lunes, 28 de enero de 2013

Aitana

Aitana, no es el frío,
enemigo ni sombra
capaz,
ni deseo de ahogo,
ni de sangre.

Tu corazón es siempre
viva herida
de pétalo y sonrisa,
luz de azahar, ventana
y sol, y viento.
Y es arrimo de voz
y es apetencia.

Vienes de soledades
derribadas,
huidizas,
como pájaros marchitos.

Y vas tejiendo luego,
Aitana, a voz
y en carne viva,
latigazos de azúcar
y de vuelo.

Vienes de cobijadas
amarguras,
con la penumbra a cuestas.
Es cierto.

Y, sin embargo,
qué perfume de estrella,
qué resplandor de aroma
enaltecido,
qué ambición de silencio,
qué canción tu pregunta,
qué desmayada flor,
en cambio,
tu delicada ausencia y su lamento.

Voy a mi soledad, y hasta tu boca
suba acaso, a tus labios,
bella Aitana,
la vagabunda sombra de mi aliento.

El calor y la vida
te habitarán por siempre,
lo presiento,
como puebla la luz la llama viva,
como adora el cristal beber reflejos.

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