jueves, 20 de noviembre de 2008

Obama: Real Politik

La política tiene una función simbólica. Culmina, a veces, de un modo ritualizado extensos relatos que recogen el pasado y lo proyectan, no tanto hacia el futuro real, como a una cierta catarsis en el presente. Así cabe entender la elección de Obama y, sobre todo, el discurso en el que el presidente electo de los Estados Unidos narra su propio éxito y se consagra a sí mismo frente a la multitud. Una ceremonia de unción real, de aceptación del poder, en la que todo transcurre en la esfera de las emociones, que transmite y configura una experiencia más allá de lo real y cotidiano, inserta claramente en el ámbito de lo sagrado.

La democracia estadounidense tiene sus propios mitos. La emancipación es uno de ellos. Cada hombre repite en su propia vida la experiencia de los primeros colonos, que fundan su existencia elegida en la esperanza, el trabajo y la libertad. Pero también cada ciudadano llena de contenido las ideas de los Padres Fundadores, capaces de desligar las colonias y convertir a los súbditos de Su Majestad en hombres libres. En este sentido, siempre es decisiva la cesura, la ruptura, el renacimiento: cada inmigrante que progresa reencarna a los pioneros y se beneficia de la nueva ciudadanía adquirida esencialmente en tanto que oportunidad, decisión personal y libre.

Obama ha aparecido ante su pueblo como un avatar más de esa historia colectiva. Hijo de inmigrante, su raza le ha permitido constituirse en símbolo de emancipación pendiente. Y no resulta extraño que se haya beneficiado de la mitificación de precursores mártires, desde el presidente Lincoln, hasta Martin Luther King. No es sorprendente, pues, que el ascenso de Obama quede revestido de un mesianismo evidente.

Una vez culminado el complejo ceremonial de la elección, sin embargo, empieza el desafío de la realidad. Porque el reino del presidente de los Estados Unidos es de este mundo. No vivirá en el interior de las parábolas idealistas que prescriben, aún fervorosos, tantos aduladores, siempre dispuestos a cargar sobre los hombros de América el peso de todas las responsabilidades en los fracasos y a no otorgar ni el más mínimo aprecio por sus aciertos y sacrificios. Se agotarán enseguida los réditos de decisiones impactantes, como el cierre de Guantánamo o incluso el anuncio de una retirada ordenada de Irak. Y persistirán los conflictos, las contradicciones, la inevitable obligación de preservar una posición de dominio militar que cada vez tendrá menor respaldo económico, si no se pone remedio.

Rápidamente emergen, además, actores en la escena internacional que procederán desacomplejadamente a asentar espacios de influencia y de poder. Una resurgida Rusia, sin el lastre del idealismo comunista, consciente del valor de sus recursos naturales y de la fuerza militar que conserva. Una crecida China, que necesitará asegurarse el dominio de recursos naturales y no vacilará en obtener progresivamente zonas de influencia estratégica. Nuevas potencias, como India o Brasil, capaces de compensar la miseria interna gracias a un veloz desarrollo basado en la explotación de inmensos recursos naturales y de una población joven y masiva.

En todo este contexto es casi pura contención, un juego de niños el combate con extremismos tan radicalizados como incapaces de asaltar estados y extenderse por los países islámicos. La guerra contra el terrorismo tiene más de espectáculo de distracción y de excusa para ocupar regiones decisivas de forma disuasoria, que no de guerra real contra una amenaza seria. Proporciona la tensión necesaria para impedir una evolución abierta e impredecible y también para evitar una extensión de la influencia de antiguas y nuevas potencias.

Y la crisis económica es previsible que acabe de desmantelar la industria europea, pues cuando resurja el mercado se abastecerá cada vez más de fábricas deslocalizadas. Con ello también se desplazará el poder hacia los países que van asumiendo el peso de la producción. De hecho, el sistema de estado del bienestar atrae inmigración, pero expulsa tejido productivo, con lo que diluye su nervio político y empobrece su realidad económica y su capacidad estratégica. Y más que probablemente a la larga será inviable, al menos en sus dimensiones actuales, a pesar de las autosatisfechas prédicas de los que afirman su triunfo frente al mercado y el capitalismo.

De todo ello es perfectamente consciente América. Su política habrá de orientarse a absorber el máximo de capacidad productiva que ceda Europa, a abaratar los costes de una presencia militar beligerante, ya agotada en su impulso propagandístico y convertida en un búmerang de difícil mantenimiento, y a presentar toda su actuación dentro del relato de emancipación, ya no exportando espejismos de democracia tras invasiones imprudentes, sino ejerciendo influencias distantes pero efectivas. Un renovado no intervencionismo que permitirá relegitimar su propio discurso en un moralismo cómodo.

