jueves, 28 de febrero de 2008

Rumor dulce de ojos

El dulce rumor frío de tus ojos
entre sombras me embiste con su aroma
de ciénagas de almíbar.

Busco a tientas los labios, los sonidos
de besos sumergidos o exiliados
en la ebriedad profunda de los sueños.

Duermes.
Diría que pareces
playa de calma anochecida,
o, tal vez, ocaso
de plata ensimismada.
Falta la luz y tan apenas
puedo apoyar los versos en el tiempo;
me duele entonces
la imagen de tu cuerpo en las palabras,
bultos inertes, despojos del recuerdo.

Recogeré piadosamente
tu voz abandonada. Acaso alcance
a reunir fragmentos
de tu disperso amor, para escribirte
la marea envolvente de los brazos,
el ahogo extasiado de las bocas,
tu compacta pasión, bajel oscuro,
piedra de fuego devorado.


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lunes, 25 de febrero de 2008

Pensar la muerte, de nuevo

Hoy, de nuevo, quiero saber sobre la muerte. No es una cuestión que atraiga, a primera vista. Sin embargo, hemos necesitado siempre construir su realidad, anteponerle un artículo que la reviste de inexorabilidad, presencia, conocimiento. Inútil nos resulta acudir a las certeras paradojas de Epicuro, para negarle realidad, consistencia, inteligibilidad. ¿Qué podría afirmarse de algo cuya esencia es pura negación?

Vemos las muertes que no sufrimos, sufrimos la muerte que no vemos. Así que en realidad cuando pensamos en nuestra muerte la vemos desde fuera, como despojados de la capacidad de movernos, pero reservándonos como ilusos el hecho puro de existir. Imaginamos nuestro entierro, el futuro de las personas próximas, las consecuencias de la ausencia. Imaginamos, sin percibir que en realidad no podemos habitar en esas imaginaciones de que ya no somos, porque ese tramo del tiempo nos pertenece tanto como el anterior a nuestro nacimiento, es decir, nada. Que es impenetrable a nuestros ojos y a nuestros sentimientos, aunque sea un purgatorio por completo inútil tratar de desprendernos de la curiosidad de ver más allá de los muros de nuestro espacio. Del mismo modo nos fascina el pasado que nos precediera y ansiamos vivirlo en los relatos familiares, en una evocación que es también usurpación, en cierto modo. Lo que define nuestro apetito, en fin, no es el mantenimiento de un espíritu desencarnado y contemplativo de la perfección divina, mero sucedáneo del instinto de vida. Lo que verdaderamente nos convoca al ansia de eternidad es el deseo de ser nosotros mismos en otras vidas concatenadas y esencialmente idénticas, a través del tobogán de la sangre, existencias que corroboren esa sensación solipsista de seres indestructibles sobre la que se asienta el yo. Pensar en la muerte es, en definitiva, la vacua rebelión del yo, la supersticiosa y vana convicción secreta de que a fuerza de imbuirla en nuestra mente podremos conjurar su venida, cuando lo cierto es que ya está aquí, que es, evidentemente, el correlato inseparable de la vida. Ser mortal es lo mismo que ser humano. No es la gloria celestial hipóstasis de la humanidad en la eternidad, sino caricatura. No podemos ver nuestra muerte porque somos nosotros mismos, nuestro secreto rostro bajo la máscara de la individualidad ufana y desafiante. Y en este negocio epistémico, el sujeto es incapaz de remontar el vuelo para observar su objeto, incapaz de ese desdoblamiento que deja a un lado el yo que conoce y al otro su vacío, su absoluta inanidad. Imposible dualidad.

Aceptar el final como frontera opaca quizá sea la mejor lección que tenemos que aprender de los personajes de ficción, de los mitos que tanto nos fascinan. Somos estrictamente fragmentos de humanidad. Jirones que no permiten tejer manto sacral alguno. Segmentos sin totalidad sistémica, pero con una paradójica apetencia de absoluto, de eternidad, de verdadero yo compacto y no sujeto al zarandeo del tiempo. Descartes quería que esta nostalgia de Absoluto es el sello de Dios en nuestras almas. Y quizá es menos huella divina y vestigio que sombra del deseo, del eros por nosotros mismos. Instinto de vida, de vida encarnada, no marca sublime de más alto destino. Nuestra luz es centelleo, no eterno resplandor. Creo que es cuanto podemos saber. Afortunada o desdichadamente. No hay nada más.

sábado, 23 de febrero de 2008

Sabré de ti

Sabré de ti cuando el placer me exalte

abrazado a otro cuerpo,

cuando mi boca

busque en labios remotos los sabores

de la niebla de seda de besarte.

