lunes, 12 de octubre de 2015

La muerte de los clásicos: y van unas cuantas...



Quizá el abandono actual del mundo clásico como referente privilegiado es la consecuencia última del éxito de la Ilustración como pensamiento laico o vagamente teísta. En efecto, sospecho que ellos recreaban la Antigüedad como un contrapeso al cristianismo, como si en el fondo retomaran la lucha de Juliano contra el Galileo. De hecho, es una forma de pensar el mundo antiguo que nunca sucumbió del todo, pues el cristianismo había reconstruido la paideia griega reciclando determinados materiales y arrumbando otros, cosa que no dejaba de llamar sordamente a una especie de venganza.

Ahora que el cristianismo desaparece de Europa como espacio público de pensamiento y autoridad, acabado su ciclo, las elites intelectuales abandonan lo que les parece ya un lastre, deseosas de ocupar los altares vacíos de lo clásico (y lo cristiano). Desdeñosas del esfuerzo y emulación de un gran ciclo histórico, lo apartan, proponiendo el falso originalismo romántico, renacido luego en las vanguardias tecnicistas que drenan y destruyen los referentes y todas sus secuelas del arte vacuo desemantizado, los postpensadores retoricistas franceses, estructuralistas (Levy Strauus, Foucault), la izquierda iconoclasta, vienesa (Adorno) y luego americana con su dadaismo posthippy y autoodio occidental (Chomsky)... Pensamientos líquidos, vacíos y sobre todo válidos en tanto que actuales, aunque eso los convierta, irónicamente, en modas de un solo uso.

Sin comparación posible, la casta pseudofilosófa rampante gana protagonismo en la superficialidad reinante, carente de modelos, de medidas... En un mundo ciego para sus clásicos, cualquier tuerto se hace rey y dueño de una cultura reducida al share y al brillo fugaz de las bengalas.

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