jueves, 26 de febrero de 2009
La vida
Ando ya un tiempo sin letras que poner por estas páginas. Por eso la canción de aquí abajo. Ganas de compensar, de cubrir con un poco de belleza prestada el silencio largo. Hoy he leído que ha muerto un hijo del líder conservador británico, un niño con parálisis cerebral y epilepsia grave. Y he mirado la foto familiar. Y claro, me he puesto a pensar en eso de la vida, de la familia, eso que tiene uno al lado y no parece motivo para escribir, para romper el pudor de lo personal. A pensar de esa manera colmada, imprecisa, suave e hiriente a la vez, esa manera que es tan propia de la mirada larga al pasado, al futuro. A la extensión de los recuerdos y la esquiva promesa de las esperanzas. Y poco más puedo decir. Al menos de momento.
sábado, 21 de febrero de 2009
domingo, 15 de febrero de 2009
Estudiantes contra Montilla: cosecha de tempestades
Muchos años llevamos en España de deslegitimación de las instituciones en ambientes universitarios. Tal vez es una herencia del movimiento antifranquista, o en parte responde a una necesidad juvenil de emular las apócrifas aventuras del profesorado, que continuamente cree fortalecerse moralmente, en vez de científicamente, apelando a las batallitas del 68, más fingidas que reales. Y proyecta esa nostalgia de rebelde de guardarropía sobre las expectativas de los estudiantes, como una especie de currículum oculto.
Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.
No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.
La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.
Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.
Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.
Hubo, más recientemente, un cierto movimiento de protesta antifelipista, poco respetuoso con las formas democráticas, en los momentos más duros de la refriega para desalojar a González del poder. Pero luego, la rebelión contra la guerra de Irak volvió a poner en manos de la izquierda el imaginario universitario, que saboteaba cualquier presencia de mandatarios del Partido Popular en los campus, además de invadir todo el espacio social.
No podemos olvidar, excepcionalmente, el sorprendente empuje moral de la rebelión de las "manos blancas", en la Complutense, contra el terror de ETA. Quizá era la primera vez que una protesta masiva universitaria se enfrentaba simbólicamente a una organización violenta de izquierda, en defensa de las instituciones.
La universidad se sufraga, mayoritariamente, con impuestos. Sin embargo, los partidos de izquierda, cuando estaban en la oposición, amparaban, disculpaban y rentabilizaban el matonismo de los activistas antisistema. Ahora, que ocupan el poder, cosechan las tempestades que sembraron. Un presidente de gobierno autónomo como Montilla, con ínfulas de micro-estadista, tiene que renunciar a hablar en público ante la intolerancia de unos malcriados jóvenes, que le reprochan no expropiar más fondos a la sociedad para mantenerlos a ellos en el limbo de una incubadora ruinosa.
Pero la izquierda sigue adelante. Adelante con su burocratismo paneuropeo. Predica cantidades ingentes de nuevos derechos, nuevas constituciones paradisíacas y ficticias, proclama espacios sociales, y claro está, espacios del conocimiento. No tanto por el bienestar general, como por la proliferación del clero funcionarial. Eso sí, son los bombarderos americanos los que cortan los vergonzantes genocidios en Europa. La izquierda infantiliza la universidad, la convierte en un pobre falansterio pedagocrático, ajeno al saber y a la ciencia y la investigación. La izquierda, con su franciscanismo cacareado y su pensamiento blando, se sorprende ante esta rebelión desnortada de los hermanos medio lobos, medio legos: creían haber llegado a la paz perpetua, por decreto. Y los estudiantes siguen sin comprender que no es la realidad su enemiga, sino precisamente lo contrario: cuanto antes se desprendan de becas y estipendios, cuanto antes afronten el esfuerzo de sufragar sus sueños y su talento, antes alcanzarán la mayoría de edad y la capacidad de exigir la calidad y la eficiencia que el burocratismo actual les hurta.
Todo es máscara. Mientras tanto, galgos o podencos, otros países emergen con sistemas rigoristas y eficientes, que premian el talento. Y se irán adueñando de lo mejor de Occidente: que no son sus monumentales universidades medievales, cada vez más cáscaras huecas. Sino el espíritu indomable de Galileo, de Kepler, de Wittgenstein, de Einstein. Gentes que lucharon por conquistar el conocimiento y por revertirlo a una sociedad más justa y madura. Y sus sucesores hoy caminan por las calles de Bombay, de Río o de Shangai. No, desgraciadamente, por las de Bolonia o Salamanca. Los edificios no hacen al monje. No pasarán demasiadas generaciones sin que sean desamortizados. Es el destino de Europa.
martes, 10 de febrero de 2009
Muerte en Italia
Tantas veces el mismo espectáculo, la misma forma de vociferar, de exigir la crucifixión de la inocencia. Del Sanedrín a Pilatos. Del tribunal al Quirinale. Ecce Mulier!. Sortear las vestiduras. Contaminar la muerte, manchándola de ojos ávidos, de alimento que se derrama en la sangre silenciosa, destilándose como por el cuello de un reloj de arena. Luchan por el cuerpo y el alma dormida: el Estado, erigiéndose en paladín de la vida a cualquier precio; la familia, en busca del espacio preciso para el dolor, cruelmente aplazado. Y la Iglesia, con el corazón endurecido, exige fabricar de un ser humanamente ausente una reliquia vegetativa, a la deriva, a la espera de la resurrección, del milagro. A la espera de Dios. De su silencio.
Y, siempre, la acusación que hiela la sangre: tú estabas con ellos, eres de los que matan seres indefensos. Y no debemos negar, ni una sola vez. Pero ¿tenemos acaso las respuestas? ¿Todas las respuestas? La muerte es, sin duda alguna, la frontera suprema del poder. No es extraño que en Italia su presencia invoque los fantasmas de Caifás y de Pilatos. Más aún cuando la víctima no contesta a cuanto han dicho ellos, los príncipes del mundo. Al final, resuena la pregunta, terrible, sin respuesta, del procurador romano: ¿y qué es la verdad?
Y, siempre, la acusación que hiela la sangre: tú estabas con ellos, eres de los que matan seres indefensos. Y no debemos negar, ni una sola vez. Pero ¿tenemos acaso las respuestas? ¿Todas las respuestas? La muerte es, sin duda alguna, la frontera suprema del poder. No es extraño que en Italia su presencia invoque los fantasmas de Caifás y de Pilatos. Más aún cuando la víctima no contesta a cuanto han dicho ellos, los príncipes del mundo. Al final, resuena la pregunta, terrible, sin respuesta, del procurador romano: ¿y qué es la verdad?
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