Así, Obama no actuará movido por promesas mesiánicas, que reservará para el consumo interno, sino urgido por un replanteamiento necesario de la estrategia en el tablero internacional. El repliegue táctico no supone en ningún caso que abandone la partida. De hecho, es el éxito internacional el alimento de la economía que le permitirá financiar sus reformas internas. Y tratará, asimismo, de favorecer las tensiones entre los nuevos actores. De este modo podrá neutralizar a medio plazo el desafío del surgimiento de una nueva gran potencia.

Todo el mundo vive la designación presidencial como antaño era observado el ascenso de cada nuevo emperador de Roma. Mantener ese simbolismo universal forma parte de la tarea de cada presidente. La política realista, como la que sin duda practicará Obama, tiene el objetivo de preservar esa función idealista, simbólica y universal de cada elección. Precisamente en la medida en que la actuación sea auténtica, inserta en el presente, podrá aparecer en la liturgia como un ideal, como la culminación del ansia de emancipación humana.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Oscar Wilde, De profundis

Nunca un título marcó tanto las diferencias en el seno de una producción literaria. Porque al leer la carta carcelaria no podemos dejar de pensar que las obras superficiales de Wilde representan una huida del interior de sí mismo, que es, esencialmente, una prisión atormentada, necesitada de redención, de perdón, tal vez un psicoanalista diría que necesitada de la aceptación materna, de la que normalmente huye en un ejercicio exhibicionista de ingenio. En las comedias, la inteligencia, la agudeza recubre una radical incapacidad para expresarse dentro de un mundo que es todo sufrimiento y angustia, en el que no se le acepta sino en la medida en que es capaz de encubrirse bajo una capa de calculada prescindibilidad.

Sin embargo, en los cuentos, en determinados ensayos, en Dorian Gray es donde apunta el Wilde profundo, el autor que quiere la felicidad del ser humano en su esencia aún no escindida, la niñez, o la juventud trágicamente mantenida en el personaje demoniaco de Dorian Gray. Un Wilde que solo puede demostrar su sometimiento incondicional y patético ante su amante, único ser que lo conduce al abismo de la condena por la sociedad a la que había desafiado en el terreno de la irrealidad y el dandismo, pero cuyos prejuicios no dudan en destruirlo cuando exige del mundo un aberrante perdón desafiante en su temerario proceder, en el pleito que acaba costándole la libertad primero, y por fin la muerte en el exilio. Entre ambas, entre la esclavitud de la cárcel y la agonía de París, la carta, el De Profundis, en la que confunde a la persona de su amante con quien puede otorgarle el perdón que en realidad tantas veces se ha negado a sí mismo desde el disfraz, el dandismo y la espuma de una risa hueca y vacía. Un perdón que nunca llega, ni desde la Cruz que tantas veces le tienta, ni desde la sociedad que no le perdona su absoluta libertad. Solo el Arte, la Literatura son los espacios donde consigue una redención imperfecta, una redención posible en la comprensión de los lectores a los que subyuga su ingenio y absoluta humanidad, pero de la que no pudo, desdichadamente, disfrutar en vida.

Afortunados, pues, nosotros. Desdichado, siempre, aun entre burbujas de champán y olores de tiernas flores, Oscar Wilde.

sábado, 1 de noviembre de 2008

El valor de la palabra. El lenguaje políticamente correcto

Un interesante artículo de El País sobre el lenguaje políticamente correcto nos devuelve al terreno de la política, no en su clave de urgencia diaria, sino en las líneas de largo recorrido, como son las de la creación de una retórica, de un lenguaje invasivo como manera, al comienzo, de ocupar y patrimonializar todo el espacio del debate, para, más tarde, obtener la preeminencia a la hora de ser llamado a administrar las respuestas a los conflictos previamente delimitados en su conceptualización y enfoque.

El constante esmero en producir un lenguaje aparentemente neutro, sin aristas, incapaz de herir la sensibilidad de ningún grupo es preocupación predilecta de la izquierda, una coartada que disimula y sirve a su proyecto de subsumir al individuo en el interior de colectivos cuya expresión posible se nivela en la asepsia de una vacuidad retórica, al tiempo que se torna indudable la misma existencia del colectivo que se pretende defender como elemento de primer nivel en la sociedad democrática. Y ya quien opine no lo hará tanto en razón de su condición de miembro igual en derechos de la comunidad política, sino como elemento brumosamente adscrito a diversos colectivos, cuyos haces identitarios y derechos pretendidamente privativos (privilegios, pues) se cruzan en cualquiera de nosotros. Se bloquea la posibilidad de una respuesta ante lo común, ante la política, desde el grado cero de la pertenencia de ciudadano a la comunidad, sino que toda valoración se hará imperceptiblemente condicionada por una forma de lealtad prediseñada al colectivo o colectivos a los que el lenguaje, instrumentado y pulido, recuerda constantemente la pertenencia y el compromiso.

