miércoles, 30 de enero de 2008

Llenarte de alcoba


Quieren llenar de alcoba mis manos a tu cuerpo
rizando como el viento su dulce superficie,
el súbito oleaje de los senos desnudos,
la boca hospitalaria que ofreces a los besos.

Y cuando ya se abordan los labios a los labios
fundiéndose los miembros y espumas en batalla,
qué fragor de gemidos, qué naufragio gozoso,
qué playa tu silencio, tu amanecer colmado.

En tu piel se demoran mis dedos, robinsones
de la durmiente isla que dibujo en tu vientre:
colonos de tu sueño embriagado de azahares,
quieren beber la luna que en tus ojos encubres.



Incluye también el poema dedicado a Ángel González


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sábado, 12 de enero de 2008

En la muerte de Ángel González, poeta


Para que descendiera de tu mano

la palabra al papel como una llama,

tuvo que desprenderse de unos labios,

navegar por oídos sucesivos.


Recorrer la quietud de los susurros,

la tormenta escarpada de los gritos,

el quebranto de umbríos epitafios,

y la luz del amor enardecido.


Se impregnó de la sangre y de la guerra,

de la caricia hambrienta de los besos,

a través de los huesos y los siglos,

de esperanzas y lutos derribados.


Y llegó hasta tu boca como un vino

fermentado en la sombra silenciosa.

Se incendia la embriaguez, Ángel González,

de los ojos que surcan tu escritura.

martes, 8 de enero de 2008

Rostros velados: libertad e identidad


Hay una paradoja que me ha inquietado siempre: ¿es mayor o menor la libertad de aquellos que no pueden o no quieren esgrimir su rostro, su identidad en determinados momentos de la vida? El anonimato es a veces condición de espontaneidad, de privacidad. Sin embargo, no siempre es así. La cuestión me surge a raíz de la polémica sobre el uso del velo en las sociedades occidentales (pero también en la Turquía moderna, aunque se trate de una situación inversa).

Siempre he pensado que la obligación de difuminar la propia personalidad, mediante el atuendo, en el genérico de individuo femenino inconcreto, sume a la mujer en el paisaje, en una especie de segundo plano del ser humano, que solo emerge a la visibilidad en el ámbito familiar, entre aquellos que aún no son hombres plenos --los niños-- o ante otras mujeres. Es decir, que su personalidad solo le es devuelta en el momento de la relación con el único engarce que le da realidad social, su marido. Sin embargo, pensando más profundamente, podemos conjeturar que este rasgo funciona simplemente como una marca de la segregación de todo el núcleo familiar en una sociedad rural, en la que cada hogar representa un valor unitario y perfectamente conocido por el resto de los miembros de la comunidad, de tal modo que la mujer no queda completamente desprovista de identidad, pues todo el mundo sabe quién es, precisamente en función de que el rostro oculto de la casada remite inmediatamente al marido como elemento definidor del espacio familiar patriarcal de relación.

La transformación del valor del ocultamiento del rostro surge precisamente en la comunidad urbana, donde la calle ya no es el espacio donde convergen las casas familiares, perfectamente notorias, y a las que remiten las personas nada más ser vistas, sino el individuo anónimo, de procedencia ignorada y que presenta su rostro y su apariencia como una marca de individuación y de visibilidad dentro del espacio de relación de los desconocidos. En la ciudad los habitantes se otorgan mutuamente respetabilidad, en el hecho de no perturbar excesivamente el espacio visual del otro. El rostro marca el territorio precisamente con sus rasgos de individualidad virtualmente actualizable para ejercer derechos en caso de necesidad. En cambio, la mujer, sumida en un espacio en el que no remite al varón de referencia, queda completamente desprovista de cualquier tipo de respetabilidad inmediata. Ya no es, en las calles, "la mujer de", que es lo que asegura su identidad en una comunidad tradicional, sino solamente "una mujer", "otra mujer más", que no emerge por tanto como un elemento situado en el imaginario de relación, sino precisamente como un ser imposibilitado de ejercer su identidad al aire libre.

