domingo, 29 de mayo de 2016

Fernández Enguita, el Inefable Zote

No sé si se captan bien los apuntes de hoy, que proceden de Twitter. Se refieren a la última y rancia pseudoaportación de uno de mis odiados favoritos, Mariano Fernández Enguita. Un rancio carquiprogre que inocula cada tanto en El País su dosis de homeopatía educativa, su cháchara supersticiosa que trata de convertir el Bachillerato, ya hoy muy jibarizado, en una guardería multicolor y llena de globitos. Un moderno falansterio conventual con profesores secuestrados en perpetua reunión, aulas macro guguelizadas y el estudio transformado en una especie de piñata informática de la que los alumnos de ojos vendados extraen a golpes mandrílicos las chuches de colores de conocimientos monádicos, sin rigor intelectual ni estructura compleja alguna. Así, claro está, supura Enguita su mal disimulado rencor hacia el latín, tantas veces manifestado antaño. Y quizá nacido de un infausto dómine en estado de perpetua declinación, que debió de traumatizar a este vengativo profeta de la modernidad. Si tuviera éxito, alcanzaría el sociologuillo una victoria sublimada y tardía, fetichista, en las personas de los profesores que identifica obsesivamente con su torturador antiguo... Pobres de nosotros, que damos clases e intentamos favorecer la maduración intelectual de los alumnos, sin tratarlos como tontos a priori, porque no los creemos incapaces de pensar sin una pantallita retroiluminada y una constante toma de premios pavlovianos bajo la especie de pasatiempos gamificados.

Nos quiere Enguitilla no en el teatro, ni en el cine, ni leyendo, no, menuda abominación, sino en perpetua elaboración cansina de recortables tecnomodernísimos y en infinita entrevista y reunión, convertidos en una pobre parodia de padres de comuna para una juventud en proceso de infantilización eterna.
Sí, es uno de mis tontos favoritos. Uno de esos fray Gerundios que medra en el desconcierto actual, con sus sofismas de dominical, sus estadísticas interminables y ese tonillo de profeta progre que inexplicablemente aún encuentra oídos despistados que le atiendan.

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