Con el dominio del aparato burocrático del estado, pueden crearse además gremios clientelares que ocupan las zonas de esa nueva representatividad opaca y antidemocrática. Pequeñas asociaciones, en todo dependientes de subvenciones públicas, se rotulan con la etiqueta de oenegés --en abierta contradicción con su financiación gubernamental-- y se aprestan a la farsa de alzar una supuesta voz reivindicativa, que en realidad es parte prevista de la liturgia con que la administración presenta sus paternales dádivas a los ciudadanos en tanto que minorizados en sus sectores. Tales grupos son, además, núcleos de resistencia, organización y dinamización social enormemente poderosos y eficaces cuando la alternancia en el gobierno desaloja temporalmente a la izquierda de los despachos oficiales.

De este modo la democracia no solo se aleja incluso de su carácter indirecto, representativo y no asambleario, pero que apela directamente al individuo para legitimarse en el voto, sino que se va mutando progresivamente en formas de administrar la cosa pública de una indudable catadura medievalizante, en las que cada cual no vive su pertenencia como átomo indivisible y básico de la comunidad política, sino como pequeña mónada inserta en sistemas escalonados --joven, mujer, estudiante serán, por ejemplo, roles perfectamente administrados por las organizaciones que con tales títulos absorban financiación pública y codifiquen la identidad y los intereses de aquellos a quienes representan ante las autoridades-- que ya conforman un espacio posible de opinión, de representación --en el sentido de conceptualizazión-- de lo real.

Por eso la lucha por el lenguaje, por el dominio del lenguaje es siempre una lucha de enorme calado. Y el uso políticamente correcto no obedece tanto a la protección de los supuestos colectivos, como a la creación y mantenimiento en el imaginario público de la existencia y pertinencia política de esas arbitrarias agrupaciones. A las cuales se les dota de existencia y visibilidad --usemos ahora uno de sus palabros favoritos--, para poder disfrutar continuadamente del adánico privilegio de haberles puesto nombre y seguir dominando todo el relato de su devenir en el seno de la sociedad como entidades operativas y actuantes.

Naturalmente, la derecha llega siempre tarde a esta disciplina, de creación de conceptos grupales, pues su fe nuclear en el individualismo le priva de esa capacidad de visión. Y además, finalmente imbuida de la doctrina izquierdista, somatiza el miedo a ofender a los colectivos y entra en esa carrera por el lenguaje aséptico, en lo que siempre parece más un remedo à la mode, que una sincera conversión al gremialismo deshumanizador de la izquierda.

El eufemismo es en definitiva, un anestésico paralizante para el individuo, que aspira a ser uno más y se convierte, involuntariamente, en el portaestandarte visibilizado de esa nueva e hipócrita forma de conmiseración colectiva que es la dignificación retórica de su condición de cojo, ciego, viejo, mujer, o cualquier otra determinación absorbida por el estúpido y cosificante lenguaje de las minorías. Todos al verlo recuerdan que es una persona de movilidad reducida o alternativa --el colmo del eufemismo es acabar convirtiéndose en un involuntario sarcasmo--, mujer no igualizada..., todo, cualquier cosa, menos ciudadano. Y que a buen seguro su asociación no gubernamental --tan altruistamente integrada por santurrones profesionales a sueldo del gobierno--, se rasga convenientemente las vestiduras y clama anatema, tan pronto alguien pronuncia la malsonante voz cojo.

En definitiva, la guarda y custodia del eufemismo es todo un negocio, no solo para correctores de discursos, decretos y leyes, esos concienzudos asesinos confesos y en serie de la gramática, sino para los nuevos mandarines, que viven y administran su política auxiliados por tal casta laboriosa de escribas respetuosos con todos los colectivos.

Como los reyes de la antigua Babilonia se reservaban el papel de Aura Mazda en el combate contra el Maligno ritualizado en la fiesta de Año Nuevo, nuestro presidente quiso hacer de la Feminidad, la Juventud y la Pureza Iletrada las virtudes cardinales que adornaban a su flamante Ministra de Igualdad, paladina en la lucha sin cuartel contra toda clase de discriminación y desigualdad que pudiera detectarse. Y en esa creatividad de nuevos espacios y retóricas políticas es donde Zapatero es un maestro para desplazar los centros tradicionales del debate democrático y político.

No es extraño que la derecha pierda toda orientación, obligada a jugar en un tablero que cambia constantemente la disposición, el color y la importancia de sus casillas. No vale con dominar los hechos y menospreciar la propaganda vacía del contrario. Las palabras son también hechos, y hechos, creemos haberlo demostrado, políticamente de primera magnitud.