Significativamente, han surgido en Irán locales femeninos donde las mujeres pueden acceder a ese tipo de relación distante y a la vez próxima que se entabla entre desconocidos que se tratan en locales públicos de encuentro. Forjan, pues, espacios de micro-sociedades, segregados de los hombres, pero definidos precisamente por la ausencia de lo masculino, ámbito que emulan y remedan. Y ello no puede conducir a otra cosa, a la larga, que al desarrollo de la conciencia individual que supera los estrictos cauces de relación posible para las mujeres. Como en el caso de los estudios universitarios, sitúa a las féminas muy lejos de los ideales de supeditación individualizada a un patriarca dentro de estructuras familiares rígidas. Al alargarse la vida fuera del matrimonio, al relacionarse de manera libre con otras mujeres en ámbito urbano, la mujer accede a las claves fundamentales desde las que el individuo construye su propia identidad como elemento básico de la sociedad, más allá del hecho familiar.

No puede ser extraño que este proceso desemboque en cambios profundos, que quizá no coincidan en los tiempos y en las formas con la emancipación femenina de los países occidentales, pero que indudablemente trastocan y transforman cualitativamente la sociedad, por más que el rigorismo en la vestimenta lo encubra en apariencia y dificulte la natural expresión del individualismo de la mujer que la sociedad urbana inevitablemente tiende a producir.

miércoles, 2 de enero de 2008

Alianza de Civilizaciones: ingenuidad y paradoja

No es evidente que las religiones sean equivalentes entre sí, que ocupen todas ellas una misma zona del pensamiento, un mismo espacio normativo de individuación y socialización, unas mismas necesidades personales o colectivas. Y es el concepto religión el que muestra su insuficiencia excesivamente niveladora, su cómoda y equívoca manera de agrupar fenómenos heterogéneos, no solo por la etapa histórica evolutiva distinta, sino también, y quizá decisivamente, por las diferencias substanciales de raíz.

Cuando desde Occidente invocamos proyectos como el de Alianza de Civilizaciones, podemos estar alimentando un contraproducente objetivo: identificamos a los países de religión mayoritariamente islámica como piezas de un mismo motor histórico, cuando quizá sería más interesante estimular las realidades que los separan y permiten a cada estado, a cada ciudadano, sentir sus vínculos con la tradición y el presente, no solo a través de la matriz religiosa que comparten, sino sobre todo en función de una modernidad irrenunciable, que interrelaciona al individuo, hombre y mujer, con la sociedad, sin pasar necesariamente por lo sagrado. Son muy variadas las formas como la política moderna ha sintonizado con el pasado, entre otras cosas a través de fondos preislámicos diversos. O en relación a minorías religiosas significativas e incluso más antiguas. Y toda esta diversidad queda trágicamente difuminada bajo una supuesta e indemostrada civilización común con la que deberíamos aliarnos. Así la retórica de la violencia y la de la mano tendida acaban cooperando paradójicamente en favorecer la eliminación de la diversidad.

Y quizá no sea ajeno ese fenómeno a la resurrección pública y desafiante de nuestra propia tradición religiosa, especularmente necesitada de esta revivificación y de la ocupación del espacio civil. Puesto que identificamos la otra civilización por su religión, no podemos extrañarnos si entre nosotros se experimenta una simétrica necesidad de obtener nervio esencialista en la reivindicativa y masiva movilización de las bases de un cristianismo refundado en movimientos de carácter rigorista.

Así que si el siglo XXI va a ser un siglo religioso, como tantos indicios hacen pensar, bien que con las diferencias esenciales entre las confesiones a las que aludíamos al comienzo, no podemos por menos de comprender que la Ilustración, ciertamente, es un proyecto que ha cubierto un ciclo apreciable de modernidad. Pero sin olvidar que en absoluto ha propiciado la muerte definitiva de Dios, sino tan solo la apertura de un espacio civil que no será fácil preservar si no tenemos un exquisito cuidado en no otorgar, desde bienintencionados propósitos y estrategias simplistas, una relevancia excesiva a las dinámicas gobernadas por las creencias, que no se mueven exactamente en el mismo ámbito de la política, de las ideas, aunque pueden perfectamente asfixiarlas.

No es la primera vez que volvemos la mirada a la Ilustración en este diario. Ni probablemente será la última. Es la necesidad de un aire humanamente respirable lo que nos devuelve siempre el aliento para emular, en lo posible, el Siglo de las Luces.