corazón con que nacemos.
Por eso lo llamamos
Hombre y Dios a la vez,
al Nazareno,
a esa imagen que sufre y que bendice,
que muere en los pecados y en la muerte,
que nace en la alegría que da amarnos
los unos a los otros
desde el latido hondo de la vida,
que es cuanto los mortales poseemos.
Ese es Jesús, Elena, y lo buscamos
todos en el amor,
en las caricias,
en la sonrisa y la canción,
en la tristeza,
en el rostro de Buda, entre los pliegues
de las ropas de Gandhi o de Teresa
por las callejas de Bombay entre leprosos.
Y, sabes, a veces vuelve
a la tierra y nos nace en nuestros hijos
que duermen sin saber que los velamos
temiendo por su vida tan pequeña.
Y es una Navidad que se repite
en los besos de amor a boca llena,
en la tristeza
con que despedimos
la marcha de las gentes que se apagan.
Qué importa entonces
si el hijo de José fue un carpintero,
o un guerrillero contra Roma. Qué importa.
Vive en nosotros para siempre,
es esta eternidad tan transitoria
que se rompe en la muerte y sin embargo
late por dentro de los ojos
de los que nos amaron
y harán saber de amor a los que nazcan.
miércoles, 26 de marzo de 2008
sábado, 22 de marzo de 2008
Eutanasia y Estado: del Bienestar en el No-ser
Siempre es difícil precisar qué podemos entender por la dignidad, la calidad --palabra extrañamente en boga-- enredadas en la muerte. Desde el principio de este cuaderno, se me han ido entretejiendo las miradas a la fascinación que el final de la vida siempre ejerce: Epicuro, Las Benévolas, la memoria histórica... Parece que es ahora obligado volver los ojos a las muertes que los medios retransmiten, objetivan, enfocan: algo quieren decirnos sobre qué hemos de pensar o qué esperar, en una cultura como la nuestra, que precisamente tiene en el centro de su origen una ejecución. Una muerte forzada por el hombre que aquilataba la autenticidad de lo divino en la persona de Jesús de Nazaret.
Y sin duda que hay una relación en la manera como nuestra cultura enmudece la muerte, la aparta extramuros de la conciencia, la quiere hacer a toda costa indolora, previsible, casi diríamos que cómoda. Observable desde fuera, asumible como experiencia, ya no vivida, sino cuidada, paliada, sedada. Las peticiones de una eutanasia judicialmente controlada sin duda que responden a un sufrimiento extremo, físico o mental. Pero si alcanzan relevancia de la manera como lo hacen es porque el moribundo se vuelve a una sociedad que promete bienestar y reclama la extensión de esa protección al necesario enfrentamiento con el fin. No discutimos sólo por exorcizar los miedos propios en la vivencia, sino que necesitamos imaginar que todas las vidas transcurren en un cauce previsible y retransmitible, desde el nacimiento hasta el acabamiento. Y es a esta necesidad de todos, culturalmente emergente, a la que apela el reclamo de una muerte digna, es decir, acorde con los elementos implícitos de la ideología global que tiende a plasmarse ya no, como antaño, en los textos religiosos, en la liturgia sacramentada, sino en lo jurídico. La muerte natural ya no se administra como un hecho personal donde el individuo se enfrenta a su propia naturaleza cosntitutiva, dentro del marco de la religión como símbolo de los límites de lo humano, sino como un espacio de derechos inalienables, un lugar de deberes colectivos de cara al que se extingue. Morir ya es materia jurídica, no en su plasmación certificada, sino en su proceso.
Algo tendrá que ver con la verbosa manera como los textos constitucionales construyen la biografía ideal del ciudadano en una abstracta secuencia de derechos atendidos desde la colectividad, organizada asistencialmente. La idealización de la política, no como el campo de solución en ley de los conflictos, sino como la idealización de la experiencia humana convierte las declaraciones de derechos en un exhaustivo catálogo cada vez más obsesivamente enumerativo. Y es aquí donde se insertan cosas tales como el disfrute del paisaje, la muerte digna, como derechos a los que hay que responder colectivamente.
