jueves, 22 de julio de 2010

Una elegía

Ha quemado tus ojos
la llamarada fría del silencio.
Avariciosamente
ha mordido la muerte
la nieve amanecida de tu alma.

Busco sin esperanza
la boca de tu ausencia,
las manos de tu aliento,
los labios y el racimo
de tus palabras
suaves y jugosas como uvas.

Cómo vive el espacio
deshabitado de ti,
lleno de ausencia;
cómo gira aún el tiempo,
limpio y callado,
como un anillo muerto.

Duermo tu juventud
como vela la luna
su oficio de tinieblas derribadas.

Vocablos secos
sobre tu cuerpo vierto,
sobre la tierra
de tu memoria tibia y densa.

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