martes, 15 de diciembre de 2009

Cavafis y los poetas románticos ingleses


Siempre había sabido que Cavafis bebe en las fuentes de los poetas románticos ingleses. Que Shelley, Keats, Byron, Coleridge están numinosamente presentes en la mirada dirigida hacia Alejandría, hacia Troya o Atenas. Los yambos, en nueva lengua griega, elevan un austero andamiaje, escalan muros derruidos. Fingen manos de humo, palpan a tientas rostros devorados por la arena. Todo eso está ya en Keats, en Byron.

Sin embargo, hoy lo he comprendido. Cavafis no se agota en el perfil desdibujado de un epígono espurio, no es solo un romántico exiliado en un tiempo vacío, apresado en una ciudad fantasmal y agonizante, cautivo de un idioma vagabundo y humilde. Es mucho más que eso.

No hay recreación de los bosques, murmullo de arroyos, ocasos imposibles. No practica esa distensión inglesa, sensual y bellísima, de la Arcadia virgiliana. En su alma no se cobija una pasión, contenida y bucólica. Hay, en cambio, sequedad de arena maldita, esa que devora el paisaje africano envolviendo el milagro del Nilo, que destila eternidad midiendo lentamente el paso implacable del tiempo.

Cavafis es el placer del cuerpo, la soledad de la lectura. La consanguinidad codiciosa de hablar, entregada a través de los siglos, la misma lengua de Alejandro, de Homero, de Alceo. Y entonces, su mirada, byroniana, por más que austera, devuelve a la corriente renovada de la literatura griega el espíritu de la libertad de don Juan, trasfunde las corrientes amorosas del Po.

De este modo, las cenizas de Keats, de Shelley, la sombra febril y memoriosa de Byron, no reposan ya solo a la luz de la Italia que amaron, no solamente yerra en la Grecia que siempre ambicionó. Se cobijan, ahora, en la umbría del amor oscuro, en la Ítaca crepuscular que un alejandrino fue capaz de exhumar y reinventar gracias a los versos de Calímaco y de Sófocles, de Safo y de Apolonio, a su pasión brumosa por el rito y las crónicas bizantinas.

Nos devolvió la patria, para siempre. Aunque los dioses, por fin, hayan de abandonarnos. No podremos decir que fuera un sueño.