Se trata de una tendencia obsesiva de nuestra cultura, el proyectar la totalidad de la experiencia humana al ámbito de lo jurídico, como idealización. Prescindimos de sacerdotes y nos rodeamos de legisladores, de médicos, de jueces para sentir la existencia no como un espacio abierto al ejercicio de la libertad responsable en las limitaciones naturales, sino como un derecho que debe imponer su lógica absoluta dentro del Estado del Bienestar y su Constitución, que ampara todos y cada uno de los procesos vitales. Ya no somos ciudadanos que prevén y ordenan el conflicto y el bien común, sino meros avatares del Ciudadano Derechohabiente y rodeado de abigarradas cortes de funcionarios que velan por su bienestar, por el ajuste a derecho de cada uno de los instantes que compongan su trayectoria hasta el extremo. El miedo a la muerte nos hace así entregar todo el espacio al Estado como garante y administrador absoluto de la existencia. Queremos estar bien en todo instante, no ser, ni mucho menos saber que hemos de dejar de ser.
Ganaremos una buena muerte colectivamente diseñada en este proceso, pero tal vez comprometamos en exceso una buena vida individualmente construida.
Y sin duda que hay una relación en la manera como nuestra cultura enmudece la muerte, la aparta extramuros de la conciencia, la quiere hacer a toda costa indolora, previsible, casi diríamos que cómoda. Observable desde fuera, asumible como experiencia, ya no vivida, sino cuidada, paliada, sedada. Las peticiones de una eutanasia judicialmente controlada sin duda que responden a un sufrimiento extremo, físico o mental. Pero si alcanzan relevancia de la manera como lo hacen es porque el moribundo se vuelve a una sociedad que promete bienestar y reclama la extensión de esa protección al necesario enfrentamiento con el fin. No discutimos sólo por exorcizar los miedos propios en la vivencia, sino que necesitamos imaginar que todas las vidas transcurren en un cauce previsible y retransmitible, desde el nacimiento hasta el acabamiento. Y es a esta necesidad de todos, culturalmente emergente, a la que apela el reclamo de una muerte digna, es decir, acorde con los elementos implícitos de la ideología global que tiende a plasmarse ya no, como antaño, en los textos religiosos, en la liturgia sacramentada, sino en lo jurídico. La muerte natural ya no se administra como un hecho personal donde el individuo se enfrenta a su propia naturaleza cosntitutiva, dentro del marco de la religión como símbolo de los límites de lo humano, sino como un espacio de derechos inalienables, un lugar de deberes colectivos de cara al que se extingue. Morir ya es materia jurídica, no en su plasmación certificada, sino en su proceso.
Algo tendrá que ver con la verbosa manera como los textos constitucionales construyen la biografía ideal del ciudadano en una abstracta secuencia de derechos atendidos desde la colectividad, organizada asistencialmente. La idealización de la política, no como el campo de solución en ley de los conflictos, sino como la idealización de la experiencia humana convierte las declaraciones de derechos en un exhaustivo catálogo cada vez más obsesivamente enumerativo. Y es aquí donde se insertan cosas tales como el disfrute del paisaje, la muerte digna, como derechos a los que hay que responder colectivamente.
Se trata de una tendencia obsesiva de nuestra cultura, el proyectar la totalidad de la experiencia humana al ámbito de lo jurídico, como idealización. Prescindimos de sacerdotes y nos rodeamos de legisladores, de médicos, de jueces para sentir la existencia no como un espacio abierto al ejercicio de la libertad responsable en las limitaciones naturales, sino como un derecho que debe imponer su lógica absoluta dentro del Estado del Bienestar y su Constitución, que ampara todos y cada uno de los procesos vitales. Ya no somos ciudadanos que prevén y ordenan el conflicto y el bien común, sino meros avatares del Ciudadano Derechohabiente y rodeado de abigarradas cortes de funcionarios que velan por su bienestar, por el ajuste a derecho de cada uno de los instantes que compongan su trayectoria hasta el extremo. El miedo a la muerte nos hace así entregar todo el espacio al Estado como garante y administrador absoluto de la existencia. Queremos estar bien en todo instante, no ser, ni mucho menos saber que hemos de dejar de ser.
Ganaremos una buena muerte colectivamente diseñada en este proceso, pero tal vez comprometamos en exceso una buena vida individualmente construida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)