Sabré de ti mientras acaricie el silencio,

rodeado de voz y de palabras

que me digan te quiero sin tocarme,

sin consagrar la vida

como tus ojos, llenos de impaciencia.

Sabré de ti como un misterio vivo,

un brote de nocturnas amapolas,

el sueño de la muerte en que dormíamos

la vida y la sonrisa.

Sabré de ti. Vendrá el instante

de separar el tiempo de mis ojos. Y mi boca

dirá tu nombre y tu sabor, en sombra.

Déjame imaginar que entonces

estas palabras guardarán tus labios,

tus ojos, el despertar de tu sonrisa.

Para que siempre

sepan de ti los hombres, y la vida.



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lunes, 4 de febrero de 2008

Obispos en campaña

Parece que finalmente hemos llegado a un punto de no retorno en la cuestión religiosa en España. Y la historia no nos permite ser optimistas en cuanto a los resultados de un enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia, si bien es cierto que las circunstancias sociales son hoy muy diferentes, con numerosos credos arraigados y crecientes en el seno de una sociedad de tradición cristiana, pero irreversiblemente secularizada en sus costumbres y valores.

La creciente visibilidad masiva de los católicos ha surgido, aparentemente, de la oposición a las leyes recientemente promulgadas. Y no hay duda que ha sido un factor detonante. Pero, en realidad, el fenómeno tiene raíces más profundas. El catolicismo tradicional, basado en la parroquia y la jerarquía escalonada, en el culto en el templo y la procesión festiva, está en crisis. Busca nuevos modos de presencia, de movilización y respuesta frente a la cultura urbana y globalizada. Recluta partidarios a través de organizaciones integristas, de corte sectario y perfil intelectual disminuido. Refunda su simbología tratando de recuperar elementos litúrgicos y dogmáticos que produzcan en los fieles una identificación con la comunidad histórica de los creyentes, más que con la sociedad general, con la que ya no pueden confundirse. Organiza actos masivos, pensados para su retransmisión en los medios, para conquistar numéricamente la relevancia informativa en un mundo fascinado por aquellos que se agitan y vociferan, y no por lo que está asentado y permanece silencioso. Opera a través de mensajes tajantes y maximalistas, difundidos con la técnica de la propaganda y la consigna, más que la reflexión y el diálogo. Dibuja un rostro, una exterioridad contundente, desde la que afirmarse como un elemento que no se diluya en el relativismo reinante en Occidente. No está claro si su desafío se lanza solo al espacio civil laico o, en una medida difícil de calibrar, también al mercado de creencias nuevas que surgen con vigor, unas alimentadas por la inmigración, otras resultado en parte del exotismo y en parte del vacío dejado por las ideologías redentoristas de la izquierda.

Mientras la izquierda se ceba en nuevos caladeros de minorías y amenaza con pequeñas venganzas a corto plazo, el movimiento de los católicos, constante y decidido desde el anterior papado, trata de avanzar en la redefinición clara y directa de su mensaje y su escenificación, aprovechando las ocasiones coyunturales para robustecerse, sin ceder, sin embargo, terreno en la concienzuda implicación social y la beneficencia discreta, que tanto lo legitiman. No parece, pues, que se trate tanto de un órdago hostil de urgencia al conjunto de la sociedad y sus leyes, como de una reafirmación de fondo en un tiempo diferente y cambiante.

Y es que el vaciado simbólico de la tradición occidental y su neutralismo legislativo pueden proteger en apariencia amplios derechos para todos, pero también pueden cegar el imperio de la norma a las taifas culturales de las minorías religiosas y raciales, completamente opacas a las luces de un estado que legitima las barreras de la especificidad cultural, en abierta contradicción con los derechos individuales que dice defender. El futuro dirá si la estrategia está bien definida. Porque el individuo como realidad responsable y valor absoluto es una construcción de Occidente, que parte, históricamente, de la eticidad de la Antigüedad Clásica y del concepto cristiano de alma individual y libre. Y las leyes, por muy avanzadas que se promulguen, no empaparán el espíritu de una sociedad atomizada, si se renuncia a incorporar personas y se opta por consagrar comunidades respetables en su seno.

El peligro, inversamente, para el cristianismo es abandonar por completo la centralidad de referencia histórica y caer en modelos cerrados de comunidad combatiente con otras, a las que acaba legitimando, de rechazo, en pie de igualdad. Un exceso de radicalismo puede dar réditos de fortaleza militante a corto plazo, pero también implica el riesgo de abandonar la bandera de la libertad en manos de la izquierda, deslegitimada por la historia, y que enarbolará furiosamente ese estandarte regalado, con el que se promete ocupar el espacio ideológico global heredero de la Ilustración.

Una interesante pugna, en suma. De resultado impredecible.